Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 23
Cap 23: El heredero conoce a la familia
Ximena cruzó el lobby con la barbilla en alto, ignorando con toda su dignidad las cincuenta cabezas que se giraban entre la pantalla LED y ella. Solo cuando las puertas del elevador privado se cerraron a su espalda se permitió cerrar los ojos y respirar.
—Lo voy a matar —le informó al espejo del elevador—. Despacito. Con calma.
Empujó las puertas de la presidencia dispuesta a hacerlo. No pudo. Adrián no estaba solo: presidía la mesa larga frente a una pared entera de pantallas, decenas de recuadros con las caras de los directivos del grupo repartidos por medio país, en plena junta trimestral.
Ella se quedó en el umbral, callada, dispuesta a esperar.
Él levantó la vista. Y el hombre más temido de la Capital se olvidó de que existían tres mil empleados mirándolo.
—Ya llegaste. —Se levantó de golpe; la silla rodó hacia atrás—. Tenía hambre desde hace una hora, pero no quería empezar sin ti.
Cruzó la sala en cuatro zancadas, la tomó de la cintura y le besó la sien, la mejilla, la comisura de la boca, como si llevara semanas sin verla.
—¿Comiste algo en la mañana? Te ves pálida. ¿Ya no te duele la cabeza? Traje ese pan que te gusta, el de la panadería vieja, mandé por él hasta Monteverde...
—Adrián. —Ella le apoyó una mano en el pecho—. Adrián. La junta.
—¿Qué junta?
—Esa junta. —Señaló con los ojos la pared de pantallas.
En cada recuadro, un directivo de traje fingía con toda el alma revisar documentos, tomar agua, mirar por la ventana. Nadie se atrevía a colgar. Nadie se atrevía a hablar. El presidente del Grupo Bramonte, el que corría a un vicepresidente por un correo mal redactado, acababa de atravesar la sala a la carrera para oler el pelo de una mujer.
Adrián miró las pantallas sin soltarle la cintura.
—Se pospone —dijo—. Gracias.
Y cortó la transmisión con el control, sin mudar el gesto.
Ximena se tapó los ojos con una mano.
—Tres mil personas, Adrián. Acaban de ver eso tres mil personas.
—Tres mil personas acaban de ver que como con mi mujer. —Le quitó el saco de los hombros—. Que sepan.
—No soy tu mujer. Soy la que te mantuvo tres años.
—Detalles. —La sentó en la silla de al lado y empezó a servirle él mismo—. Come.
Ximena se rindió y comió. El pan, efectivamente, era el de la panadería vieja.
—Esta noche cenamos en casa de los Ayala —soltó entre bocado y bocado—. Doña Perla quiere agradecerte lo de la licitación de Edén. Y quiere verte de cerca. Ponte algo decente y no abras la boca más de lo necesario.
Adrián dejó los cubiertos.
—¿Me estás llevando a conocer a tu familia?
—Te estoy llevando a una cena. No le pongas nombre a todo.
—Es lo mismo. —Sonreía como un niño al que le prometieron un perro—. ¿Llevo vino? ¿Le llevo algo a la señora? ¿Qué le gusta? Dime qué le gusta y le caigo bien de una vez.
—Le caes bien si te callas.
Gael Núñez entró sin tocar, con la tablet en la mano y esa cara de piedra que a Ximena empezaba a caerle bien.
—Señor. Perdón. —Miró a Ximena, dudó medio segundo—. Es sobre la otra señorita Salazar. Susana.
Ximena masticó despacio.
—¿Qué hizo ahora?
—La corrieron de la televisora esta mañana. Por el escándalo de anoche y el retiro del patrocinio de los Ayala. —Gael carraspeó—. Está abajo, en recepción, armando un numerito. Exige ver al señor Bramonte. Dice que usted le prometió representarla. Que usted la va a convertir en la próxima gran diseñadora del país.
Adrián arqueó una ceja.
—Yo no le prometí nada.
—Ella se lo prometió sola —dijo Ximena, dejando el tenedor—. Es lo suyo. Se cuenta cuentos y luego los cobra.
—Que suba. —Adrián le señaló a Ximena la puerta de la sala de juntas chica—. Métete ahí. Y no hagas ruido. Vas a querer oír esto.
Ximena tomó su plato, su copa y su curiosidad, y se metió a ver la función desde primera fila.
Susana entró hecha una furia y se transformó en el umbral. La voz se le endulzó, los hombros se le suavizaron, la barbilla le tembló en el punto exacto.
—Señor Bramonte. Qué pena molestarlo. Usted es el único que me entiende en esta ciudad de víboras. Me corrieron, ¿sabe? Por envidia. Porque tengo talento y eso aquí no se perdona.
Adrián no le ofreció asiento.
—Señorita Salazar.
—Susana, por favor. —Se sentó sola—. Anoche usted fue tan amable conmigo. Sentí que entre nosotros hubo una... conexión. Usted sabe de negocios, yo sé de arte. Podríamos...
—Le voy a dar un consejo —la cortó él, y el frío de su voz le borró la sonrisa de la cara—. Gratis. El único que le voy a dar.
Susana parpadeó.
—Su apellido vale menos que nada después de anoche. La ciudad entera la vio gritar. Nadie le compra una joya a una mujer que da lástima. —Hizo una pausa medida—. Salvo que deje de dar lástima y empiece a dar ternura. La gente perdona todo menos el ridículo; pero llora con una hija abnegada.
—No le entiendo.
—Su madre. Rosaura Nava. —Lo dejó caer como quien no le da importancia—. Presa por la muerte de su padre. Medio Monteverde piensa que es inocente, que fue en defensa propia. Si usted mueve la apelación, si sube al estrado a llorar por su madrecita, si carga la bandera de la hija fiel que pelea por la verdad, deja de ser la loca de la gala. Se vuelve una santa. Y los patrocinadores hacen fila.
Los ojos de Susana se encendieron. No preguntó cómo estaba Rosaura. No preguntó si le pesaba la cárcel. Calculó. Se le vio calcular en la cara, como quien suma en una caja registradora.
—¿Y usted me ayudaría? ¿Con abogados, con prensa?
—Yo no la ayudo con nada. —Adrián se puso de pie—. Yo le di una idea. Lo que haga con ella es cosa suya. Gael la acompaña a la salida.
Susana salió tejiendo su propia trama, ya sin acordarse de que había venido a llorar.
Cuando la puerta se cerró, Ximena salió de la sala contigua con la copa vacía en la mano.
—Le acabas de regalar el guion de su propia condena —dijo, admirada muy a su pesar—. Va a subir al estrado, va a mentir por sentirse importante, y todo va a quedar grabado.
—Va a dirigir su propia obra. —Adrián se encogió de hombros—. Yo nada más prendí las luces.
Ximena lo miró de lado.
—¿Por qué te importa el caso de Rosaura Nava?
Algo cruzó la cara de Adrián, rápido, y se apagó antes de que ella pudiera nombrarlo.
—No me importa. Me importas tú. —Le quitó la copa de la mano—. ¿A qué hora es la cena de tu suegra?
—No es mi suegra.
—Todavía. —Le besó la frente y fue por su saco, dejándola con la pregunta atorada en la garganta y con la certeza incómoda de que Adrián Bramonte, el hombre que no movía un dedo sin motivo, acababa de mover tres por una mujer presa que juraba no conocer.