Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — La “favorita” que llega servida en bandeja
Han pasado tres días desde que el rey en persona vino al palacio del príncipe Adrián, y en la corte todos han entendido el mensaje: el moribundo del que se reían ha vuelto a caer en gracia. Los Godoy, sin embargo, no piensan tragarse el desaire en silencio.
Su respuesta llega a media mañana, en forma de carruaje.
Estoy en el salón del ala interior, con una taza de infusión entre las manos, cuando doña Remedios entra con la cara descompuesta.
—Señora… —titubea—. Ha llegado una dama de la casa Godoy. Dice que la envían por orden de la reina, para servir en este palacio como favorita del príncipe. Trae equipaje. Y trae… actitud.
Antes de que termine, la susodicha ya cruza el umbral sin esperar a que la anuncien.
Es joven, bonita de un modo llamativo, con un vestido demasiado recargado para una visita de mañana, y entra mirando el techo, las paredes, los muebles, como si tasara una casa que ya considera medio suya. Detrás de ella se cuelan dos ayas viejas de la servidumbre de palacio —dos de las que la reina dejó plantadas aquí— y le llevan los baúles como si fuera una reina en persona.
—Micaela de Godoy —se presenta, sin inclinarse—. Sobrina de Su Majestad la reina. A partir de hoy serviré al príncipe.
No me levanto. Bebo un sorbo.
—Nadie me ha consultado si en este palacio hacen falta favoritas.
Ella suelta una risita por la nariz y por fin baja la mirada hasta mí, de arriba abajo, con un desdén que no se molesta en disimular.
—Usted será la esposa principal, hermana, no lo niego. Pero la descendencia del príncipe, el día de mañana, habrá que confiarla a las que podemos darle hijos. —Se acaricia el vientre con la mano, provocadora—. Una hija adoptiva sin favor del rey ni buena cuna… ¿a qué vienen tantos aires? No le conviene ponerse por encima de quien puede darle un heredero a esta casa.
Las dos ayas viejas, a su espalda, se permiten una risita ahogada. Una de ellas, la más gruesa, se atreve incluso a añadir en voz baja, pero lo bastante alto para que se oiga:
—La señorita Micaela tiene razón. En estas casas, quien da a luz al primer varón es quien de verdad manda.
Dejo la taza en el platillo, muy despacio, sin que el porcelana haga ni un ruido.
—Amaya. —Ni siquiera levanto los ojos—. Esta hermana no sabe estar de pie delante de la señora de la casa. Enséñale un poco de compostura.
Amaya se separa de la pared donde estaba, callada, y cruza el salón en tres pasos.
Micaela apenas tiene tiempo de girar la cara.
—¿Qué…?
¡Plaf!
La bofetada suena seca, limpia, y le tuerce la cabeza hacia un lado con tanta fuerza que la hace girar medio cuerpo sobre sí misma. El moño se le desarma, un mechón le cae sobre la cara, y por un instante se queda tambaleándose sin entender qué le ha pasado.
No le da tiempo a recomponerse. Amaya le echa las dos manos a los hombros y aprieta hacia abajo, con firmeza, sin prisa. Micaela intenta resistirse, clava los talones, pero es como empujar contra una viga: las rodillas se le doblan solas y cae de bruces sobre las losas del suelo, arrodillada, con las palmas por delante para no partirse la cara.
—¡Suéltame! ¡¿Cómo te atreves?! —chilla, con la mejilla ya encendida y roja—. ¡Tú, una criada…!
—Las otras dos también. —Sigo con el mismo tono con que pediría más agua caliente—. Las que se ríen a espaldas de su señora, que aprendan de rodillas.
Nube ya se ha movido. Agarra a la vieja gruesa por el codo, le hace una llave breve en la muñeca —el pulgar hundido en un punto del antebrazo— y la mujer suelta un alarido y se dobla, cae de rodillas sin que Nube apenas haya empleado fuerza. A la segunda aya, que retrocede blanca de miedo, la coge del hombro y la planta en el suelo junto a la primera.
