Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 15 — Un viejo amigo
En una fonda pequeña al borde de la carretera, un lugar modesto con bancas de madera, Mela y Dino se sentaron frente a frente con dos tés calientes delante.
Ninguno decía nada. Solo se miraban, como dos personas que guardan demasiadas cosas y no saben por dónde empezar.
—La verdad, no me esperaba encontrarte aquí —dijo Dino al fin.
Mela sonrió apenas. —¿Por qué?
—Pues... porque tenía entendido que vivías en la ciudad.
Mela asintió despacio. —Sí, así era. —Bajó la vista un momento e inspiró—. Me fui para allá cuando me casé —continuó.
Dino no la interrumpió.
—Pero ahora volví —dijo Mela.
La frase era simple, y sin embargo explicaba muchas cosas. Dino lo notó.
—¿Algo cambió? —preguntó con cautela.
Mela esbozó una sonrisa tenue. —Mucho. —Le dio un sorbo a su té y desvió la mirada hacia la calle, donde los vehículos pasaban uno tras otro.
—Me divorcié.
Dino se quedó inmóvil. La mano que iba a tomar el vaso se detuvo en el aire. Pero no hizo más preguntas y dejó que Mela continuara.
—Ahora estoy enfocada en el pueblo. Empecé de cero, sembrando verduras poco a poco.
Dino sonrió al fin. No de sorpresa, sino de admiración.
—Sigues siendo la misma de antes —comentó.
Mela frunció el ceño. —¿La misma cómo?
—Cuando se te mete algo en la cabeza, no lo haces a medias.
Mela soltó una risita. —¿Tan necia era?
—Mucho —respondió Dino sin dudar.
Rieron con soltura y la tensión se disolvió. Ya no había incomodidad entre ellos.
—¿Y tú qué? —preguntó Mela.
Dino alzó las cejas. —¿Yo? —Se señaló a sí mismo.
Mela asintió.
Dino se reclinó un poco. —Normal.
—¿Normal cómo? —insistió Mela, curiosa.
—Pues, lo que ves. Trabajo para vivir.
Mela chasqueó la lengua y lo miró con los ojos entrecerrados. —Sigues contestando con lo mínimo —le reprochó—. Todo el mundo trabaja para vivir. Yo también.
Dino soltó una risa baja. Alcanzó su té y le dio un trago. Hasta que otra pregunta salió de boca de Mela, y el movimiento se le detuvo a medio camino.
—Dino... ¿tú ya te casaste?
Dino la miró. La pregunta era sencilla, pero por alguna razón se sintió distinta. Guardó silencio un instante y luego negó despacio. —No.
Mela se sorprendió. —¿No te has casado?
Dino sonrió apenas. —No. No he encontrado a la indicada.
Mela asintió sin insistir. Pero entre los dos flotaba algo que ninguno dijo en voz alta. Algo sobre el pasado. Sobre aquello que... casi sucedió.
—Qué pequeño es el mundo —murmuró Mela, con la mirada puesta en la calle.
Dino la observó fijamente. —Sí.
Porque de todos los lugares, de todas las posibilidades, habían vuelto a encontrarse justo aquí.
Y esta vez, nadie sabía si volverían a separarse. O si, por el contrario, retomarían algo que había quedado pendiente.
El sol empezaba a inclinarse hacia el poniente cuando Mela y Dino salieron de la fonda. La calle seguía animada, aunque ya no tan abarrotada como antes.
Mela levantó su morral de tela. —Bueno, yo me voy yendo.
Dino la detuvo por el brazo. —Yo te llevo —le dijo.
Mela negó de inmediato. —No hace falta. Estoy acostumbrada a andar sola.
—No es por eso. —Dino se metió las manos en los bolsillos—. Dijiste que tienes un terreno y que siembras verduras, ¿no?
Mela arqueó una ceja. —Sí, ¿por qué?
Dino se encogió de hombros con naturalidad. —Tengo curiosidad. Quiero verlo y de paso revisar la calidad de tus productos.
Mela lo observó un momento. Luego dejó escapar un suspiro leve. —Está bien.
—Espérame aquí, voy por la camioneta. —Dino volvió sobre sus pasos hasta su local, sacó su camioneta y se detuvo justo frente a Mela.
—¡Súbete! —la invitó.
Mela sonrió y se sentó en el asiento del copiloto.
Durante el camino de regreso apenas hablaron. Pero tampoco se sintió incómodo. De vez en cuando se miraban de reojo y se reían por cualquier tontería. Hasta que al fin llegaron frente a la casa de Mela.
Dino observó la casa un instante. Modesta, pero bien cuidada y llena de vida. —Siento que... hace una eternidad que no venía por aquí —murmuró.
Mela arrugó el entrecejo. —¿Y dónde habías andado todo este tiempo? Quiero decir... ¿nunca viniste al pueblo?
—N-no es eso. Es que... e-estaba ocupado con el trabajo —tartamudeó Dino.
—Ah. —Mela entró primero—. ¿Quieres algo de tomar? —preguntó desde adentro.
