Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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El despertar del Duque
Un dolor lacerante en las sienes fue la primera señal de que mi conciencia no se había extinguido en la oscuridad. No había luz blanca ni paz eterna, solo un martilleo cruento detrás de mis ojos que amenazaba con partirme el cráneo en dos fragmentos.
Intenté mover las extremidades, pero las sentí pesadas y rígidas como el plomo. El aire que llenaba mis pulmones no olía a la pólvora quemada ni al humo amargo del refugio destruido en el campo de batalla donde caí en combate durante mi última misión militar.
Aquel entorno olía intensamente a cuero envejecido, cera de velas de abejas, hierbas medicinales antisépticas y tierra húmeda. Abrí los párpados con extrema lentitud, encontrándome con el alto techo de lona de una majestuosa tienda de campaña militar iluminada por la luz tenue de varias antorchas.
«¿Dónde demonios me encuentro? ¿Acaso logré sobrevivir milagrosamente a la detonación enemiga?», me pregunté desorientado, llevando una mano temblorosa hacia mi sien para palpar unas apretadas vendas impregnadas en sangre seca.
De manera abrupta, una avalancha incontrolable de recuerdos ajenos irrumpió en mi mente con la violencia de un torrente desbordado. Cientos de imágenes sobre sangrientas batallas a espada, mapas antiguos e intrigas de la nobleza asaltaron mis pensamientos de forma abrumadora.
—¡Excelencia! ¡Por fin ha regresado a la conciencia! —exclamó una voz grave y masculina desde la amplia entrada del recinto. Un oficial de rostro curtido por la intemperie y vestida armadura de cuero entró a toda prisa, dejando una bandeja sobre la mesa táctica.
—Lleva dos días enteros sumergido en un coma profundo, mi Señor —continuó diciendo el soldado mientras se aproximaba con cautela—. La repentina caída de su corcel durante la inspección del terreno rocoso estuvo a punto de arrebatarle la vida en el acto.
Observé detenidamente la mano que sostenía las mantas. Era mucho más grande y fornida que la mía en mi vida pasada, repleta de duras callosidades producto del entrenamiento constante con la espada y luciendo un imponente anillo de oro grabado con el sello ducal.
«No puede ser posible... Esta no es mi piel, ni tampoco es el cuerpo con el que luché en la Tierra», cavilé sorprendido mientras una gota de sudor frío recorría lentamente mi nuca ante la magnitud de semejante descubrimiento.
Las memorias del antiguo dueño terminaron por asentarse en mi mente, entrelazándose con la trama exacta de la novela que le leía a mi hermana. Las piezas del rompecabezas encajaron con precisión: había transmigrado al cuerpo de Alexander von Ashford.
—Tráeme inmediatamente un espejo y la carpeta completa con los informes recientes de la frontera —ordené con una voz firme, grave y profundamente autoritaria que retumbó con fuerza en toda la tienda militar sin que pudiera evitarlo.
—Cumpliré sus órdenes de inmediato, General —respondió el subordinado inclinando el torso con sumo respeto antes de dar media vuelta y salir apresuradamente a ejecutar el mandato que le acababa de dar.
Me incorporé despacio sobre el catre, notando cómo la imponente musculatura de este nuevo cuerpo respondía con una potencia física que jamás había experimentado. Llevaba puesto un elegante uniforme militar de gala azul marino, finamente confeccionado con bordados dorados e insignias imperiales.
Cuando el oficial regresó y me sostuvo un espejo de mano, observé por primera vez mi nueva fisonomía. Contemplé a un hombre de elegancia abrumadora, con un cabello brillante de color plateado peinado con compostura, una mandíbula definida y finos rasgos aristocráticos.
Mis nuevos ojos eran de un azul celeste tan pálido e intenso que simulaban dos fragmentos de hielo esculpido. Era exactamente la misma figura imponente y atractiva que ilustraba la portada del libro que solía sostener entre mis manos junto a la cama de mi hermana.
«Si el trágico accidente del caballo acaba de suceder... «¿En qué momento exacto de la cronología del libro me encuentro?», me cuestioné en silencio mientras desdoblaba a toda prisa los mapas estratégicos y las órdenes de marcha dispuestas sobre el escritorio.
Al revisar las fechas oficiales marcadas con cera roja, un profundo escalofrío recorrió mi espalda. Solo había transcurrido un mes desde que las tropas salieron hacia el frente de batalla. La contienda bélica contra el reino vecino apenas estaba comenzando.
