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Debajo De Tus Sábanas

Debajo De Tus Sábanas

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.

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Capitulo 22

El paso de los días tras el fin de la pausa no trajo la reconciliación ardiente que ambos esperaban; por el contrario, desató una guerra fría que convirtió el aire de la oficina en algo denso, pesado y casi imposible de respirar. La atmósfera en el piso doce se había vuelto insoportable, una tensión estática que ponía los pelos de punta a cualquiera que cruzara el pasillo. Pero el epicentro de esa tormenta silenciosa estaba en el mostrador de la recepción, donde Cecilia Morales ejecutaba sus labores diarias con una distancia que cortaba más que un vidrio afilado.

Siguiendo al pie de la letra la regla número uno —aquella que le exigía obediencia y discreción absoluta—, Cecilia había llevado el mandato a un extremo imprevisto. Cumplía las órdenes de Víctor con una frialdad robótica, pulcra y desprovista de cualquier rastro de humanidad. Ya no había miradas cómplices sobre las carpetas de auditoría, ni sonrisas de lado, ni ese sutil vaivén de caderas atrevido que solía dedicarle cuando se quedaban a solas. Cuando Víctor le pedía un documento, ella se lo entregaba manteniendo los ojos fijos en un punto neutral, con los movimientos mecánicos de una extraña. Su sumisión se había vuelto un escudo de hielo.

Ese miércoles por la tarde, Cecilia vestía una blusa de seda color gris perla abotonada hasta el cuello y una falda tubo negra que, aunque delineaba sus curvas con la sensualidad habitual, se sentía como una armadura. Tenía el cabello rubio rígidamente recogido en un moño bajo. Parecía una máquina de eficiencia perfecta.

—Aquí tiene la agenda de la junta de accionistas del viernes, señor Moreira —dijo Cecilia. Su voz suave habitual sonó completamente plana, desprovista de la vibración ronca que solía encender los sentidos de su jefe.

Víctor, que estaba de pie al otro lado del mostrador vistiendo su impecable traje azul marino, la miró fijamente. Su imponente presencia física de treinta años pareció encogerse por un segundo ante la indiferencia de su secretaria. Sostuvo la carpeta, pero no la retiró de inmediato, intentando forzar un contacto visual que ella esquivó con una maestría robótica.

—Gracias, señorita Morales. ¿Hay alguna novedad con los informes de marketing? —preguntó Víctor, con su voz profunda teñida de una frustración que ya no podía disimular.

—Están archivados en su red interna, señor. No hay anomalías —respondió ella, dando un paso atrás con parsimonia, entrelazando sus manos por delante en una postura dócil, pero inalcanzable.

Víctor apretó la mandíbula y dio la vuelta, regresando a su despacho con el pecho cargado de una pesadez desconocida. Cerró la puerta de vidrio, pero no echó el pestillo. Se quedó de pie detrás del cristal polarizado, observando la silueta de Cecilia a través de la penumbra.

Fue en ese momento de soledad cuando el peso de la verdad cayó sobre él como un balde de agua fría. Durante meses, Víctor se había autoconvencido de que lo que tenía con Cecilia era un escape, un juego de roles ardiente donde él podía ejercer su faceta más posesiva y dominante para olvidarse del caos de su divorcio y la rebeldía de su hija Angélica. Pensaba que la deseaba por sus fetiches, por la sumisión deliciosa de su cuerpo debajo de las sábanas, por la forma en que ella se entregaba a su autoridad en la oscuridad del despacho.

Pero ahora, al verla convertida en una máquina de hielo, Víctor se dio cuenta de su gran error.

No solo extrañaba el sexo salvaje contra el escritorio de caoba, ni la seda de las corbatas restringiendo las muñecas de Cecilia, ni los gemidos ahogados que se perdían en su cuello. Extrañaba su risa suave cuando tomaban café por las mañanas antes de que llegara el resto del personal. Extrañaba la madurez con la que ella lo escuchaba hablar de sus problemas como padre soltero, la paz que su sola presencia le transmitía en mitad de las jornadas más estresantes, y esa devoción silenciosa que lo hacía sentir el hombre más poderoso del mundo, no por su dinero, sino por el amor que ella le profesaba. Cecilia se había metido debajo de su piel, transformándose en una necesidad vital para su existencia diaria. Su presencia en su vida era el verdadero motor de su felicidad.

