Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 14: Un buen Hermano
El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios cuando Dante salió de la empresa. El día había sido largo, lleno de reuniones y decisiones que tomar. Pero su mente no estaba del todo en el trabajo. Llevaba todo el día con una inquietud que no lograba sacudirse.
Nicolás, su asistente, caminaba a su lado con el teléfono en la mano, anotando las indicaciones que Dante le daba sin levantar la vista.
—Señor, ¿dónde quiere que compre la cena? —preguntó Nicolás.
—En ese restaurante italiano que le gusta a Alessandra. El de la calle once.
—¿El que tiene esa pasta de mariscos que le encanta?
—Ese mismo. Pide varias cosas. Entradas, plato fuerte, postre. Y asegúrate de que sea para llevar.
Nicolás asintió, aunque por dentro no pudo evitar pensar: el nivel de exageración del señor Moretti era impresionante. Una cena para dos podía ser sencilla, pero él tenía que pedir un festín completo. No dijo nada, por supuesto. Se limitó a caminar hacia el restaurante mientras Dante se quedaba en el auto, recostado en el asiento trasero con los ojos cerrados.
El teléfono de Dante vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio el nombre en la pantalla: Milo .
Su hermano menor. Dos años menos que él, pero con una tranquilidad y madurez que Dante envidiaba en silencio. Milo era el opuesto a él: calmado, relajado, siempre con una sonrisa en los labios. Casado con una mujer maravillosa, padre de dos hermosas gemelas de ocho años que lo tenían completamente derretido.
Deslizó el dedo para responder.
—¿Milo ?
—Hermano, ¿cómo estás? —La voz de Milo sonó al otro lado, relajada y cálida, como siempre—. Mamá me contó lo del accidente de Alessandra. ¿Cómo está ella?
—Mejor —respondió Dante, con su tono neutro—. Ya le dieron el alta. Está en casa recuperándose.
—¿Y tú? —preguntó Milo —. ¿Cómo estás tú?
—Bien.
—Dante.
—Bien —repitió, con un poco más de firmeza—. Estoy bien.
Silencio al otro lado. Luego, un suspiro.
—Mamá también me contó que tuvieron una pelea. Antes del accidente.
Dante apretó la mandíbula.
—Fue una discusión tonta.
—¿Sí? Porque mamá me dijo que Alessandra se quejó de que nunca estás en casa. Que trabajas demasiado.
—Tengo que trabajar.
—Claro que tienes que trabajar —dijo Milo , con paciencia—. Pero también tienes una esposa, Dante. Una esposa que, por cierto, casi muere. Y tal vez eso debería hacerte pensar en lo que realmente importa.
Dante no respondió.
—Hermano —continuó Milo , con un tono más serio—. Espero que no la estés tratando como un reemplazo. Solo porque no pudiste estar con quien querías.
Las palabras de su hermano cayeron como una piedra en un estanque. Dante sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes —dijo Milo , sin presionar, pero sin soltar—. Y no te estoy juzgando. Solo te digo que Alessandra no merece eso. Ella es buena persona. Se merece que la quieran de verdad, no que la usen para tapar un hueco.
Dante cerró los ojos y respiró hondo.
—No es un reemplazo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Silencio al otro lado. Luego, un suspiro de Milo .
—Está bien. Confío en ti. Pero cuídate. Y cuídala a ella.
—Siempre lo hago.
—Entonces no la descuides. Porque si la descuidas, te juro que voy a ir yo mismo te haré entrar en razón.
Dante casi sonrió. Su hermano siempre había sido así. Directo, pero con cariño.
—Nos vemos cuando vuelvas —dijo Dante.
—Nos vemos, hermano.
Colgaron.
Dante se quedó mirando el teléfono, con la mirada perdida en la nada. Las palabras de su hermano resonaban en su cabeza.
Apretó el teléfono en su mano.
No era verdad. No del todo. Alessandra no era un reemplazo. Ella era... era su esposa. La mujer con la que había decidido compartir su vida.
Nicolás apareció con las bolsas de la cena.
—Señor, ya tengo todo listo. ¿Vamos a casa?
Dante asintió.
—Vamos.
El auto arrancó y se perdió entre las calles de la ciudad, mientras Dante miraba por la ventanilla, pensando. En las palabras que había dicho. En lo que significaban.
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El restaurante era discreto, de esos lugares donde la gente va cuando no quiere ser vista. En una mesa al fondo, Leonel Fernández miraba fijamente al detective que tenía enfrente, un hombre de mediana edad, de aspecto común, exactamente el tipo de persona que pasa desapercibida en cualquier lugar.
El detective tomó un sorbo de su café y dejó la taza sobre la mesa.
—Señor Fernández, entiendo su preocupación. Pero debo ser sincero con usted. Investigar la muerte de su hermana no es sencillo. Su padre ha cerrado filas alrededor de la versión del accidente. Y la policía no está dispuesta a abrir el caso otra vez.