«En el escrito original, la sangrienta contienda se prolongó por tres agotadores años antes de que el Duque pudiera regresar a su hogar», recordé apretando los puños con rabia. Aquello significaba que Elena y el pequeño Theo aún no habían sufrido la tragedia final.
Aún estaba a tiempo de reescribir la historia y evitar la catástrofe que la Princesa Evelyn pretendía orquestar. Junto a los recuerdos de Alexander, emergió el cariñoso recuerdo de su hijo Theo y la profunda estima que, en el fondo, sentía por su esposa Elena.
Aunque su matrimonio había sido un arreglo noble, distante y silencioso, en sus corazones yacía un afecto sincero que jamás floreció debido a los muros de la etiqueta. El antiguo Duque jamás supo expresar lo que sentía antes de marchar a la guerra.
«En mi vida anterior fui incapaz de vencer al cáncer para salvar a mi pequeña hermana... No pude proteger a la única familia que me quedaba en el mundo», reflexioné sintiendo cómo un fuego de pura determinación comenzaba a arder en mi pecho.
«Sin embargo, el destino me ha otorgado esta segunda oportunidad y no la desperdiciaré. No permitiré que las intrigas de la corona ni los traidores le arrebaten la vida a esta familia», juré en silencio mientras mi mente de estratega tomaba el control absoluto.
Tomé una pluma de ave, un pliego de pergamino de alta calidad y la tinta negra para comenzar a redactar una carta crucial. Debía comunicarme con Elena sin llamar la atención de los enemigos que ya acechaban en las sombras de la capital imperial.
«Elena: Espero que esta misiva llegue a tus manos en perfecto estado. He sufrido un percance menor en el campamento, pero me encuentro fuera de peligro. Te escribo estas líneas con la mayor urgencia para advertirte sobre el peligro que rodea al ducado», redacté.
«No confíes en nadie dentro ni fuera de la residencia. Tengo la certeza absoluta de que existen traidores operando en nuestro entorno, y ten por seguro que se dejarán ver aún más ahora que no me encuentro presente para supervisar el hogar», continué trazando la pluma.
«Mantén la guardia alta en todo momento, refuerza la seguridad personal y no te separes de nuestro hijo. Protegeré a Theo y a ti sin importar el costo desde la distancia. Espera pronto mis noticias directas y guarda el secreto de este mensaje», concluyó la carta.
Espolvoreé arena sobre el papel para secar la tinta, lo doblé con cuidado y derramé cera sobre el borde para estampar la figura de halcón de mi anillo. Aquel sello garantizaba a Elena que la orden provenía directamente de mi puño y letra.
Llamé de nuevo al oficial de confianza para entregarle el importante documento. Lo miré fijamente a los ojos, transmitiéndole la seriedad absoluta de la misión que estaba a punto de encomendarle para la supervivencia de la casa ducal.
—Selecciona de inmediato al mensajero más rápido, discreto y leal que tengamos en la división militar. Esta misiva debe salir hoy mismo hacia nuestro territorio natal sin perder un solo minuto —ordené con tono frío y calculador.
—¿Debo utilizar la red de mensajería oficial del ducado de Ashford, Excelencia? —preguntó el soldado, aguardando mis instrucciones finales sobre la logística del traslado del importante pergamino.
—Absolutamente no. La red oficial puede estar interceptada por ojos enemigos. El mensajero debe tomar caminos secundarios, viajar de incógnito y entregar el pergamino únicamente en las manos de la Duquesa Elena —sentencié con mirada penetrante.
—Se hará tal y como lo exige, General —asintió el oficial firmemente antes de tomar la carta sellada, realizar un saludo militar e irse a toda prisa a cumplir la orden encomendada.
Me quedé en completa soledad dentro de la tienda, observando la pequeña llama de la vela temblar ante la brisa nocturna. Mi mente analítica de militar moderno comenzó a evaluar cada posibilidad estratégica y cada movimiento político necesario para la contienda.
«La novela original nunca reveló la identidad exacta del traidor que ayudó a la Princesa Evelyn a destruir el ducado desde adentro. Tendré que descubrir por mi cuenta quién nos vendió antes de que ejecuten su siguiente movimiento», concluí, listo para luchar.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello