—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 8: La promesa cumplida y la elección de libertad
El aire dentro de la residencia era sereno, un contraste abismal con el caos que consumía a la capital. Gracias al círculo mágico ancestral que rodeaba la propiedad, la finca permanecía completamente invisible e inalcanzable para los sabuesos de la Torre Mágica y los patrulleros del imperio. Para el Duque del Norte y el Príncipe Heredero, Claudia D'Aro simplemente se había desvanecido en el aire.
Antes de que el sol terminara de despuntar, el sonido suave de ruedas sobre la grava anunció la llegada de un carruaje blindado. Las puertas principales del salón se abrieron y de él emergió Marth, sana, salva y sosteniendo su bolso con fuerza. Las lágrimas brotaron de los ojos de la anciana al ver a Claudia esperándola en el recibidor.
Marth le confirmó, aún asombrada, que un grupo de hombres sumamente educados pero de presencia imponente se había presentado en la Casa D’Aro antes del amanecer. Habían pagado hasta la última moneda de las deudas, impuestos e hipotecas pendientes con los comerciantes y el fisco del imperio, dejando la propiedad totalmente saneada y entregándole a ella una suma generosa antes de trasladarla bajo máxima protección.
Tras asegurar que Marth fuera instalada en una de las suites más cómodas del ala este para descansar, Claudia se reunió con Leonardo en el balcón del gran salón, donde el vapor del té caliente se mezclaba con la brisa matutina.
—Cumpliste cada una de tus promesas —murmuró Claudia, observándolo con una mezcla de gratitud e incredulidad—. No queda una sola deuda a mi nombre, y Marth está a salvo. Te debo la vida.
Leonardo dio un sorbo a su taza, manteniendo esa sonrisa tenue y relajada que la caracterizaba.
—No. Nada de eso. Tu vida sigue siendo tuya. Además, un hombre debe mantener su palabra, pequeña chismosa. Especialmente con su "esposa" —bromeó con suavidad, antes de que su mirada se tornara más seria y profunda—. Sin embargo, debemos hablar del siguiente paso. Mis asuntos en este imperio han llegado a su fin. En un par de días emprenderé el viaje de regreso a mi hogar.
Claudia sintió un ligero vuelco en el estómago. La realidad volvía a golpearla.
—Entiendo... Supongo que este es el momento en que nos despedimos.
Leonardo ladeó la cabeza y dejó la taza sobre la mesa con un leve chasquido.
—Al contrario. Quiero que vengas conmigo.
La propuesta tomó a Claudia por sorpresa. Se tomó un instante para procesar sus palabras, apretando las manos sobre su regazo.
—¿Irme contigo? Leonardo... ni siquiera sé exactamente a dónde perteneces. Mi vida, aunque modesta y caótica, ha estado aquí.
—¿Tu vida? —Leonardo dejó escapar una risa corta, impregnada de una leve amargura—. Pénsalo con cabeza fría, Claudia. Tu vida en esta capital ha terminado. Los cinco pilares del imperio no van a rendirse. El Duque del Norte ve tu huida como una afrenta a su orgullo militar; el Príncipe Heredero lo toma como un desafío a su autoridad; el Santo cree que debes ser "rescatada"; el Paladín te busca por orden directa de la corona y la Torre Mágica no descansará hasta analizar la magia que nos rodea. Si te quedas, serás una prisionera de la alta sociedad, forzada a un matrimonio político o encerrada para sofocar el escándalo de aquella noche.
Las palabras de Leonardo calaron hondo en la mente de Claudia. Ella, que solo había reencarnado en este mundo con el humilde deseo de vivir tranquila, comer dulces y ver los dramas ajenos desde lejos, se veía acorralada por los hombres más poderosos del país. En este imperio, su paz había sido destruida por completo.
—Conmigo no tendrás que esconderte en rincones ni temer por tu seguridad —continuó él, dando un paso hacia ella y hablándole con una calidez persuasiva—. Te ofreceré la libertad que este lugar te ha arrebatado. Tendrás una casa propia para ti y para Marth, con todos los recursos necesarios para que no vuelvas a preocuparte por deudas ni presiones nobles. Podrás empezar de nuevo, exactamente como tú quieras.
Claudia lo miró fijamente. A pesar del aura de misterio y el innegable peligro que rodeaba a Leonardo, él era el único que le ofrecía una salida real sin exigir nada a cambio.
—Una casa para mí y para Marth... ¿sin pretendientes molestos ni caballeros rodeando mi puerta? —inquirió ella, queriendo asegurarse.
—Una casa para ustedes, bajo mi absoluta protección —asintió él con una firmeza impecable—. Todos seremos felices allá.
Claudia dejó salir un largo suspiro, sintiendo cómo el peso de la angustia finalmente abandonaba sus hombros. La decisión estaba tomada.
—Está bien —respondió Claudia, esbozando una pequeña sonrisa—. Me iré contigo. Comenzaré de nuevo. No sé cómo te lo voy a pagar, pero lo haré.
—Sobre eso... No tiene que preocuparte. No soy hombre que cobra por la ayuda de quién lo merece. Después de todo. Eres una pobre alma solitaria ¿verdad?
—¿Eh?
—Ve a descansar— desvío el tema con audacia—. El viaje es en unos días pero será agotador.