Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El ruido que nos salvó Cap 12
La computadora empezó a fallar de nuevo una semana antes de la entrega del trabajo final de Teoría Literaria. El ventilador rugía más fuerte de lo normal. La pantalla parpadeaba cada cinco minutos. Y el peor síntoma: a veces, sin previo aviso, la máquina se apagaba y no quería volver a encender hasta después de una hora de descanso.
Como yo.
—Está cansada —dijo mi madre, viéndome golpear suavemente la torre blanca.
—Las máquinas no se cansan, mamá. Se rompen.
—Igual que las personas. Pero las personas pueden descansar. Esto tienes que arreglarlo.
Lo sabía. El problema era que no tenía plata para las piezas. La semana anterior, las ventas de tortas habían bajado. Llovió tres días seguidos y nadie salía a la calle. Mi madre había tenido que pedir fiado en el almacén. El pasaje del colectivo ya estaba justo. No sobraba nada.
El trabajo final era obligatorio. Sin entregarlo, perdía la materia. Sin la materia, perdía el promedio. Sin el promedio, perdía la beca.
No podía perder la beca.
Esa noche, mientras la computadora descansaba su hora obligada, saqué mi cuaderno espiral y empecé a escribir el trabajo a mano. Eran doce páginas de análisis sobre Rayuela, de Cortázar. Doce páginas escritas con lapicera azul, en mi letra apretada, mientras el ventilador enmudecía y el monitor se quedaba negro.
Mi madre me vio desde la puerta.
—¿Escribiendo a mano?
—No me queda otra.
—¿Y después vas a pasarlo a la computadora?
—Si es que prende.
A la hora exacta, la máquina volvió a la vida. La pantalla de pasto verde apareció como un milagro. Conecté el módem USB, abrí el procesador de textos, y empecé a pasar el ensayo. Mis dedos volaban sobre el teclado. Había escrito tanto a mano que me sabía cada párrafo de memoria.
A eso de la medianoche, cuando llevaba ocho páginas pasadas, la computadora emitió un pitido agudo. Un sonido que nunca había escuchado. Después, la pantalla se puso azul. Azul intenso, con letras blancas que decían algo en inglés que no entendí.
—No, no, no, no —grité.
Mi madre apareció corriendo.
—¿Qué pasó?
—¡Dejo de funcionar!
Apreté el botón de encendido. Nada. Lo desenchufé, lo volví a enchufar. Nada. La computadora seguía en esa pantalla azul que parecía un diagnóstico de muerte.
Me puse a llorar. No pude evitarlo. Eran las doce de la noche. Al otro día, el trabajo tenía que estar subido a las ocho de la mañana. No tenía computadora. No tenía dinero para llevarla a un técnico. No tenía tiempo para nada.
Mi madre se sentó a mi lado. No dijo "todo va a estar bien". No era su estilo. Dijo:
—Muestrame qué dice.
—Está en inglés, mamá. No entiendo.
—Muestrame igual.
Señalé la pantalla. Ella leyó las letras blancas en silencio. Después, con una calma que me asombró, dijo:
—Eso dice "error de disco duro". ¿No es algo que te enseñaron a arreglar en los tutoriales?
Me quedé paralizada. Mi madre, que apenas sabía leer y escribir, acababa de leer una pantalla azul en inglés y entenderla. Pero no era el momento de sorprenderme.
—Sí —dije, secándome las lágrimas—. El disco duro. A veces se afloja el cable. O se corrompe el sector de arranque.
—¿Y sabés cómo arreglarlo?
—Lo vi en un video. Pero necesito abrir la torre. Y no tengo las herramientas.
Mi madre se levantó, fue a la cocina y volvió con un destornillador pequeño que usaba para arreglar la hornalla. Me lo puso en la mano.
—Esto es una herramienta. Abrí.
Abrí la torre con manos temblorosas. El interior estaba lleno de polvo otra vez. Busqué el cable del disco duro, lo desconecté, lo volví a conectar. Lo hice tres veces, como había visto en el tutorial. Después, sin mucha esperanza, apreté el botón de encendido.
La pantalla parpadeó. El ventilador rugió. Y después de unos segundos eternos, apareció el escritorio de pasto verde.
La computadora había vuelto.
Terminé de pasar el ensayo a las tres de la mañana. Lo revisé dos veces. Lo subí a la plataforma. Cuando vi el mensaje "Archivo entregado con éxito", apoyé la cabeza sobre el teclado y lloré de cansancio.
Mi madre, que había dormido en la silla de al lado, se despertó.
—¿Ya?
—Ya.
—¿Bien?
—Bien.
—Andá a dormir. Yo guardo esto.
Me fui a la cama con la ropa puesta. Antes de cerrar los ojos, escuché a mi madre apagar la computadora, desconectar el módem, barrer el polvo de la torre que había quedado en el piso. Sonidos pequeños. Sonidos de cuidado.
Soñé con pantallas azules convertidas en cielos. Y con mi madre leyendo inglés sin saber inglés.
A la mañana siguiente, cuando revisé la plataforma, el profesor Ricardo había dejado un comentario en mi trabajo: "Excelente análisis. Subrayado personal muy agudo. 10".
Valentina, la de la mochila cara, me miró desde su asiento. Ya no importaba.
Ese día, en la parada del colectivo, mientras vendíamos tortas, mi madre me preguntó:
—¿Y la computadora sigue andando?
—Sí. Pero no sé por cuánto tiempo.
—Entonces cada día que funcione es un regalo. Como tú.
No supe qué responder. La miré, con sus manos llenas de harina y su delantal gastado, y sentí que, en realidad, yo ya tenía todo lo que necesitaba.