Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 18: El primer encuentro con papá
El trayecto en el automóvil de Demian hacia la casa familiar de los Novak estuvo sumergido en una atmósfera de absoluta expectación. El motor del lujoso vehículo negro rugía con suavidad mientras avanzaba por las calles residenciales de la ciudad. Maya mantenía la vista fija en la ventanilla, con las manos entrelazadas con tanta fuerza sobre sus piernas que los nudillos se le habían puesto completamente blancos. Tenía los nervios de punta, un torbellino de emociones encontradas que le oprimía el pecho. Por un lado, la abrumadora revelación de la nota cambiada le había quitado un peso colosal de encima; por el otro, el terror de cómo reaccionaría su pequeña Cielo ante la imponente figura de un desconocido la mantenía en vilo.
A su lado, Demian conducía con una seriedad imponente. Sus manos grandes se aferraban al volante de cuero con firmeza, y sus ojos miel, fijos en el camino, destilaban una mezcla de ansiedad contenida y una determinación inquebrantable. A sus treinta y tres años, el poderoso magnate que jamás había titubeado ante las negociaciones más agresivas del mercado internacional sentía, por primera vez en su vida, el verdadero peso de la vulnerabilidad. Iba a conocer a su hija. A la pequeña Demian que el destino le había ocultado durante tres largos años.
Cuando el automóvil se detuvo frente a la reja de la vieja y elegante casa del abuelo Walter, Maya respiró hondo, intentando estabilizar el aire en sus pulmones.
—Demian... por favor, ve despacio —le pidió en un susurro, mirándolo con un ruego genuino en sus ojos castaños—. Cielo es muy pequeña. No está acostumbrada a ver a hombres tan altos o intimidantes en la casa. No quiero que se asuste.
Demian apagó el motor, se giró hacia ella y la miró con una ternura tosca pero infinita. Estiró la mano y cubrió los dedos temblorosos de Maya, dándoles un apretón reconfortante.
—Tranquila, mi niña —respondió con su voz grave y pausada, desprovista de cualquier matiz de frialdad corporativa—. Sé perfectamente que tengo que ganarme mi lugar. Iré con cuidado.
Caminaron juntos hacia la entrada principal. Maya introdujo la llave en la cerradura con una torpeza delatadora y empujó la pesada puerta de madera. El interior de la casa los recibió con esa calidez de siempre, inundado con el aroma a madera encerada y manzanilla que tanto caracterizaba el refugio del abuelo Walter.
Desde la sala de estar se escuchaba el suave murmullo de los juguetes infantiles. Maya avanzó con paso lento, siendo seguida de cerca por la imponente silueta de Demian, quien se desabrochó los botones de la chaqueta oscura de su traje para adoptar una postura menos rígida.
Sentada sobre una alfombra de felpa en el centro de la sala, la pequeña Cielo jugaba a apilar unos bloques de madera de colores. Llevaba su cabello castaño alborotado en pequeños rizos y un mameluco rosa pálido. Al escuchar los pasos, la niña de dos años dejó caer el bloque que sostenía en su manito regordeta y levantó la carita con la curiosidad innata de su edad.
Maya contuvo el aliento, preparándose para interponerse si su hija comenzaba a llorar ante la presencia del imponente extraño. Sin embargo, en ese preciso instante, ocurrió la magia.
La pequeña Cielo no se encogió, ni buscó refugio, ni derramó una sola lágrima. Clavó sus enormes, brillantes y feroces ojos color miel directamente en el rostro de Demian. El hombre se quedó completamente petrificado a mitad de la habitación, con la respiración suspendida en el pecho, mirando el reflejo exacto de sus propias pupilas en la tierna mirada de la criatura. Hubo una conexión silenciosa, un lazo invisible y primitivo que pareció activarse entre la sangre de ambos en una fracción de segundo.
Cielo esbozó una sonrisa enorme, desdentada y radiante. Reconociendo instintivamente la calidez y el magnetismo del hombre que llevaba su misma esencia, la bebé dejó los juguetes a un lado, se puso de pie con cierta torpeza gateando un par de pasos, y estiró sus bracitos hacia el frente, balbuceando con una alegría desbordante.
—¡Da-da! —soltó la pequeña con su vocecita clara, tirándose prácticamente hacia adelante en un ruego evidente para que aquel gigante la sostuviera en el aire.
A Demian se le desmoronó toda la armadura de hierro en un milisegundo. Sus ojos miel se humedecieron por completo, perdiendo cualquier rastro de la altivez que lo definía en el mundo de los negocios. Sin pensarlo dos veces, el poderoso CEO se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, sin importarle arruinar la tela de su costoso pantalón italiano, y extendió sus manos grandes para atrapar el pequeño cuerpo de su hija.
La alzó con una delicadeza extrema, como si estuviera sosteniendo el tesoro más frágil y valioso de todo el universo. Pegó a la pequeña Cielo contra su pecho ancho, y la niña, lejos de asustarse por la firmeza de su agarre, enredó sus manitos regordetas en el cuello de la camisa de Demian, escondiendo su carita en el hueco de su hombro mientras soltaba una risita feliz.
Demian cerró los ojos, aspirando el aroma puro a bebé, a lavanda y a hogar que emanaba de su hija. Sintiéndose completo por primera vez en treinta y tres años, el hombre la apretó contra sí, experimentando una oleada de amor infinito, salvaje y devastador que le ensanchó el corazón hasta el punto del dolor. Era padre. Esa criatura perfecta que reía entre sus brazos llevaba su sangre, su mirada y su destino.
Maya observó la escena desde el umbral, tapándose la boca con una mano mientras las lágrimas de una felicidad pura y largamente postergada rodaban libremente por sus mejillas. El miedo a la pérdida se había disipado por completo; ver a Demian arrodillado en la alfombra, entregado por completo a la adoración de su hija, le demostró que el destino, a pesar de los años de dolor y los sabotajes del pasado, finalmente estaba acomodando las piezas en su lugar.