Una historia de amor, odio y venganza
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El día que el cielo se incendio
Cap 1
Valentia despertó con un grito que no llegó a salir de su garganta. Otra vez las llamas. Otra vez el olor a goma quemada y sangre dulzona. Otra vez la mano de su madre presionando la suya a través del vidrio roto mientras el coche volcado gemía como un animal moribundo.
—Corre, Valentia, corre —le decía su madre, pero sus labios ya no se movían con claridad, y el humo lo llenaba todo.
Ella tenía siete años, y la única imagen que le quedó grabada para siempre no fue la explosión final, sino la figura de un hombre de traje oscuro que apareció de la nada. Se arrodilló junto a ella, le cubrió los ojos con una mano fría y susurró:
—Todo está bien, pequeña. Ya pasó. Ya pasó.
Esa voz la persiguió en cada pesadilla durante diez años. Diez años de internados, de familias de acogida que la miraban con lástima, de terapeutas que le decían «tienes que procesar el duelo». Pero Valentia no quería procesar nada. Quería recordar. Quería que el rostro de aquel hombre se volviera nítido, porque algo en su instinto infantil le había susurrado que no estaba allí para ayudar. Estaba allí para asegurarse de que su madre no hablara.
Aquella mañana, sin embargo, la pesadilla fue diferente.
Cuando abrió los ojos en su pequeño apartamento del barrio de Lavapiés, el techo no apareció cubierto de hollín imaginario, sino de grietas reales. Sobre la mesa de noche, junto al vaso de agua que siempre dejaba, había un sobre de papel verjurado, grueso, carísimo. Nadie sabía su dirección. Nadie, excepto su tutora legal y el banco.
El sobre no tenía remitente. Solo su nombre: Valentia. Lo rasgó con dedos torpes.
Dentro había una fotografía. No digital, no reciente: una Polaroid descolorida, con bordes amarillos y manchas de humedad. Mostraba a dos personas. La primera le hizo un nudo en el pecho: era su padre. Gabriel Vargas, el hombre que según el acta de defunción había muerto en el mismo incendio que su madre. Allí estaba, de pie, con barba de varios días y una sonrisa amarga, vivo. La segunda persona era un adolescente de no más de quince años: delgado, hombros ligeramente encorvados, pero con una mirada que ya entonces debía de romper corazones. Ojos verdes como el musgo, como el veneno, como las botellas de absenta que años después Valentina aprendería a odiar.
Al dorso, una letra temblorosa, de alguien que ya no tenía pulso firme, decía:
«Él lo hizo. Él nos destruyó. Encuéntralo. Mátalo. —G.»
La G solo podía ser Gabriel, su padre. El muerto que escribía cartas.
Valentina pasó tres horas sentada en el borde de la cama, con la foto entre las manos, sin parpadear. Cuando por fin reaccionó, no lloró. Llenó una mochila con lo indispensable, canceló el contrato de alquiler con una llamada de cinco minutos y compró un billete de tren a Madrid. La dirección que había investigado en el registro mercantil la llevaba a un rascacielos de cristal en el Paseo de la Castellana: Montenegro Corporation.
En la puerta de cristal blindado, un cartel decía: «Dante Montenegro, vicepresidente de expansión internacional». Debajo, una fotografía reciente: el mismo adolescente de ojos verdes, ahora convertido en un hombre de mandíbula cuadrada y traje a medida. Valentina tocó el vidrio con la yema de los dedos, como si quisiera sentir su calor.
—Hola, Dante —susurró, y su voz sonó tan fría que se asustó a sí misma—. Voy a hacer que me ames. Y luego voy a destruirte.
El sol de la tarde se reflejó en los ventanales del edificio. Por un instante, todo el cielo de Madrid pareció teñirse de naranja y rojo. Como si, diez años después, el incendio de su infancia aún no se hubiera apagado.
Y tal vez nunca lo haría.