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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:77
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

...Santi....

La vi salir del edificio desde la ventana de mi oficina.

Caminaba rápido, como siempre. Como si el mundo no mereciera que se detuviera. El pelo suelto le golpeaba la espalda y llevaba esa mochila enorme donde metía los drones, los lentes, todo su universo portátil.

Me quedé ahí parado como un idiota hasta que desapareció por la esquina.

Solté el aire. No me había dado cuenta de que lo estaba conteniendo.

Diez minutos. Había estado diez minutos en la misma habitación que yo, firmando los papeles del seguro médico que le pedí a Recursos Humanos que "casualmente" necesitaran su firma presencial. Diez minutos en los que me mantuve detrás del escritorio porque si me paraba, iba a buscar alguna excusa para acercarme. Y las excusas con Nina siempre me salen mal.

Me senté. Me paré. Caminé hasta la ventana otra vez.

Ya no estaba.

Agarré el celular.

Tengo una cuenta de TikTok sin foto, sin nombre, sin seguidores. La abrí con el pulgar como quien abre una herida que ya conoce. Busqué su perfil. El de Julián Ríos, digo. Porque el de Nina no existe —ella odia las redes, dice que le roban el ojo, que después ya no sabe mirar las cosas sin filtro.

Pero Julián la mira sin filtro y lo sube todo.

El último video tenía tres horas. La miniatura mostraba el Cerro Sur al amanecer, esa luz naranja que Nina persigue con los drones cada vez que tiene oportunidad. El texto decía: "Preview del MV en Cerro Sur. Hace mucho que no la veo. Ya quiero que sea mañana..."

Cuatrocientos mil likes.

Los comentarios: "Julián y la fotógrafa misteriosa otra vez", "¿cuándo nos presentas a tu musa?", "SHIP SHIP SHIP."

Me apreté el puente de la nariz.

Scrolleé hacia abajo. Encontré el video de hace dos semanas donde Julián tocaba guitarra en un balcón y al fondo, borrosa pero inconfundible, estaba Nina sentada en una silla de plástico con los audífonos puestos, editando. Diecisiete segundos. Los había visto cuarenta y tres veces. No es una exageración. TikTok te dice cuántas veces reproduciste algo si sabes dónde buscar.

Cuarenta y tres.

Levanté la vista y me encontré con mi reflejo en la puerta de vidrio. Uniforme impecable. Mandíbula apretada. Ojeras que el bronceado apenas disimulaba.

En la pantalla, Julián sonreía con esa cara de póster que tiene, los rizos cayéndole sobre la frente, los dedos largos sobre las cuerdas.

Yo parezco lo que soy: un tipo que se levanta a las cinco de la mañana para correr, que no sabe contar chistes, que se queda callado en las fiestas y que lleva un año y medio casado con una mujer que lo mira como si fuera un mueble.

Cerré TikTok.

Abrí la galería del celular. La carpeta se llama "Logística" por si alguien la ve. Tiene doscientas fotos. Todas son capturas de pantalla de las historias de Nina que guardé antes de que desaparecieran. Nina volando un dron en la playa. Nina con un café enorme tapándole media cara. Nina dormida en el sofá de la sala —esa la tomé yo, una madrugada que me desperté por agua y la encontré ahí con la laptop abierta sobre el pecho. Nunca supo que le saqué esa foto.

Nunca le di like a nada.

Nunca le comenté nada.

Nunca le reenvié nada.

Agarré las llaves del auto.

Cerro Sur estaba a cuarenta minutos. Si salía ahora, llegaba antes que ella. Y si llegaba antes, podía... ¿qué? ¿Estacionarme lejos y mirarla trabajar como un acosador con placa militar?

Arranqué el motor.

Sí. Exactamente eso.

...Nina....

Camila me lo juró por su mamá.

"Te lo prometo, es un trabajo normal, una productora chica que necesita tomas aéreas para un videoclip. Pagan bien. No pregunté quién canta."

Mentirosa.

Llegué al Cerro Sur a las siete de la mañana con el estuche del dron al hombro y el café a medio tomar. La luz estaba perfecta —dorada, baja, con esa neblina suave que le da textura al paisaje sin arruinar la imagen. Sentí ese cosquilleo que me da cuando sé que voy a capturar algo bueno.

Y entonces lo vi.

Julián estaba sentado en el capó de una camioneta negra, con una guitarra sobre las piernas y tres personas alrededor ajustándole el pelo, la camisa, el micrófono. Levantó la cara cuando me oyó llegar. Sonrió como si me hubiera estado esperando toda la vida.

—Nina.

Me detuve.

Mi cuerpo hizo lo que hacen los cuerpos cuando reconocen algo peligroso: se quedó muy quieto.

—Julián.

—Qué bueno que viniste.

—Es un trabajo. Vine a trabajar.

Se bajó del capó. Estaba más flaco que la última vez. Los pómulos más marcados, las manos más huesudas. Pero seguía moviéndose igual —como si la gravedad le quedara floja, como si el piso le pareciera opcional.

—Escucha, lo de anoche...

—No quiero hablar de eso.

—Los mensajes. Los mandaron mis amigos. Estábamos jugando verdad o reto y alguien agarró mi celular y...

—Julián. No quiero hablar de eso.

Se pasó la mano por el pelo. Ese gesto. Dios, ese gesto. A los dieciséis años me bastaba verlo hacer eso para que se me olvidara respirar. Ahora solo me daba ganas de irme.

—¿Dónde pongo el equipo? —le pregunté al primer asistente que encontré.

Me señaló una mesa plegable bajo un toldo. Caminé sin mirar atrás.

Saqué el dron. Revisé las baterías. Calibré los controles. Conecté la tablet. Todo el ritual mecánico que me ancla cuando el mundo se me quiere ir de las manos.

Julián me siguió.

Por supuesto que me siguió.

—Terminé con Lorena —dijo, como quien suelta una granada y espera a ver qué pasa.

No levanté la vista de la pantalla.

—Qué pena.

—Hace tres meses. En Bogotá. Le dije que no podía seguir mintiéndole.

—Julián, necesito concentrarme.

—Nina, mírame.

No lo miré.

—Recorrí medio mundo —su voz se quebró en los bordes, apenas, lo justo para que yo lo notara—. Toqué en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Santiago. Llené un estadio en Guadalajara. Y cada vez que me bajaba del escenario lo primero que hacía era revisar tu perfil para ver si habías subido algo.

—No tengo perfil.

—Ya sé. Por eso le revisaba el suyo a Camila, a tu prima, a cualquiera que pudiera haber subido una foto contigo. Y cuando supe que te habías casado...

Se le cortó la voz.

Lo miré.

Error.

Tenía los ojos rojos. Julián Ríos, cuatro millones de seguidores, voz de terciopelo, cara de ángel caído, parado frente a mí a las siete y cuarto de la mañana con los ojos rojos.

Cuando yo tenía quince años, mi papá se fue de la casa. Se fue literalmente: desapareció una mañana con una maleta y no volvió en ocho meses. Mi mamá dejó de hablar. Regina, que ya era una adolescente hecha y derecha con su mamá viviendo en otro piso del mismo edificio, apareció un día a decirme que "así son los hombres, acostúmbrate." Yo dormía con la luz prendida porque la oscuridad se me había vuelto insoportable.

Julián vivía en el departamento de enfrente. Tocaba guitarra en el balcón todas las tardes. Una tarde se asomó y me vio llorando en el mío. No dijo nada. Al día siguiente dejó una bolsa colgada en mi manilla con un disco de Silvio Rodríguez y una nota: "Canción 5. Escúchala con los ojos cerrados."

La escuché.

Después escuché las demás.

Después lo escuché a él, cuando empezó a cantar sus propias canciones en los bares del centro. Me sentaba en la primera fila con un refresco que me duraba tres horas. Él cantaba y me miraba. Yo lo miraba y sentía que alguien había prendido una lámpara adentro de mi pecho.

Duró dos años. Dos años de canciones, de tardes en el balcón, de mensajes hasta las tres de la mañana. Nunca me besó. Nunca me dijo "te quiero." Se fue a grabar su primer disco y me mandó un audio de WhatsApp: "Voy a extrañarte, Niña." Niña. Con ñ. Su apodo para mí.

No volvió en cuatro años.

Cuando volvió, traía a Lorena.

—Nina —repitió ahora, en el Cerro Sur, con la voz rota—. Cuando supe que te casaste pensé que te había perdido para siempre.

Lo miré a los ojos. Busqué adentro de mí el incendio de los dieciséis años, la lámpara, la canción número cinco.

Encontré cenizas.

—Necesito volar el dron antes de que cambie la luz —dije—. ¿Puedo trabajar?

No esperé respuesta. Levanté el equipo, caminé hasta el punto de despegue que había marcado en el mapa y lancé el dron al cielo.

Desde arriba, el Cerro Sur parecía otro mundo. Verde oscuro, niebla baja, la línea del río cortando el valle. Moví la cámara. Encontré el ángulo. Olvidé todo lo demás.

Eso hacen los drones. Te sacan de tu propia vida y te la muestran desde lejos. Desde arriba, todo se ve más simple. Más pequeño. Más manejable.

Abajo, escuché a dos chicas del equipo de producción murmurando.

—¿Esa es la amiga de Julián? ¿La de las fotos?

—Dicen que fueron novios.

—No fueron novios. Él dijo en una entrevista que era "su persona favorita."

—¿Y ella se casó con otro?

—Con un militar o algo así.

Me apreté los dientes y seguí volando.

El dron pasó sobre la camioneta negra, sobre el equipo de sonido, sobre Julián que ahora estaba sentado en una piedra con la guitarra, rasgando algo lento. La cámara lo captó desde arriba: una figura pequeña, guapa, sola.

Mi celular vibró.

Aterricé el dron por puro instinto profesional —nunca reviso el teléfono en pleno vuelo— y miré la pantalla.

WhatsApp. Santiago Reverte.

"¿Llegaste a la locación?"

Me quedé mirando el mensaje como si estuviera escrito en otro idioma.

Santiago. Mi esposo. El hombre con el que vivía, desayunaba y compartía un baño desde hacía un año y cuatro meses. Me estaba escribiendo.

Un mensaje.

El primero en semanas que no fuera "Llego tarde" o "Hay comida en la nevera."

Nuestro chat de WhatsApp parecía la conversación de dos compañeros de cuarto que apenas se toleran. Mensajes cortos, logísticos, sin emojis, sin signos de exclamación. "Compré leche." "Ok." "Mañana tengo guardia." "Ok." Una vez le mandé una foto del atardecer desde un trabajo porque estaba particularmente lindo y me respondió tres horas después con un "Buena foto." Nunca más le mandé nada.

Y ahora: "¿Llegaste a la locación?"

No preguntaba dónde estaba. Sabía dónde estaba. Sabía que iba al Cerro Sur. ¿Cómo sabía que iba al Cerro Sur?

Escribí y borré cuatro respuestas.

"Sí."

Mandé eso. Una palabra. Tres letras. Me odié un poco.

Los tres puntitos aparecieron. Estaba escribiendo. Los puntitos desaparecieron. Volvieron a aparecer. Se fueron otra vez.

Ningún mensaje más.

Guardé el celular, levanté el dron y volví al cielo.

Desde arriba, el estacionamiento del cerro se veía completo: las camionetas de producción, el auto de Julián, los técnicos armando luces.

Y un auto oscuro estacionado lejos, al borde del camino de tierra. Con alguien adentro.

No le di importancia.

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