Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 23
Romina
Ver a Geovanny sentado en la mesa de mi casa, con la ropa prestada de mi hermano menor, el cabello aún húmedo y esa expresión de nerviosismo mal disimulado, era una de las cosas más surrealistas que había presenciado en mi vida.
Mi madre había puesto su mejor mantel. Mi padre había salido de la cochera con las manos limpias por primera vez en años. Mis hermanos gemelos no dejaban de mirarlo como si fuera un extraterrestre recién aterrizado.
Y yo, en medio de todo, intentaba procesar que el hombre que me había observado durante cuatro años, el padre de mi hijo, estaba a punto de cenar con mi familia.
—¿Así que tú eres Geovanny?
preguntó mi madre mientras servía la sopa.
— El jefe de Romina.
—Sí, señora
respondió él, con una cortesía que no le había visto antes.
—Bueno, uno de ellos. Trabajo con mi padre.
—¿Y qué haces aquí?
intervino mi padre, con ese tono directo que usaba cuando algo no le terminaba de cuadrar.
— Mi hija vino a vernos a nosotros. No mencionó que esperaba visita.
Geovanny me miró brevemente, buscando permiso. Yo no supe qué decir, así que simplemente mantuve el rostro inexpresivo.
—Vine a buscarla
dijo con honestidad.
— Cometí errores. Errores graves con ella. Y necesitaba decirle en persona que estoy dispuesto a hacer lo que sea para arreglarlos.
Mi padre arqueó una ceja. Mis hermanos intercambiaron miradas cómplices. Mi madre, en cambio, sonrió con esa mezcla de curiosidad y aprobación que solo las madres pueden tener.
—¿Qué clase de errores?
preguntó mi padre, sin soltar la cuchara.
—Papá
intervine.
— no es necesario...
—Sí es necesario
me cortó.
—Este hombre aparece en nuestra casa, empapado hasta los huesos, y dice que vino a buscarte. Yo quiero saber por qué.
Geovanny asintió, como aceptando el interrogatorio.
—Le mentí, señor. Durante meses, le oculté algo importante. Algo que debía saber desde el principio. Y cuando finalmente se lo dije, huyó. No la culpo. Pero no podía dejarla ir así. No sin luchar por ella.
Mi padre lo observó en silencio un largo rato. Yo contuve la respiración.
—¿Y qué sientes por mi hija?
preguntó al fin.
Geovanny me miró directamente a los ojos. Esos ojos grises que me habían desarmado desde el primer día.
—La amo
dijo, con una simplicidad que me dejó sin aliento
— La amo desde que la vi. Desde antes de que ella supiera que yo existía.
Un silencio absoluto cayó sobre la mesa. Mis hermanos abrieron la boca. Mi madre se llevó una mano al pecho. Mi padre, por primera vez, pareció perder el habla.
— Te vi en la universidad, cruzando el patio. Ibas con una mochila enorme, la cabeza gacha, escondiéndote del mundo. Y supe, en ese mismo instante, que había algo en ti. Algo que me llamaba. Algo que no podía ignorar.
—Pero nunca me hablaste
dije, sintiendo que las lágrimas amenazaban de nuevo.
— Nunca te acercaste.
—Porque era un cobarde. Porque tenía miedo. Porque mi vida era un desastre de mentiras. Y no merecía ni siquiera acercarme a ti.
Mi madre suspiró, conmovida.
—Y ahora
continuó Geovanny, dirigiéndose a mi padre.
— cuando vuelva a la capital, voy a arreglar todo. Mi compromiso falso, mi relación con mi padre, todo. Y si ella me acepta
me miró.
— me comprometeré con ella. Sin importar nada ni nadie. Le daré el lugar que merece. A ella y a nuestro...
Se detuvo. Me miró, preguntando con los ojos. ¿Podía decirlo, Era el momento?
—¿Nuestro qué?
preguntó mi padre, confundido.
Cerré los ojos. No había vuelta atrás.
—Nuestro hijo
completé, en un susurro.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Mi madre se quedó inmóvil, la cuchara a medio camino de la boca. Mi padre palideció. Mis hermanos, por primera vez en su vida, no encontraron palabras.
—¿Un hijo?
repitió mi padre, con voz extrañamente calmada.
— ¿Estás diciendo que estás embarazada?
—Sí, papá.
—¿Y él es el padre?
—Sí.
Mi padre se levantó de la mesa con tal violencia que la silla cayó al suelo. Geovanny se puso en pie inmediatamente, listo para lo que viniera.
—Usted
dijo mi padre, señalándolo con el dedo.
— Usted vino a mi casa, se sienta en mi mesa, y me dice que va a comprometerse con mi hija porque la dejó embarazada.
—Señor, yo...
—¿Sabes lo que es mi hija para mí, Sabes lo que ha sacrificado para llegar hasta donde está, Lo que ha sufrido, Lo que ha llorado?
—Lo sé
respondió Geovanny, con voz firme.
— Y sé que yo fui parte de ese sufrimiento, aunque ella no lo supiera. Pero también sé que puedo ser parte de su felicidad. Si ella me deja.
Mi padre lo miró largamente. Yo contuve la respiración.
—Papá, por favor
dije, levantándome.
—No fue solo culpa suya. Yo también... yo también estuve ahí.
Mi padre nos miró a los dos, evaluando, sopesando. Luego, lentamente, recogió la silla y volvió a sentarse.
—Si la lastimas
dijo con voz baja pero firme.
— no importa cuánto dinero tengas ni qué apellido lleves. Te buscaré y te haré pagar. ¿Entendido?
—Perfectamente, señor.
Mi madre, que había permanecido en silencio, soltó el aire que había estado conteniendo.
—Bueno
dijo, retomando la cuchara.