En un momento tengo delante a las tres arrodilladas en fila, mirando al piso: la “favorita” recién llegada y sus dos comadres.
Me levanto por fin y me acerco unos pasos. Me detengo justo delante de Micaela, que resopla de rabia y de humillación, con las lágrimas empezando a asomar.
—Escúchame bien, y que lo oigan también esas dos, para que no se les olvide. —Bajo la voz, sin alzarla, que es peor—. En esta casa, una favorita habla con la esposa principal de rodillas. Así. La próxima que abra la boca sin permiso, se queda arrodillada hasta que amanezca. ¿Ha quedado claro?
Micaela levanta la cara, incrédula, con la mano en la mejilla ardiendo.
—Tú… ¡tú te atreves a pegarme! —La voz le sale rota, entre la furia y el llanto—. ¡Mi familia es…!
—¿Tu familia? —La corto sin subir el tono—. Qué oportuno. Precisamente pensaba mandar a alguien a tu casa. Y ya que insistes, te enviaré tal como estás ahora mismo: de rodillas, la cara marcada, el peinado deshecho. Que tu familia te vea así y saque sus propias conclusiones sobre lo bien que se te ha recibido.
—¡No te atreverás! —Se le quiebra la voz del todo, y ahora sí rompe a llorar, con esos sollozos entrecortados de quien nunca ha recibido un no—. ¡Le contaré a la reina lo que me has hecho! ¡Se lo contaré todo!
—Cuéntaselo. —Me encojo de hombros—. Cuéntale que llegaste a la casa de un príncipe sin ser invitada, que insultaste a su esposa delante de la servidumbre, y que te enseñaron dónde estaba tu sitio. A ver qué te responde. —Me giro hacia doña Remedios—. Que preparen el carruaje. La señorita Micaela vuelve a su casa. Y que dos hombres la acompañen para asegurarse de que llega… tal como está.
—¡No! ¡No me toquen! —Micaela intenta ponerse de pie, pero Amaya le apoya de nuevo la mano en el hombro y la mantiene abajo sin esfuerzo—. ¡Me las pagarás! ¡Godoy no va a dejar pasar esto! ¡Mi tía te…!
—Sácala de aquí. —No la dejo terminar—. Y a estas dos, que recojan sus cosas antes de mediodía. En este palacio no hago sitio a bocas que hablan a espaldas de su señora.
Las dos ayas, todavía de rodillas, se postran hasta el suelo balbuceando perdones que no les sirven de nada. Amaya levanta a Micaela por el codo, la pone en pie de un tirón, y la lleva casi en volandas hacia la puerta, con la muchacha resistiéndose, gimoteando, lanzando amenazas a cada paso que resbalan por las paredes sin dejar marca.
Cuando el escándalo se apaga en el patio y oigo por fin las ruedas del carruaje alejándose, vuelvo a sentarme y recupero la taza. La infusión se ha quedado tibia.
Adrián, que ha presenciado toda la escena desde el diván sin decir una palabra, apoyado en los cojines, entreabre los ojos.
—Los Godoy te la han mandado para provocarte —dice—. Y tú se la has devuelto en el mismo carruaje, con la marca de la mano en la cara. No se lo van a tragar.
—Cuento con ello. —Bebo un sorbo—. Si querían medir hasta dónde pueden llegar conmigo, ya tienen la respuesta. Ahora les toca a ellos decidir cuánto están dispuestos a perder.
Él me observa un momento, y una sombra de sonrisa le cruza la cara, de esas que no llegan a nacer del todo.
—Cada día das más miedo.
—Cada día tienes menos motivos para quejarte. —Le acerco la taza para que beba él también—. Toma. Todavía te falta color.
En ese instante, lejos, en el palacio de los Godoy, un carruaje se detiene ante el portón y una muchacha con la cara marcada baja a trompicones, deshecha en llanto, y cruza corriendo el patio gritando el nombre de su tía. Y en el salón principal, don Ernesto de Godoy escucha el relato entrecortado de su sobrina con el rostro poniéndose de un blanco cada vez más peligroso, y sus dedos, uno a uno, se van cerrando sobre el brazo del sillón.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