Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 23
Capítulo 23: Lo que Alondra escondía
En el bosquecillo, aclarado por fin el enredo —el condón era de Alondra, se lo juré tres veces hasta que me creyó, muerto de risa—, Damián me abrazó contra un pino.
—Nomás te traje pa'que te sonrojaras —me confesó contra el pelo, todavía riéndose—. Verte roja es mi deporte favorito.
—Eres un tramposo.
—Y tú una decente, ya vi. —Me besó despacio, entre el olor a resina y a tierra húmeda—. Más decente que yo, hasta.
Me tenía contra el tronco, con las dos manos en mi cintura, y los besos fueron pasando de la risa a otra cosa, más lentos, más hondos, con el sol filtrándose entre los pinos y el murmullo del monte alrededor. Me subió las manos por la espalda, por debajo de la chamarra prestada, y yo le agarré la cara y lo besé como se besa cuando ya no queda nada de trato, nada de deuda, solo ganas limpias. No hicimos más que eso —besarnos hasta quedarnos sin aliento, entre risas cuando una rama nos picaba, cuando una hormiga me subía por el tobillo—, pero fue de las cosas más bonitas que me han pasado. Querer a alguien a plena luz, sin techo, oliendo a tierra, sin que costara un peso.
—Podríamos quedarnos a vivir aquí —bromeé, con la cabeza en su pecho—. Una cabañita. Café en la mañana. Tú cortando leña.
—Yo no corto leña, nena. Para eso tengo quien.
—Ay, ricachón. —Le di un golpecito—. No sabes vivir sin lujos.
—No sé vivir sin ti —dijo, y lo dijo tan bajito, tan de repente, que se le escapó antes de poder tragárselo. Se puso serio. Yo me hice la que no había oído, para no espantarlo, pero el corazón se me fue a mil.
Nos quedamos ahí un rato largo, besándonos como dos escuincles, hablando de bobadas, de nuestros ex sin que nos doliera. Yo le conté de Kevin sin rabia; él me mencionó, de pasada, como quien no quiere la cosa, que Kevin y Brenda ya iban a divorciarse. Y me miró de reojo, midiéndome.
A mí me dio exactamente igual. Ni un respingo.
Y él, aliviado sin decirlo, me abrazó más fuerte. Por dentro —eso lo supe mucho después, cuando él me lo confesó— reconoció ahí, en ese bosque, algo que no se atrevía a nombrar: que quería conservar esto para siempre. Que mi sencillez lo curaba de una soledad vieja. Que nunca había estado en paz como estaba conmigo, oliendo a pino, sin dinero de por medio, sin nada que cobrar.
—————
Esa noche, Damián dejó de ser el hombre tierno del bosque y volvió a ser el de hielo.
Porque a la salida de un bar, Fabián lo emboscó. Borracho, deshecho, con la corbata torcida.
—Compadre —le lloró, agarrándolo de la manga—. Habla con Renata. Interceda por mí. Dile que me perdone. Somos compadres de años, Damián. Años.
Damián lo escuchó con el celular en la mano, jugando con la pantalla, sin mirarlo casi. Y cuando Fabián terminó de lloriquear, le contestó sin una gota de piedad.
—Tú destruiste tu casa, Fabián. Tú. Con tus manos. La engañaste con la mujer de la que se burlaban juntos. —Se soltó la manga—. Yo puedo hacer muchas cosas. Pero esa línea, la de traicionar a la tuya, no la cruzo ni muerto. Es la única que respeto. Aguántate lo que sembraste.
—Damián. Por favor. —Fabián le agarró la pierna del pantalón desde el suelo—. Yo te presenté gente. Te abrí puertas cuando empezabas. Me debes.
Damián lo miró desde arriba, y por un segundo, solo uno, se le cruzó algo por la cara. Quizá se acordó de veras de cuando eran dos muchachos con hambre. Pero se le pasó rápido.
—Lo que te debía te lo pagué hace años, con creces —dijo—. Lo que no te voy a pagar es esto. Levántate. Das pena.
Y se fue, sobrio como siempre, dejando a Fabián sentado en la banqueta bajo el letrero de neón del bar. La hermandad de años se enfrió esa noche para siempre. Caminos que se separan no por dinero ni por mujeres, sino por lo que cada quien es capaz de hacer y lo que no. Damián podía ser el Verdugo, podía ser frío, podía aplastar a un rival sin pestañear. Pero la casa de uno, la mujer de uno, la palabra de uno, esas no se tocaban. Y Fabián había tocado todas.
—————
Yo, mientras tanto, volví al departamento que todavía compartía con Alondra.
Entre el desorden alegre de dos mujeres solteras —zapatos regados, tazas a medias, ropa en el respaldo del sillón—, me armé de valor y le saqué la verdad.
—Alondra. El condón. El de tu chamarra. —Me senté frente a ella—. Y no me digas que es de emergencia, porque a ti no se te olvida nada.
Alondra me miró. Suspiró. Se sirvió un trago y se sentó en el piso, con la espalda en el sillón.
—¿Tú crees que soy la recatada que aparento, Sofi? —Sonrió con tristeza—. No. Nunca lo fui. He tenido cinco, seis parejas. Vida atrevida, de la que no se cuenta en la mesa. Hasta un heredero anduvo detrás de mí. Y ahora Julián. —Se le apagó la voz—. Julián, que fue mi amor de la prepa, y al que sigo tratando como perro pa' no salir yo lastimada primero.
—¿Por qué? —le pregunté, quedito.
Y Alondra, la fuerte, la de la calma de cirujana, la que siempre tenía la respuesta lista, se quebró.
—Mi mamá es maestra —dijo, con la vista en el trago—. Controladora. De las que no te dejan respirar. Me comparaba con todos. Con todos, Sofi, siempre había alguien mejor que yo. Me exprimía por calificaciones. Me revisaba los cuadernos, las amistades, la ropa, todo. No tuve un solo día mío en toda mi infancia. —Se le llenaron los ojos—. Y cuando crecí, buscar hombres para desahogarme fue lo único que ella no podía controlar. Mi única rebeldía. Mi único hueco de aire. Lo hacía para sentir que algo, aunque fuera eso, era mío y de nadie más.
Empezó a llorar. Sin la máscara de cínica, hecha una niña.
—Me castigaba encerrándome. Me quitaba la comida si sacaba menos de diez. Me decía que sin ella yo no era nada. Y le creí, Sofi. Toda la vida le creí. Por eso trato a Julián como lo trato. Porque si dejo que me quiera, si me dejo querer de verdad, alguien va a poder controlarme otra vez. Y prefiero morirme.
Yo no dije nada. No juzgué. Me senté a su lado en el piso, la abracé, y la dejé llorar en mi hombro. Como ella me había abrazado a mí al principio de todo, cuando yo llegué destrozada de la casa de Kevin. Le devolví el mismo refugio.
—No estás sola —le dije, y se lo repetí toda la noche—. Ya no estás sola, Alondra.
Y ahí, en la penumbra, abrazando a mi amiga siempre sonriente, entre sus hipidos y sus susurros de los castigos de su niñez —el clóset a oscuras, los platos vacíos, las palabras que le quebraron algo por dentro para siempre—, comprendí de golpe cuán rota estaba, cuánto había escondido detrás de esa calma perfecta, y cuánto nos parecemos, todas, en lo que callamos.