In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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El oxígeno que nos falta
El silencio en el ascensor detenido no era vacío; era una presencia física, una presión atmosférica que nos envolvía mientras el metal chirriaba levemente, balanceándose en el hueco del edificio. Estábamos suspendidos entre dos mundos, y Seo-Jun, con las manos apoyadas a ambos lados de mi cabeza, me mantenía cautiva en un espacio donde el tiempo no corría de la misma manera. Su aliento, agitado y cálido, chocaba contra mi rostro, y el aroma de su loción, mezclado con el olor metálico del ascensor, me embriagaba.
—¿De verdad crees que él puede protegerte de lo que yo ya te salvé? —repitió, su voz bajando a un registro ronco que hizo vibrar mis propios pulmones.
—Seo-Jun, basta —intenté decir, aunque mi voz apenas salió como un susurro—. Estás cruzando una línea. Estamos en medio de una jornada laboral. Esto no es... esto no es correcto.
Él soltó una carcajada amarga, una que no llegaba a sus ojos, los cuales ahora estaban oscuros, recorriendo cada centímetro de mi rostro como si estuviera memorizando un mapa que se le estaba prohibido transitar. Sin pedir permiso, se acercó más. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, un fuego que parecía intentar traspasar la fina tela de mi ropa.
—¿Qué es lo correcto, In-Oh? —preguntó, y esta vez, el tono no era de rabia, sino de una honestidad tan brutal que me dejó indefensa—. ¿Es correcto que me ignore como si no hubiera pasado nada durante siete años? ¿Es correcto que te entregues a alguien que ni siquiera conoce el color de tus miedos?
Su mano derecha se despegó de la pared metálica y se posó, con una lentitud tortuosa, en mi cintura, atrayéndome apenas un milímetro más hacia él. Fue suficiente para que sintiera la dureza de su pecho contra el mío, un recordatorio físico de nuestra cercanía. La electricidad que recorrió mi columna vertebral fue tan intensa que tuve que cerrar los ojos para no perder el equilibrio.
—Min-Woo es bueno conmigo —dije, aunque mi mente me traicionaba y mi cuerpo se inclinaba hacia el contacto—. Él me hace sentir... tranquila.
—Él te da calma, sí —respondió él, bajando la mano hacia la curva de mi cadera, con un toque posesivo pero infinitamente delicado—. Pero yo soy el que te quita el aliento. Y lo sabes. Lo sabes desde hace años, desde mucho antes de que ese tipo apareciera en nuestra vida.
Su boca se movió, acercándose peligrosamente a la mía. No fue un beso, pero el roce de su aliento sobre mis labios fue una tortura. Mis manos, sin control consciente, se apoyaron sobre sus hombros, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa. Podía sentir la lucha en él; era un hombre que se estaba conteniendo con todas sus fuerzas, un hombre que estaba al límite de su propia paciencia y de su propia dignidad.
—¿Por qué ahora, Seo-Jun? —pregunté, con los ojos húmedos, sintiendo que mi corazón se desgarraba—. ¿Por qué después de haberme ignorado durante una semana, después de haber tratado de borrarme de tu vida, vienes y me dices esto?
Él suspiró, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello. El contacto de su piel fría contra mi pulso acelerado fue el punto de inflexión. Fue un gesto tan íntimo, tan cargado de una necesidad que no pedía permiso, que mi resistencia se desmoronó.
—Porque el infierno es ver cómo te toca otro —confesó, y su voz tembló—. Porque ayer, cuando ese tipo te puso las manos encima, sentí que algo en mí moría si no llegaba a tiempo. Me di cuenta de que no importa cuánto intente odiarte, no importa cuánto intente alejarme para no romperme más... eres la única razón por la que sigo respirando. No soy un santo, In-Oh. Y no voy a fingir que no deseo tenerte, porque me quema la sangre solo de pensar que otro ocupa el lugar que yo perdí por mi propia arrogancia.
La honestidad de sus palabras fue como un impacto directo. No era una declaración de amor convencional; era una confesión de una obsesión que nos consumía a ambos. Nuestras frentes estaban apoyadas la una contra la otra, y en ese reducido espacio, cada exhalación era compartida. El ascensor, ese pequeño cubículo de acero, se sentía como el único lugar en el universo donde podíamos ser reales, lejos de la mirada juzgadora de Min-Woo y de las expectativas de nuestra vida profesional.
—No me pidas que elija —sollocé—. No ahora.
—No te pido que elijas —dijo él, alejándose apenas unos centímetros para mirarme a los ojos—. Te pido que reconozcas que esto que sientes, este miedo que te hace temblar, no es miedo a él. Es miedo a saber que si me das un solo centímetro, no voy a parar hasta recuperarte.
Él bajó sus manos, soltándome lentamente, como si le doliera renunciar a mi contacto. Pero no se alejó del todo; se quedó allí, atrapándome entre su cuerpo y el metal, permitiendo que la tensión siguiera vibrando en el aire. Sus dedos, aún doloridos y vendados por la pelea de la noche anterior, rozaron mi mejilla, una caricia que casi me hizo perder el control de mi propia voluntad.
—Dime que no sientes nada —susurró, retándome—. Mírame a los ojos y dime que el roce de mis manos sobre tu piel no significa absolutamente nada para ti. Miéntele al mundo si quieres, In-Oh, pero no me mientas a mí. Porque sé que cuando cierras los ojos, soy yo a quien ves.
Fue una exigencia, una apuesta desesperada. Mi corazón, atrapado en la encrucijada de mi lealtad a Min-Woo y esta fuerza gravitacional que era Seo-Jun, no pudo emitir palabra. Solo pude mirarlo, con la respiración entrecortada y el alma expuesta, sabiendo que, aunque seguíamos sin cruzar la línea física de la infidelidad, acabábamos de romper algo mucho más profundo: la negación.
Seo-Jun, con una expresión de dolor absoluto, se separó finalmente y presionó el botón de reinicio del ascensor. El cubículo volvió a cobrar vida con un zumbido eléctrico. Las puertas se abrirían en cualquier momento y volveríamos a ser dos colegas, dos desconocidos con un pasado lleno de sangre y promesas rotas. Pero antes de que el ascensor retomara su curso, él me rozó el brazo con la punta de sus dedos, una caricia eléctrica, fugaz, pero que grabó su presencia en mi piel.
—Mañana —dijo él, mientras las luces del panel empezaban a parpadear—, no aceptaré que me ignores. No puedes seguir huyendo de esto.
Cuando las puertas finalmente se abrieron en el piso de la revista, Seo-Jun salió sin mirar atrás, dejándome allí, tambaleándome en mi propia fragilidad. El ascensor estaba vacío, pero su presencia aún se sentía tan sólida que me costó dar el primer paso hacia mi escritorio. Sabía que la gente empezaba a preguntarse qué había pasado con el ascensor, que pronto notarían que algo había cambiado, pero en ese momento, lo único que podía pensar era en que, tras esa puerta, la vida tal como la conocía había dejado de tener sentido. La honestidad de Seo-Jun había abierto una caja de Pandora que no sabría cómo cerrar, y mientras caminaba hacia mi puesto, sentí que el peso de mi secreto era más grande que nunca. ¿Qué pasaría cuando Min-Woo volviera a buscarme al final del día? La respuesta era un vacío que me daba miedo explorar.