En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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8
...Alexei Morózov...
El sol de Hawái era un insulto abrasador para mi paciencia. Estaba de pie en el muelle privado de una de nuestras propiedades en Honolulu, observando cómo mis hombres terminaban de asegurar el cargamento de armamento y tecnología que la mafia local había intentado retenernos de forma estúpida. Me había tomado tres días de negociaciones tensas, sangre y un par de ejecuciones estratégicas recordarle a los malditos hawaianos con quién se estaban metiendo. La Bratva de San Petersburgo no negociaba sus rutas; las imponía.
Tenía el cuerpo exhausto y la mente cargada con los asuntos de mi padre, pero mi peor tortura no eran los negocios. Era ella. Habían pasado cuatro días desde la última vez que la vi en la barra de ese club nocturno, cuatro días de silencio absoluto que me estaban carcomiendo las entrañas.
El sonido ensordecedor de mi teléfono satelital rompió el ruido de las olas chocando contra el muelle. Lo saqué del bolsillo del saco con brusquedad. El identificador mostraba el nombre de Nikolai.
—Dime que la encontraste —solté a bocajarro, sin molestarme en saludar. Mi voz sonó como un rugido ronco sobre el Atlántico.
—Tenemos un problema masivo, Alexei —la voz de Nikolai al otro lado de la línea no tenía su habitual tono burlón. Sonaba extrañamente seria, tensa—. Hace diez minutos cayo un correo electrónico directo al servidor de mi oficina. Es de Isabella.
Sentí que el aire se congelaba en mis pulmones a pesar del calor tropical.
—¿Qué dice? —exigi, apretando el aparato con tanta fuerza que el plástico crujió.
—Es una renuncia formal e irrevocable, Alex. Explica que deja la pasantía presidencial de Techno Tecnológik Morózov por motivos de fuerza mayor y problemas familiares graves. No da detalles, no pide liquidación, simplemente da por terminada su relación con la empresa a partir de este momento. Intenté rastrear el origen del correo electrónico, pero la maldita genio usó un servidor proxy encriptado de nivel militar que rebota la señal por la mitad de Europa. Y su celular sigue completamente muerto, ni siquiera da tono.
Un golpe de furia ciega e incontrolable me nubló la vista. Pateé una caja de madera cercana, haciéndola pedazos contra el suelo del muelle. Mis hombres se tensaron a mi alrededor, retrocediendo un paso al notar mi cambio de humor.
—¿Una renuncia? ¡¿Quién carajos se cree que es para renunciar a mi?! —bramé, ignorando por completo el protocolo corporativo—. Nadie se va de mi empresa sin mi autorización, Nikolai. ¡Nadie!
—Cálmate, Alexei. Ella no renunció a ti, renunció a la empresa. Para ella eres solo el gran jefe ausente, acuérdate —me recordó mi mano derecha, intentando meter un rastro de lógica en mi cabeza obsesiva—. Pero hay algo más. Elena me llamó llorando hace media hora. Recibió un mensaje de texto de despedida de un número virtual. Isabella le dijo que la amaba, que cuidara de su carrera, que no la buscara y que borrara su rastro. Después de eso, eliminó todas sus redes sociales. Se borró del mapa, Alex. Se esta esfumando.
—No va a ir a ningún lado —sentencié con una frialdad asesina, recuperando el control de mis emociones y transformándome en el depredador que mi padre había entrenado—. Nikolai, quiero que entres de inmediato al sistema financiero central del banco de la corporación. Hace unos días se le depositó su primer sueldo de la semana, rastrea la cuenta bancaria de destino, verifica si hubo movimientos, transferencias o retiros en cajeros automáticos. Si movió un solo rublo, quiero saber en qué coordenadas geográficas se hizo la transacción.
—Ya estoy en eso, hermano. Pero te sugiero que te subas al jet ahora mismo. El ambiente aquí abajo se está poniendo muy extraño —añadió antes de colgar.
No me lo tuvieron que decir dos veces. Dejé a mi segundo al mando a cargo de los flecos sueltos de Hawái, subí a la camioneta blindada directo al aeropuerto internacional y ordené a los pilotos despegar de inmediato. Pasé las siguientes doce horas de vuelo encerrado en el camarote privado del jet, consumiendo botellas de whisky premium y clavando la vista en la pantalla de mi laptop, esperando un reporte que no llegaba. La sola idea de que Isabella estuviera escapando de mí, huyendo a un lugar donde mis ojos no pudieran vigilarla, me provocaba una náusea de pura posesividad. Ella era mía desde el instante en que sus ojos verdes y dorados me desafiaron en aquella fotografía, y la Bratva nunca perdía lo que le pertenecía.