—No me importa lo que diga mi padre —respondió Leonel, con la voz firme—. Ni lo que diga la policía. Quiero saber qué pasó realmente con mi hermana Ana. Y sé que hay algo que no encaja.
El detective lo miró con atención.
—¿Por qué está tan seguro?
Leonel se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Porque conocía a mi hermana. Ana no era feliz, eso es cierto. Pero no era una persona que se suicidara. Ella tenía sueños, proyectos. Estaba estudiando para abrir su propio negocio. Hablaba de eso todo el tiempo. ¿Una persona así se tira de un edificio?
El detective guardó silencio un momento.
—Tiene razón. No suena coherente.
—Exacto —dijo Leonel, recostándose en su silla—. Por eso quiero que investigues de verdad. Sin presiones. Sin miedo a lo que pueda encontrar.
El detective dudó. Sus dedos jugaban con el borde de la taza.
—Señor Fernández, si su padre se entera de que estoy investigando esto, me meteré en un gran problema. No solo perdería mi trabajo, sino que probablemente nunca volvería a conseguir otro en este rubro. Su padre tiene mucho poder.
—Yo también tengo poder —dijo Leonel, con una calma que no dejaba espacio para dudas—. No soy mi padre. No voy a amenazarte ni a comprarte. Solo te digo que si encuentras algo, yo te protegeré. Te lo prometo.
El detective lo miró largamente. Luego, suspiró y asintió.
—Está bien. Investigaré. Pero necesito tiempo. Y necesito que usted mantenga esto en absoluto secreto.
—No te preocupes —respondió Leonel—. Nadie se va a enterar.
Terminaron su café en silencio. El detective se levantó primero, ajustándose la chaqueta y asintiendo con la cabeza en señal de despedida. Leonel se quedó un momento más, mirando la taza vacía frente a él, procesando todo lo que acababa de hacer.
Si su padre se enteraba de que estaba investigando la muerte de Ana, se armaría un escándalo. Pero no le importaba. Necesitaba saber la verdad. Necesitaba descubrir qué había pasado realmente con su hermana.
Salió del restaurante y tomó su auto, un deportivo negro que contrastaba con la discreción del lugar que acababa de dejar. El motor ronroneó mientras se perdía entre las calles de la ciudad.
Cuando llegó a la mansión, el sol ya se había puesto. La casa estaba iluminada con luces cálidas que se filtraban por las ventanas. Entró y escuchó voces en la sala.
—¡Leonel! —la voz de su madre lo recibió con alegría—. Ven, mira lo que hemos estado viendo.
Caminó hacia la sala y encontró a su madre y a Fernanda sentadas en el sofá, rodeadas de catálogos y muestras de tela. Sobre la mesa, varios vestidos de novia estaban exhibidos, algunos blancos, otros con detalles en encaje y perlas.
—¿Qué es esto? —preguntó, acercándose.
—Estamos eligiendo vestidos para mi boda —respondió Fernanda, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Qué te parece este?
Señaló un vestido blanco con mangas largas y un escote en V. Leonel lo miró sin mucho interés.
—Bonito —dijo, con voz neutral—. ¿Ya decidiste cuál te vas a poner?
—Todavía no —respondió Fernanda—. Pero mamá me está ayudando a elegir. Es una decisión muy importante, ¿sabes?
Leonel asintió y se acercó a su madre para darle un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás, mamá?
—Bien, hijo —respondió ella, con una sonrisa cansada—. Ya sabes, distrayéndonos con cosas bonitas. Ayuda a no pensar en lo demás.
Leonel supo a qué se refería. La muerte de Ana había dejado un vacío en su madre que ningún vestido de novia podía llenar.
Se sentó en un sillón cercano y observó a su hermana. Fernanda sonreía, señalaba vestidos, hacía comentarios sobre telas y bordados. Parecía feliz. Pero Leonel conocía bien a su hermana. Sabía cuándo algo no estaba bien.
Y últimamente, algo en ella no cuadraba.
—¿Y Alexander? —preguntó, con tono casual—. ¿No debería estar aquí ayudándote a elegir?
Fernanda levantó la vista con una sonrisa forzada.
—Alexander está ocupado con el trabajo. Pero confía en mi criterio. Dice que cualquier vestido que elija se verá bien en mí.
Leonel asintió sin decir nada. Pero algo en su interior se movió. Una sospecha. Una duda que no podía sacudirse.
Mientras su madre y Fernanda seguían hablando de vestidos, Leonel se quedó en silencio, observando.
La muerte de Ana. La actitud de Fernanda. La forma en que su padre había cerrado el caso tan rápido.
Algo no encajaba.
Y él iba a descubrir qué era.
LEONARDO FERNÁNDEZ
por que dejó así de rápido dieran con ella la descubrirán que ella es la dueña de esa agencia
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa