Un hombre común de la Tierra muere atropellado y reencarna en la prehistoria, en el salvaje mundo de Pristokia. Pero no despierta indefenso: viene acompañado por el "Sistema del Árbol Sagrado Primordial", el cual fusiona en su cuerpo el poder divino absoluto de Kaguya, Hagoromo y Hamura Otsutsuki. Con el control total del espacio, el tiempo y la energía universal, su primera misión será detener el meteorito que amenaza con extinguir a los dinosaurios. En lugar de destruirlos, decidirá esparcir el chakra en el planeta y cultivar a las bestias prehistóricas como sus plantas de energía. Cada criatura que muera le devolverá un poder inimaginable. Su objetivo final: devorar la energía de estrellas y galaxias, fusionar el universo en un solo mega-mundo y fundar el clan Otsutsuki definitivo. ¡Nadie podrá detener al ancestro supremo!
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Capítulo 12: La Creacion del Hombre y el Trono del Rey Supremo
El Mérito Celestial y el Primer Rey del Cosmos
El Megamundo ya no era un simple planeta fusionado; se había convertido en un plano mitológico viviente que se expandía miles de kilómetros cada minuto. La densidad del chakra primordial era tan masiva que el propio tejido del espacio-tiempo poseía conciencia. Cuando dos deidades del Rango Seis Caminos chocaban en batalla, desatando técnicas destructivas que agrietaban el cielo y creaban pozos infinitos en la corteza terrestre, el propio mundo reaccionaba de inmediato. Como si fuera una herida biológica, el espacio roto se regeneraba por sí solo en cuestión de segundos y la tierra dañada volvía a sellarse, demostrando que Pristokia era un reino inmortal protegido por el Dao Celestial de Dragon.
De este constante desbordamiento de chakra puro que emanaba del núcleo planetario, comenzaron a materializarse diez entidades de energía pura: los Diez Espíritus Primordiales. El primero en emerger de las profundidades tectónicas fue una Tortuga Gigantesca, cuyas placas traseras cargaban el peso de un continente entero y cuya respiración controlaba las mareas. Las siguientes bestias tomaron formas de animales míticos e indomables, hasta llegar al décimo espíritu, el cual nació con una perfecta Forma Humana, poseyendo el intelecto más refinado y el flujo de chakra más puro entre los diez.
En esta Era Dorada de abundancia cósmica, los clanes antiguos como los Uchiha o los Hyuga gobernaban las alturas, pero ellos no eran humanos; portaban la sangre mutada del linaje Otsutsuki. Fue entonces cuando un poderoso sabio del clan ancestral, que había alcanzado la cúspide del Rango Seis Caminos y buscaba romper su propio límite, decidió mirar hacia el suelo. Usando la arcilla espiritual del plano, el agua bendita de los océanos y los elementos puros de la naturaleza, el sabio moldeó dos nuevas especies: la Raza Humana, nacida con una adaptabilidad espiritual infinita, y la Raza Asura, seres nacidos para el combate, con una vitalidad de chi y sangre monstruosa.
Al completar su creación, el Megamundo experimentó un cambio radical. El nacimiento de estas nuevas razas aceleró el desarrollo y el destino del plano. En ese instante, el cielo rojo de Pristokia se abrió y una cascada de energía dorada y pura descendió como un pilar cósmico: era la Energía de Mérito. El sabio creador absorbió este mérito divino, sintiendo cómo su alma cruzaba instantáneamente los rangos de Dios, Emperador Dios, Constelación y Fusión de Chakra, quedando a un solo paso de la divinidad absoluta.
Desde el palacio celestial, Dragon observó el acto con agrado. Levantando su dedo, envió un rayo de luz que hizo descender un Trono Divino Primordial directo hacia el sabio, permitiéndole consolidar el legendario Rango Rey Dios.
Sin embargo, las leyes del Megamundo, inspiradas en los mitos más antiguos, dictaban que los Reyes Dioses debían competir. Por encima de todos los rangos existentes, Dragon instituyó el título del Rey Supremo, el monarca absoluto que gobernaría sobre todos los seres vivos, clanes y bestias del Megamundo. La regla era implacable: el mundo nunca se debilitaría, solo se haría más fuerte. Si el Rey Supremo se estancaba en su cultivo o cometía actos de tiranía injustificada, las leyes del Dao Celestial permitirían que sus propios hijos o un guerrero más fuerte lo derrocaran en combate físico para reclamar la corona.
Así comenzó la profecía de los Cinco Reyes Supremos que marcarían la historia del cosmos. El sabio creador, ahora un Rey Dios bendecido por el mérito, alzó su arma hacia el firmamento y reclamó el primer reinado, unificando a los clanes humanos, asuras y a los espíritus primordiales bajo su mando. Desde las sombras del universo infinito, Dragon, inmune al alcance de los mortales, cerró sus ojos. El primer rey de la mitología había subido al trono, y la gran rueda del destino dinástico comenzaba a girar en Pristokia.