Ela una chica que era bondadosa y alegre se dará cuenta de que su familia no es lo que parece y perderá su vida . La vida o el destino le dará una oportunidad para hacer las cosas bien.
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Capítulo 16: El baile de las máscaras
La noche había transformado completamente la capital.
Miles de faroles iluminaban las calles.
Las fuentes reflejaban destellos dorados.
La música podía escucharse desde distintos puntos de la ciudad.
Y en el centro de toda aquella celebración se encontraba el Palacio Imperial.
Magnífico.
Imponente.
Resplandeciente.
El gran salón había sido decorado especialmente para el baile del Festival Imperial.
Cortinas de terciopelo azul cubrían las paredes.
Arañas de cristal colgaban del techo.
Cientos de velas proyectaban una luz cálida sobre los invitados.
Aquella noche todos debían usar máscaras.
Era una antigua tradición.
Y también una excelente oportunidad para que ocurrieran problemas.
Muchos problemas.
Ela observó su reflejo en el espejo.
Llevaba un elegante vestido color plata con delicados bordados azul oscuro.
La tela parecía fluir como agua bajo la luz.
Su máscara blanca estaba decorada con pequeñas piedras violetas que combinaban perfectamente con sus ojos.
Nora sonrió satisfecha.
—Está preciosa.
—Gracias.
—Todos quedarán impresionados.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Minutos después descendió hacia el salón principal.
Alexander la esperaba cerca de la entrada.
Cuando la vio aparecer quedó inmóvil unos segundos.
—¿Padre?
—Tu madre estaría orgullosa.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Ela se encogiera ligeramente.
Alexander rara vez hablaba de ella.
Y cuando lo hacía, siempre era con enorme cariño.
—Gracias.
El duque sonrió.
—Aunque sigo pensando que todos los jóvenes nobles son sospechosos.
—Incluso los que no conozco.
—Especialmente esos.
Al entrar al salón encontraron a Julian.
Por supuesto.
Y también estaba haciendo algo extraño.
—¿Qué haces?
—Estoy intentando descubrir quién es quién.
—¿Y funciona?
—No.
—Sorprendente.
Diana apareció usando una elegante máscara verde esmeralda.
—Julian lleva veinte minutos confundiendo personas.
—Solo me equivoqué cinco veces.
—Once.
—Eres muy negativa.
Por primera vez en toda la noche, Ela olvidó sus preocupaciones.
Aquellos momentos simples comenzaban a convertirse en algunos de sus favoritos.
La música comenzó.
Las parejas ocuparon la pista.
Los nobles conversaban.
Los sirvientes se desplazaban entre los invitados.
Todo parecía normal.
Hasta que Ela sintió una mirada.
Una intensa.
Persistente.
Extraña.
Levantó la vista.
Al otro extremo del salón había un hombre observándola.
Llevaba una máscara negra.
Su cabello oscuro caía sobre su frente.
Y aunque la distancia era considerable, podía sentir sus ojos sobre ella.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Sucede algo?
Cedric acababa de acercarse.
Vestía un uniforme ceremonial negro y plata.
La máscara oscura resaltaba aún más sus ojos grises.
Ela señaló discretamente.
—Ese hombre.
Cedric siguió su mirada.
Pero cuando observó el lugar indicado...
No había nadie.
—Desapareció.
—Lo vi hace un momento.
—Te creo.
La expresión de Cedric se volvió seria.
Muy seria.
—Mantente cerca de nosotros esta noche.
—¿Tan grave parece?
—Sí.
Aquella respuesta no la tranquilizó en absoluto.
Unos minutos después comenzó un nuevo baile.
Y para sorpresa de todos, Cedric fue directamente hacia ella.
Ignorando por completo las miradas curiosas.
Ignorando los rumores.
Ignorando prácticamente todo.
—¿Bailas?
Ela sonrió.
—Empiezo a pensar que disfrutas estos eventos más de lo que admites.
—Eso jamás ocurrió.
—Claro.
—Jamás.
Ella aceptó.
Y segundos después ambos se encontraban en la pista.
La música era lenta.
Elegante.
Suave.
Por primera vez desde que se conocieron, ninguno parecía tener prisa por hablar.
Simplemente disfrutaban el momento.
Desde un balcón superior, Diana observó la escena.
—Ya es evidente.
Julian asintió.
—Completamente evidente.
Leonard apareció detrás de ellos.
—¿Qué es evidente?
—Ellos.
—Ah.
—¿Lo ves?
—Hasta los caballos de la mansión lo ven.
Los tres comenzaron a reír.
Mientras tanto, Alexander observaba desde la distancia.
Y aunque no lo admitiría jamás...
Cedric comenzaba a agradarle.
Un poco.
Solo un poco.
La canción estaba llegando a su fin cuando ocurrió algo inesperado.
Una sirvienta chocó accidentalmente con Ela.
—Lo siento mucho.
—No pasa nada.
La joven se alejó rápidamente.
Demasiado rápido.
Cedric frunció el ceño.
—Espera.
—¿Qué ocurre?
El hombre tomó la mano de Ela.
Y observó algo sobre su muñeca.
Un pequeño corte.
Apenas visible.
Pero suficiente.
—Cedric.
—No te muevas.
Su voz era fría.
Peligrosamente fría.
La piel alrededor del corte comenzaba a adquirir una tonalidad oscura.
Veneno.
El corazón de Ela se aceleró.
Cedric reaccionó inmediatamente.
La sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
Alexander llegó segundos después.
—¿Qué pasó?
—Intentaron envenenarla.
El silencio cayó sobre el salón.
La música se detuvo.
Las conversaciones desaparecieron.
Y el pánico comenzó a extenderse.
Muy lejos de allí, en una habitación oscura, un hombre sonrió al recibir las noticias.
—¿Funcionó?
—No completamente, mi señor.
Viktor Draven observó las llamas de la chimenea.
—Qué decepción.
Sin embargo, su sonrisa permaneció intacta.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque cada intento me permite conocerla mejor.
Y mientras pronunciaba aquellas palabras, una nueva pieza comenzaba a moverse dentro de su enorme tablero.
Una pieza que cambiaría por completo el destino de Evelina Valmont.