A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 16: LA CASA DEL PATRÓN
Don Efraín Roldán no salía mucho de su casa. Era una de las cosas que el barrio comentaba con esa mezcla de respeto y morbo con que se comentaba todo lo relacionado con él: que llevaba años sin bajar caminando por la loma, que se movía siempre en camioneta con vidrios polarizados, que las pocas veces que alguien lo veía en persona era porque él mismo había decidido que valía la pena mostrarse.
Por eso, cuando Nail le avisó a Mila, un miércoles cualquiera, que don Efraín quería verla, algo en el estómago de Mila se contrajo con una fuerza que ni el entrenamiento de los últimos meses había logrado prepararla del todo para manejar.
—¿Para qué? —preguntó, incapaz de disimular la alarma en su voz.
—No sé exactamente. Pero no es nada malo, si es lo que está pensando. Si fuera malo, no me lo habría dicho a mí primero. Me habría mandado directamente a alguien más.
—Eso no me tranquiliza mucho.
Nail esbozó algo parecido a una sonrisa, la primera en varios días, desde la tarde de la lluvia, cuando ambos habían optado, sin decirlo abiertamente, por regresar a la distancia profesional que los mantenía, al menos en apariencia, dentro de los límites seguros de instructor y alumna.
—Don Efraín ha estado oyendo hablar de usted, Mila. De cómo ha mejorado. De que aguanta el entrenamiento mejor que la mitad de los muchachos que él tiene trabajando para él. En este mundo, eso llama la atención.
—¿Usted le habló de mí?
—Yo no le cuento nada a nadie de lo que hacemos en el baldío. Pero este barrio tiene ojos en todas partes, y algunos de esos ojos le reportan directamente a él. No hace falta que yo diga nada para que se entere de las cosas.
La casa de don Efraín, vista de cerca por primera vez, resultó menos imponente de lo que Mila había imaginado durante años, viéndola solo de lejos, desde la parte baja de la loma: dos pisos de ladrillo visto, un jardín pequeño pero cuidado con esmero, rejas discretas que no anunciaban el poder que se escondía detrás de ellas, sino que más bien lo disimulaban con una modestia calculada. Dos hombres armados custodiaban la entrada, revisándola con un cacheo rápido pero minucioso antes de dejarla pasar, mientras Nail esperaba a su lado con una tensión apenas visible que Mila, después de meses entrenando junto a él, ya sabía reconocer bajo la superficie tranquila.
Don Efraín la recibió en un patio interior, sentado en una silla de mimbre bajo la sombra de un árbol de mango, con una taza de café humeante frente a él que no parecía tener ninguna prisa por tomarse. Era un hombre de unos cincuenta años, de complexión más bien menuda, con el pelo entrecano cortado con pulcritud y unos ojos oscuros que observaban todo con una atención tranquila, casi paternal, que contrastaba de manera desconcertante con la reputación que Mila había escuchado durante toda su vida.
—Siéntese, mija —le dijo, señalando la silla frente a él, con una voz suave que en nada se parecía a los gritos o las amenazas que Mila, sin darse cuenta, había esperado escuchar—. Nail, tú puedes esperar afuera.
Nail dudó apenas un segundo, una vacilación tan breve que probablemente solo Mila, después de meses observándolo, fue capaz de notarla, antes de asentir y salir del patio, dejándola sola frente al hombre que gobernaba toda la loma.
—Usted es la hermana de Yeison Sarmiento —dijo don Efraín, no como pregunta sino como constatación, mientras finalmente le daba un sorbo pequeño a su café—. Lamento mucho lo que le pasó a su hermano. Era un muchacho trabajador. De esos que ya no se ven tanto.
—Gracias —contestó Mila, sin saber muy bien qué más decir, sintiendo el peso de esa mirada tranquila evaluándola de una manera que le recordó, aunque en una escala mucho mayor, la primera vez que Nail la había mirado en el billar.
—He estado oyendo cosas sobre usted. Que Nail la está entrenando. Que tiene disciplina, que aprende rápido, que no se ha rajado ni una sola vez en meses, a pesar de todo lo que ha tenido que cargar.
—Trato de hacer lo mejor que puedo.
Don Efraín asintió, con una expresión que a Mila le costó definir: no era exactamente aprobación, tampoco era la frialdad calculadora que hubiera esperado. Era algo más parecido a la curiosidad genuina de alguien que llevaba muchos años en ese negocio y que, de vez en cuando, encontraba algo que todavía lograba sorprenderlo.
—Yo empecé en esto más joven que usted, mija. Y en todos estos años, he aprendido a reconocer a la gente que tiene madera para durar, de la gente que se quema rápido y desaparece. Usted tiene esa madera. Se nota en cómo camina, en cómo me está mirando ahora mismo, sin bajar los ojos, aunque por dentro esté temblando.
Mila no negó eso último, porque hubiera sido mentira, y algo en la mirada de don Efraín le decía que él hubiera detectado esa mentira sin ningún esfuerzo.
—¿Para qué me mandó llamar? —preguntó, decidiendo que la mejor estrategia, frente a un hombre que parecía leer a la gente con tanta facilidad, era la franqueza directa.
Don Efraín sonrió, una sonrisa breve que dejaba entrever, apenas, algo del hombre que debía haber sido antes de convertirse en el Patrón de la loma alta.
—Me gusta eso. Directa, sin rodeos. —Dejó la taza de café sobre una mesita pequeña a su lado, y se inclinó ligeramente hacia adelante, con una seriedad que cambió por completo el tono de la conversación—. Quiero ofrecerle algo, Mila. No un trabajo todavía, no de los que se manejan con armas. Pero sí una entrada. Mensajería, primero. Cosas simples, llevar y traer, que la vayan acercando a este mundo sin exponerla de más. Con el tiempo, si demuestra lo que Nail dice que tiene, podemos hablar de algo más.
—¿Por qué yo?
—Porque necesito gente que entienda por qué está aquí. La mayoría de los muchachos que trabajan para mí llegan por plata, por status, por las cadenas de oro y las motos nuevas. Usted llegó por otra razón. Y esa razón, mija, la hace más leal y más peligrosa que cualquiera de ellos, porque usted no está buscando impresionar a nadie. Está buscando algo más profundo.
Mila sintió, escuchando esas palabras, una mezcla incómoda de halago y alarma, la sensación extraña de estar siendo vista con una claridad que ella misma apenas empezaba a tener sobre sí misma.
—¿Y si acepto, voy a poder averiguar quién mató a mi hermano?
Don Efraín la miró un momento largo, con una expresión que Mila no logró descifrar del todo —¿sorpresa genuina? ¿algo parecido a la cautela?— antes de contestar, con una voz que sonó, por primera vez en toda la conversación, ligeramente más medida de lo normal.
—Eso, mija, se lo puedo prometer: mientras más cerca esté de mí, más cerca va a estar de la verdad. Este barrio no guarda secretos para siempre. Tarde o temprano, todo sale a la luz.
No sabía, en ese momento, con cuánta ironía dolorosa iban a resonar esas palabras meses después, cuando la verdad que salió a la luz resultara ser mucho más cercana a ese mismo patio, a esa misma silla de mimbre, de lo que ella jamás hubiera podido imaginar esa tarde.
Mila aceptó la oferta. Salió de esa casa con un nuevo peso instalado en el pecho, mezcla de orgullo, miedo y una determinación renovada, mientras Nail, esperándola afuera con una expresión que no lograba ocultar del todo su preocupación, la observaba acercarse sin decir nada todavía, como si ya supiera, antes de que ella se lo confirmara, que acababa de dar el paso que ninguno de los dos podría deshacer después.