El jet aterrizó en la pista privada de San Petersburgo bajo un cielo gris, encapotado y lluvioso que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo. Nikolai ya me esperaba al pie de la pista con el Audi R8 encendido.
Me deslicé en el asiento del copiloto, azotando la puerta.
—¿Qué encontraste de las cuentas bancarias? —le exigi mientras él aceleraba a fondo, quemando llantas sobre el pavimento mojado.
—Hizo un movimiento el lunes por la mañana —me informó Nikolai, maniobrando el auto con destreza entre el tráfico—. Transfirió todo el sueldo de Morózov y sus ahorros personales a una cuenta de ahorros secundaria que estaba totalmente en ceros. Lo extraño es que esa cuenta pertenece a una sucursal de Moscú, no de aquí. Pero no ha habido retiros físicos en efectivo ni compras con tarjeta desde entonces. Es como si hubiera congelado el dinero.
—Moscú... —susurré, saboreando la palabra como un veneno.
—Alexei, hay algo más que deberías ver tú mismo. Elena me dio la dirección exacta del departamento de Isabella en el distrito residencial bajo. Fuimos a investigar hace unas horas —Nikolai me miró de reojo por un segundo, perdiendo toda la diversión de su rostro—. Tienes que ir allí.
—Conduce rápido —le ordene, clavando las uñas en el tablero de cuero del auto.
Veinte minutos después, el Audi se detuvo frente a un edificio de departamentos de ladrillo visto, de clase media, un lugar humilde pero limpio que contrastaba salvajemente con el lujo de mi ático. Bajé del auto sin importarme la llovizna que empapaba mi traje de tres piezas oscuro y caminé a paso firme hacia la entrada del complejo.
Subimos las escaleras hasta el tercer piso. Nikolai se detuvo frente a la puerta marcada con el número 34 y se hizo a un lado, permitiéndome ver el panorama completo.
El corazón se me detuvo un milisegundo antes de empezar a latir con una furia descontrolada.
Colgado firmemente sobre la madera de la puerta, un enorme letrero acrílico de una agencia de bienes raíces local destacaba con letras rojas y crueles: "SE VENDE".
Di un paso al frente y tomé la perilla de metal, girándola con brusquedad. La puerta cedió con un chirrido que resonó hueco en el pasillo. Al entrar al departamento, el vacío me golpeó el rostro como una bofetada. No había muebles, no había cuadros en las paredes, no estaba ese aroma a vainilla y café que de alguna manera había imaginado que tendría su hogar. Las habitaciones estaban completamente desiertas, despojadas de cualquier rastro de vida humana. Solo quedaban un par de cajas de cartón rotas y polvo acumulado en las esquinas.
Ella no solo habia faltado al trabajo. Ella se había desprendido de su vida entera. Había empacado su existencia en un par de maletas y se había marchado, borrando sus huellas como si Techno Tecnológik Morózov, San Petersburgo y, sobre todo, yo... jamás hubiéramos existido.
Apreté los puños dentro de los bolsillos del saco, sintiendo cómo la sangre me hervía a una temperatura tan alta que amenazaba con hacerme perder los estribos por completo. Una furia ciega, territorial y absolutamente posesiva se apoderó de mi cuerpo. Me giré despacio hacia Nikolai, que me observaba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión sombría.
—Quiero que movilices a toda la red de informantes de la Bratva en la capital —le ordené, y mi voz ya no era humana; era la de un monstruo sediento de sangre—. Compra a los directores de las aerolíneas, pincha los registros de las estaciones de tren de alta velocidad, pon a nuestros hombres a revisar las cámaras de seguridad de los peajes de las autopistas hacia el este. No me importa cuántos millones de rublos tengamos que gastar, Nikolai. No me importa a quién tengamos que extorsionar o qué cabezas tengamos que rodar para conseguir la información.
Me acerqué a la ventana vacía del departamento, contemplando la lluvia de San Petersburgo, visualizando esos ojos verdes con motas doradas que me pertenecían por derecho de caza.
—Isabella Conti cree que puede desaparecer de mi mundo y dejarme atrás con un maldito correo electrónico —siseé, rompiendo el silencio del lugar desierto—. Pero va a aprender que nadie se esconde del diablo. Encuéntrala, Nikolai. Porque si no la traes de vuelta a mi presencia pronto, juro por la memoria de mi familia que voy a quemar toda Rusia hasta que mi rosa vuelva a estar bajo mi control.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro