Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
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CAPÍTULO 4 - El precio de avanzar
El problema de las pequeñas victorias era que nadie las celebraba.
Nadie aplaudía porque te levantaras temprano.
Nadie te felicitaba por ahorrar cien pesos.
Nadie admiraba que caminaras una hora después del trabajo.
Para el mundo, esas cosas eran invisibles.
Y Axel comenzó a darse cuenta de ello durante la primera semana.
Era sábado.
Su único día libre.
El despertador sonó a las cinco de la mañana.
Abrió los ojos.
Y sintió una sensación horrible.
No quería levantarse.
Ni un poco.
Toda la semana había trabajado.
Toda la semana había dormido menos.
Toda la semana había intentado hacer las cosas bien.
Su cuerpo protestaba.
Su mente protestaba.
Todo protestaba.
—Solo hoy... —murmuró.
La frase apareció sola.
Como una vieja amiga.
Solo hoy.
Descansa.
Te lo mereces.
Empiezas mañana.
Axel observó el techo.
Durante un minuto entero.
Luego agarró una almohada y se cubrió el rostro.
—Cállate...
La voz no desapareció.
Porque la voz era él mismo.
Y eso era lo peor.
No estaba luchando contra otra persona.
Estaba luchando contra sus propios hábitos.
Contra años enteros de comodidad.
Contra años enteros de excusas.
Se sentó lentamente.
5:07 A.M.
Había perdido la batalla durante siete minutos.
Pero todavía podía ganar la guerra.
Se levantó.
Y salió a caminar.
El parque estaba casi vacío.
Solo había algunos corredores.
Un señor haciendo estiramientos.
Y una muchacha sentada en una banca leyendo un libro.
Axel no le prestó mucha atención.
Comenzó a caminar.
Luego a trotar.
Y después de unos minutos volvió a descubrir algo importante.
Seguía estando en pésima condición física.
Apenas llevaba cinco minutos corriendo cuando sintió que sus pulmones querían abandonar su cuerpo.
—¿Por qué hago esto? —jadeó.
Intentó seguir.
Duró treinta segundos más.
Luego se detuvo.
Las manos sobre las rodillas.
Respiración acelerada.
Sudor.
Agotamiento.
Levantó la cabeza.
Y vio a la misma muchacha de la banca observándolo.
Axel apartó la mirada de inmediato.
Perfecto.
Ahora había testigos.
Justo lo que necesitaba.
La chica volvió a su libro.
Y él intentó recuperar la dignidad.
Sin éxito.
Después de varios minutos decidió sentarse en otra banca.
Sacó la libreta.
Anotó la fecha.
Y escribió:
"Corrí cinco minutos."
Miró la frase.
Era ridícula.
Cinco minutos.
Había niños capaces de correr más.
Ancianos capaces de correr más.
Probablemente perros capaces de correr más.
Pero antes había corrido cero.
Y cinco siempre era mejor que cero.
Sonrió.
Por primera vez empezó a comprender cómo funcionaba el progreso.
No era espectacular.
No era cinematográfico.
Era aburrido.
Lento.
Pequeño.
Y constante.
—Interesante.
La voz lo hizo levantar la vista.
Era la chica del libro.
Axel parpadeó.
—¿Qué?
—La libreta.
—¿La libreta?
—Sí.
—¿Qué tiene?
Ella señaló la página.
—Parece un diario de guerra.
Axel bajó la mirada.
"Corrí cinco minutos."
"Me levanté temprano."
"Ahorré dinero."
"Sobreviví al lunes."
De repente comprendió cómo se veía desde fuera.
Y soltó una carcajada.
La chica también sonrió.
—¿Estás entrenando para algo?
—No.
—¿Entonces?
Axel dudó.
No conocía a aquella persona.
Era una extraña.
Pero por alguna razón respondió.
—Estoy intentando arreglar mi vida.
Ella cerró el libro.
—Vaya.
—Sí.
—Eso suena difícil.
—Lo es.
—¿Y funciona?
Axel pensó unos segundos.
Luego observó la libreta.
Después observó el parque.
Y finalmente respondió:
—No lo sé.
Ella sonrió.
—Respuesta honesta.
—Es la única que tengo.
La chica asintió.
—Bueno... si sirve de algo, todos parecen perdidos a los veintidós.
—¿Todos?
—Todos.
—Eso es bastante deprimente.
—Lo sé.
Ambos rieron.
Y por primera vez en mucho tiempo, Axel sintió algo extraño.
Ligereza.
Como si el peso que cargaba hubiera disminuido un poco.
Solo un poco.
No sabía quién era aquella chica.
No sabía su nombre.
No sabía nada sobre ella.
Pero aquella conversación de cinco minutos había sido más agradable que muchas conversaciones completas que había tenido en los últimos meses.
La chica volvió a abrir su libro.
—Bueno, guerrero del cuaderno.
—¿Guerrero del cuaderno?
—Sí.
—Es un nombre horrible.
—Y bastante preciso.
Axel negó con la cabeza.
—Nos vemos.
—Tal vez.
Y comenzó a caminar hacia la salida del parque.
No sabía que acababa de conocer a una de las personas más importantes de su vida.
Lo único que sabía era que aquella mañana había logrado algo.
Había corrido cinco minutos.
Había vencido otra excusa.
Y por primera vez...
Tenía ganas de volver al día siguiente.