Dino, de pie en la entrada, negó con la cabeza. —No te molestes. Mejor vamos directo a tu parcela.
Mela se asomó, extrañada. —¿Por qué?
Dino echó un vistazo a los alrededores. Varias personas los observaban. No de forma descarada, pero lo bastante evidente para él.
—Desde que llegamos ya somos el espectáculo del pueblo —dijo en voz baja.
Mela se quedó callada y luego soltó un suspiro breve. Entendía lo que Dino quería decir. Y estaba segura de que después de esto habría nuevos chismes.
—Entonces vamos directo a la parcela —dijo.
Dino asintió. Caminaron hacia el terreno, que quedaba cerca de la casa. Iban uno al lado del otro, pero sin demasiada cercanía.
—Ya llegamos —anunció Mela.
Se detuvieron al borde de la parcela. Las voces de sus cuatro amigas les llegaron enseguida.
—¡Mel! ¿Ya volviste...? —Yolanda, que sostenía una cubeta, se frenó en seco. Su mirada saltó de Mela al hombre que la acompañaba—. ¿Eh?
Dora y las demás, que estaban arreglando las plantas, también voltearon y se quedaron mudas unos segundos.
Mela se rascó la nuca, incómoda. —Les presento a Dino.
—¿Dino? —repitió Yolanda.
Dora lo examinó de arriba abajo. —¿Dino? —murmuró.
—Sí, es un viejo amigo —explicó Mela.
Dino saludó con un gesto respetuoso. —Buenas tardes, señoras. Soy Dino, un amigo de toda la vida de Mela.
—¿Amigo de toda la vida? —repitió Yolanda otra vez. Su tono empezó a cambiar.
Dora le dio un codazo discreto a Yolanda. Pero sus ojos tampoco se despegaban de Dino.
—Sí, Dino es del pueblo vecino —se apresuró Mela.
—¡Ah! —respondieron todas al unísono, alargando la exclamación con un tono cargado de sobreentendidos.
Mela desvió la mirada, algo incómoda. —Vino a ver la parcela —dijo, cambiando de tema.
Dino avanzó unos pasos. Sus ojos recorrieron el terreno. Las plantas que crecían ordenadas, el sistema de riego sencillo pero funcional.
—No está mal —comentó.
—¿No está mal? —repitió Susana con una ceja en alto.
Dora se cruzó de brazos. —Está muy bien, para que lo sepas.
Dino sonrió levemente. —Sí. Lo que quise decir es que supera lo que me imaginaba. —Caminó despacio entre los surcos. Revisó algunas plantas. Les tocó las hojas, examinó la tierra—. ¿Todo esto lo cuidas tú? —preguntó.
Mela asintió. —Sí, entre todas. —Señaló a Dora y a las demás.
Dora y las demás se acercaron a Mela y le cuchichearon al oído.
—¿Para qué vino tu amigo, Mel? —preguntó Lucía.
—Él va a ser el que nos compre las verduras. Por eso vino a conocer la parcela —respondió.
Dora y las demás se miraron entre sí. Luego, poco a poco, les brotó una sonrisa con doble intención.
—Ah... así que este es el "hombre de la ciudad" que nos va a comprar las verduras —susurró Yolanda, bajito pero lo bastante fuerte como para que se oyera.
Mela la fulminó con la mirada. —¡Yolanda!
Dino no se ofendió; al contrario, se rio, aligerando el momento.
El sol fue bajando poco a poco. Una luz dorada bañó la parcela.
Dino se despidió de Mela y de las demás, y quedaron en que al día siguiente vendría a recoger las verduras. También intercambiaron números para poder comunicarse.
Cuando la camioneta de Dino se alejó, Dora y las demás se pararon junto a Mela.
—Dino es guapo —soltó Susana de pronto.
Mela giró la cabeza y la miró. —Claro que es guapo, es hombre —replicó, un poco seca.
—¡Uy, celosa! —la molestaron las demás.
—Ay, ya, ¿de qué hablan? ¿Quién está celosa?
Dora y las demás se rieron, disfrutando la expresión avergonzada de Mela. Pero luego, Dora se quedó pensativa, como si hubiera recordado algo.
—Si no me equivoco, él es el que iba contigo a la escuela, ¿verdad, Mel?
Mela asintió despacio. —Sí.
—No lo reconocí, Mel. Es que se puso más guapo —exclamó Dora.
Mela volvió a chasquear la lengua y puso los ojos en blanco.
Dora se rio. —Yo pensaba que él iba a ser un empresario como tu exmarido —comentó.
Mela la miró con el ceño fruncido. —¿Por qué pensaste eso?
—Es que una vez escuché que un amigo tuyo del pueblo vecino había estudiado en la capital. Creí que era Dino. Pero parece que no.
Mela se quedó callada, con la mirada puesta en el camino por donde la camioneta de Dino se había marchado. Luego observó a sus cuatro amigas.
—Ya se hizo tarde, ¡vámonos! —las apuró Mela.
—¡Vamos!