Dando rienda suelta a la desesperación que lo carcomía, Víctor abrió la puerta de su despacho a las seis de la tarde, justo cuando el último empleado marcaba su salida. La oficina quedó sumida en ese silencio espeso de los viernes, roto solo por el murmullo del aire acondicionado.

Caminó con paso firme hacia la recepción. Cecilia ya estaba recogiendo su bolso, manteniendo su postura impecable.

—A mi oficina, Cecilia. Ahora —ordenó Víctor. Su tono de mando no fue gélido como de costumbre, sino ronco, suplicante, cargado de una atracción magnética que hizo que el aire cambiara de temperatura en un segundo.

Cecilia no respondió. Caminó detrás de él con movimientos pausados y entró al despacho. En cuanto el clic definitivo de la puerta trasera resonó en la habitación, ella se quedó de pie a un metro de distancia, con la carpeta contra su pecho, manteniendo su mirada robótica.

—¿Qué se le ofrece, señor? —preguntó de manera plana.

Víctor mandó el profesionalismo y el orgullo directo al demonio. Acortó la distancia con la velocidad de un depredador herido y la tomó de los brazos con una firmeza implacable, obligándola a soltar la carpeta, la cual cayó al suelo con un eco seco. La empujó suavemente hacia atrás hasta acorralarla contra la pared de caoba, usando su imponente contextura física para bloquear cualquier vía de escape.

—Basta, Cecilia. Detén esta maldita farsa —le siseó Víctor cerca de los labios, con la respiración entrecortada por la cercanía de su perfume a vainilla y madera—. No puedo seguir soportando esta frialdad robótica. Estás cumpliendo mis reglas de obediencia, sí, pero me estás matando por dentro.

Cecilia parpadeó lentamente, manteniendo su armadura de hielo por un segundo más, aunque el calor del pecho ancho de Víctor ya estaba haciendo estragos en su resistencia.

—Solo estoy haciendo lo que usted me ordenó, señor Moreira —respondió ella en un susurro que por fin flaqueó sutilmente—. Mantengo la distancia, soy eficiente y dócil.

—No quiero una máquina, Cecilia. Te quiero a ti —confesó Víctor, y por primera vez, el hombre maduro y serio se mostró completamente vulnerable ante ella—. Este mes de pausa y estos días de indiferencia me hicieron entender que esto no es solo por el deseo, ni por los fetiches que compartimos debajo de las sábanas. Te extraño a ti. Extraño tu presencia en mi vida, tu apoyo, la forma en que me miras cuando no hay nadie alrededor. Me enamoré de ti, Cecilia. Eres mi paz en mitad de todo este caos.

Las palabras de Víctor impactaron en el corazón de Cecilia con la fuerza de un rayo. La frialdad robótica se desmoronó en un parpadeo, dando paso a un atrevimiento salvaje y a una emoción cruda que le llenó los ojos de lágrimas. Saber que el implacable Víctor Moreira se estaba entregando de esa manera, reconociendo que ella era su necesidad más profunda, alimentó sus fetiches de una forma espiritual. Él seguía teniendo el control, pero ahora era un control dictado por el amor.

—Víctor... —susurró ella, y su voz recuperó esa vibración ronca y sensual que a él lo volvía loco.

Deslizó sus manos lentamente por los hombros anchos de su jefe, enredando sus dedos en la tela de su camisa, arqueando la espalda para pegar su cuerpo al de él de una manera tan íntima que la seda de sus prendas pareció derretirse.

Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y atrapó sus labios en un beso ardiente, profundo y hambriento. Fue la liberación de semanas de agonía silenciosa, un reclamo crudo que devolvió la vida al despacho a oscuras. Las manos de Víctor viajaron con urgencia por sus caderas, subiendo la falda tubo negra para reclamar la piel caliente de sus muslos con una confianza renovada, demostrándole que, a partir de esa noche, la atmósfera insoportable de la oficina se había transformado en el santuario de una relación que ya no conocería de pausas ni de hielos.

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Kookie
ojalá subas capitulos muchos
Kookie
tuvieron un bebé
Kookie
ya se la ganó
Kookie
tanto tiempo pasó
Kookie
entiendo a Ceci
Kookie
ya empezó el juego
Kookie
la odiosa de su ex esposa
Kookie
se está poniendo bueno
Kookie
la niña le dió su merecido a esa bruja
Kookie
no tenía que irse
Kookie
más trasfondo de la madre
Kookie
uffffff
Kookie
Ya le confesó 🤭🤭
Kookie
Más capitulos plis
SAQ
Red
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