— ya que estamos todos en la mesa, podemos seguir cenando, ¿no? La sopa se enfría.
Mis hermanos soltaron una risa nerviosa. Yo me dejé caer en la silla, agotada.
Geovanny me buscó la mano bajo la mesa. La apretó suavemente. Yo no la aparté.
El resto de la cena fue un interrogatorio en toda regla.
Mis hermanos, recuperada la chispa, se lanzaron a hacer preguntas sin filtro.
—¿Y es verdad que tu papá es el dueño de una empresa enorme?
—¿Y tienes un hermano que es idiota? Romi nos contó.
—¿Y cómo conociste a Romi, De verdad la viste en la universidad?
—¿Y por qué no le hablaste si te gustaba?
Geovanny respondió a todo con paciencia. Contó lo de la universidad, lo de las clases, lo de observarla desde lejos. Habló de su hermano sin tapujos, admitiendo que era un idiota consentido. Explicó su trabajo, su relación con su padre, su pasión por la empresa.
Mis padres escuchaban en silencio, evaluando cada palabra. Yo los conocía lo suficiente para saber que mi madre ya le había dado un voto de confianza. Mi padre, en cambio, aún reservaba su juicio.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
— quiero que Romina conozca mi vida. Mi casa, mi mundo. Con el tiempo, si ella quiere, podríamos... bueno, podríamos pensar en vivir juntos.
Me sonrojé hasta las orejas.
—No tan rápido
murmuré.
—Todo a su tiempo
corrigió él, con una sonrisa.
— No voy a presionarte. Solo quiero que sepas lo que estoy dispuesto a ofrecer.
La cena terminó entre risas y más preguntas. Mis hermanos estaban fascinados con Geovanny, mi madre claramente encantada, y mi padre, aunque aún reservado, había dejado de mirarlo con hostilidad.
Cuando llegó la hora de dormir, mi madre nos dejó solos en la sala, junto a la chimenea, con la excusa de recoger la cocina.
—Tu familia es increíble
dijo Geovanny, mirando las llamas.
— Cálida, auténtica. Muy diferente a la mía.
—Son lo mejor que tengo
respondí.
Un silencio cómodo se instaló entre nosotros.
—Romina
dijo él, girándose hacia mí.
— ¿Me darás una oportunidad?
Lo miré. Su rostro, iluminado por el fuego, pareía más suave, más vulnerable. El hombre poderoso, el director de operaciones, el heredero de los Valverde, era solo un hombre. Un hombre que me miraba con miedo, con esperanza, con amor.
—Necesito tiempo
dije.
— Tiempo para procesar todo. Para entender lo que siento. Para saber si puedo confiar en ti.
—Lo entiendo
asintió.
— Tomate el tiempo que necesites.
—Pero...
dudé.
—Puedes quedarte. Esta noche. Si quieres.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Segura?
—Mi mamá no te va a dejar salir con esta lluvia. Y no hay hoteles en el pueblo.
Sonrió. Esa sonrisa pequeña, genuina, que iluminaba todo su rostro.
Hablamos durante horas. Junto a la chimenea, con el crepitar del fuego de fondo, nos contamos nuestras vidas. Él me habló de su infancia solitaria, de la muerte de su madre, del abandono de su padre. Yo le hablé de mi pueblo, de mis sueños, de mis inseguridades.
—Siempre odié mi cuerpo
admití, por primera vez en voz alta.
— Las caderas anchas, el busto grande, los kilos de más. Siempre me sentí un mueble, un adorno feo en un mundo de cuerpos perfectos.
Él me tomó la mano.
—Tu cuerpo es perfecto
dijo.
— No a pesar de sus curvas, sino por ellas. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y no es un cumplido, Romina. Es la verdad.
Las lágrimas asomaron a mis ojos.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque es cierto. Porque necesitas escucharlo. Porque alguien debió decírtelo hace mucho tiempo.
Apoyé la cabeza en su hombro, y así nos quedamos, viendo el fuego, sintiendo el calor, compartiendo el silencio.
Cuando el fuego se apagó, cuando el sueño comenzó a vencernos, subimos las escaleras.
Y entonces caímos en la cuenta.
—Solo hay una cama
dije, sonrojándome.
La habitación era pequeña. Mi cama individual apenas daba para una persona. Dos era casi imposible.
—Puedo dormir en el suelo
ofreció Geovanny.
—No. Hace frío. Y ya casi no hay leña para la chimenea.
—Entonces...
—Tendremos que compartirla.
Su mirada se oscureció por un instante, pero luego volvió a la calma.
—Solo dormir
dijo.
— Te lo prometo.
Asentí.
Nos metimos en la cama, cada uno en su lado, pero el espacio era tan reducido que nuestros cuerpos se pegaban inevitablemente. Sentía su calor, su olor, su presencia. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.
—Romina
susurró en la oscuridad.
—¿Sí?
—Gracias. Por dejarme quedarme. Por escucharme. Por darme esta oportunidad.
—No he decidido nada
respondí.
—Lo sé. Pero estás aquí. Y eso es más de lo que merezco.
Me giré hacia él. En la penumbra, sus ojos grises brillaban.
—No digas eso
susurré.
— Mereces ser feliz. Todos merecemos ser felices.
Me miró largamente. Luego, lentamente, como pidiendo permiso, acercó su mano a mi rostro y acarició mi mejilla.
—Eres tan hermosa
murmuró.
Y antes de que pudiera responder, sus labios encontraron los míos.
Fue un beso suave, tierno, diferente a los anteriores. No había urgencia, no había desesperación. Solo promesa. Solo esperanza.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Buenas noches, Romina.
—Buenas noches, Geovanny.
Dormimos pegados, abrazados, compartiendo el calor en esa cama demasiado pequeña.
Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí exactamente donde debía estar.
Continuara...