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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 9: El salto a las trincheras

Viajar a 1916 no fue como los otros saltos. No hubo vértigo, ni destellos, ni grietas evidentes. Fue más bien como deslizarse por un túnel de barro y sangre, sintiendo en la piel la humedad de la tierra francesa y en los oídos el eco lejano de las explosiones.

Las tres viajaron juntas, agarradas de las manos en un círculo apretado. La piloto sostenía el reloj sin manecillas. Valentina sostenía el espejo roto. Clara enfermera sostenía el cuaderno de Nora, aunque ya no sabían si les serviría de algo.

Cuando abrieron los ojos, estaban en una trinchera.

El olor fue lo primero que golpeó a Valentina. No era sólo olor a muerte. Era olor a miedo acumulado, a lluvia podrida, a vendas sucias y a pólvora seca. La trinchera era angosta, con paredes de barro reforzadas con maderas astilladas. Sobre ellas, el cielo gris amenazaba con una tormenta que nunca terminaba de caer.

—Esto es peor que Londres —dijo la piloto en voz baja. Había visto guerra, pero la Primera Guerra Mundial tenía una crueldad más primitiva, más personal.

Clara enfermera se agarró el estómago. Los recuerdos de su propio incendio se mezclaban ahora con los ecos de aquella trinchera, como si el tiempo estuviera solapando sus traumas.

—¿Dónde está? —preguntó—. ¿Dónde está la mujer que vimos en el espejo?

Valentina cerró los ojos. Intentó sentir la presencia que había percibido a través del vidrio roto. No era una presencia física. Era una ausencia muy pesada, como un hoyo negro en medio del tiempo.

—Hacia allá —dijo, señalando el final de la trinchera, donde el barro se volvía más oscuro y las maderas parecían más viejas.

Caminaron despacio. La piloto ibr adelante, con el bisturí en la mano (aunque sabía que no serviría contra lo que iban a encontrar). Clara enfermera en el medio, protegiendo el cuaderno. Valentina atrás, mirando el espejo roto para asegurarse de que aún funcionaba.

La trinchera se volvía más estrecha a cada paso. Las paredes de barro empezaron a mostrar algo que ninguna esperaba: nombres. Escritos con los dedos, con uñas, con piedras afiladas. Decenas de nombres. Cientos. Y entre ellos, reconocieron algunos: Marta, Sofía, Jimena, Lucía, Nora, Clara, Valentina.

—Son todas nosotras —susurró Clara enfermera—. Todas las versiones que existieron.

—O las que van a existir —dijo la piloto—. El tiempo acá no es lineal. Es circular. Los nombres ya estaban antes de que naciéramos.

Llegaron al final de la trinchera. Allí no había barro ni maderas. Había una puerta. Una puerta de madera negra, con una manija de bronce oxidado, clavada en medio de la tierra como si alguien la hubiera plantado allí hacía siglos.

—Esto no debería estar acá —dijo la piloto—. Las trincheras de la Primera Guerra Mundial no tenían puertas.

—Esta no es una puerta real —respondió Valentina, tocando la madera con la punta de los dedos—. Es una grieta. La más antigua. La original.

Del otro lado de la puerta, alguien empezó a llorar.

No era un llanto humano del todo. Tenía capas, como si muchas mujeres lloraran al unísono desde distintas épocas. Valentina reconoció en ese llanto la voz de su abuela Lucía. Clara enfermera reconoció la de la niña que no pudo salvar. La piloto reconoció la de los soldados que dejó atrás.

—No abras —dijo Clara enfermera, retrocediendo.

—Tenemos que abrir —respondió la piloto, aunque sus manos temblaban.

Valentina no esperó. Agarró la manija de bronce y giró. La puerta se abrió hacia adentro, hacia un espacio que no era la trinchera ni el entre ni ningún lugar conocido. Era una habitación pequeña, de paredes blancas, con una única ventana que daba a todas las épocas al mismo tiempo: se veían dinosaurios, pirámides, castillos, rascacielos en llamas y océanos congelados.

En el centro de la habitación, sentada en una silla de madera, estaba ella.

La mujer de negro.

No llevaba uniforme de guerra ni bata de enfermera ni ropa moderna. Vestía un vestido negro, antiguo, como de finales del siglo XIX. Su cara era la misma que la de ellas —los mismos ojos verdes, los mismos pómulos altos— pero consumida. Las mejillas hundidas, los labios agrietados, el cabello largo y enmarañado cayendo sobre sus hombros como una mortaja.

—Por fin —dijo la mujer, con una voz que era todas sus voces al mismo tiempo—. Hace un siglo que las espero.

—¿Un siglo? —preguntó Valentina—. Para nosotras pasaron apenas horas.

La mujer sonrió. Tenía los dientes manchados de algo oscuro.

—Acá el tiempo no pasa. Me pudro. Año tras año, década tras década, siglo tras siglo. Vi caer imperios, nacer estrellas, morir lenguas enteras. Y todo el tiempo, sabía que ustedes vendrían. Tenían que venir. Porque yo las llamé.

—¿Vos escribiste el mapa? —preguntó la piloto, con el bisturí bien firme.

—Yo sembré las grietas. Yo provoqué el incendio del 87. Yo susurré al oído del piloto que lanzara la bomba sobre Londres. Todo, absolutamente todo, fue para que ustedes tres existieran. Para que llegaran hasta acá. Para que me liberaran.

—¿Liberarte de qué? —preguntó Clara enfermera.

La mujer de negro se levantó de la silla. Medía lo mismo que ellas, pero parecía más grande, como si su desesperación le hubiera sumado centímetros.

—De este cuerpo —dijo—. De esta versión. Quiero saltar. Quiero viajar a otro tiempo, a otro cuerpo, como hacen ustedes. Pero no puedo. Quedé atrapada en 1916, en el momento exacto en que abrí la primera grieta. Y desde entonces, sólo puedo observar. No puedo moverme. No puedo vivir. Sólo pudrirme.

—¿Y si te liberamos, qué pasa con las grietas? —preguntó Valentina.

La mujer de negro rió. Su risa era igual a la de Nora en el entre: quebrada, múltiple, insoportable.

—Las grietas se cierran. El tiempo se sana. Y ustedes tres dejan de ser viajeras. Vuelven a ser mujeres normales. ¿No quieren eso?

Silencio. Valentina miró a la piloto. La piloto miró a Clara enfermera. Había algo en las palabras de la mujer de negro que sonaba verdadero. Pero también había algo falso. Algo que Nora les había advertido.

—Nora dijo que no te liberáramos —dijo Valentina—. Dijo que vos eras la que alimentaba el dolor. Que las viajeras te servían.

La cara de la mujer de negro se contrajo. Por un segundo, perdió la máscara de calma. Debajo, había algo animal. Algo que llevaba siglos de hambre.

—Nora está loca —dijo, escupiendo las palabras—. El entre la volvió loca. No le crean.

—Si estás tan desesperada por salir —intervino la piloto—, ¿por qué no pediste ayuda antes? ¿Por qué esperar un siglo?

—Porque —dijo la mujer de negro, y su voz se volvió un susurro— nadie podía verme. Nadie podía escucharme. Hasta que ustedes tres aprendieron a viajar juntas. Hasta que su dolor se sincronizó. Ustedes son mi única salida.

Valentina sintió el espejo roto calentarse en su bolsillo. Lo sacó. Miró. Y lo que vio la dejó sin aliento.

El espejo no mostraba la habitación blanca ni a la mujer de negro. Mostraba algo muy distinto: una versión de ella misma, en el futuro, con canas y arrugas, sentada sola en una habitación idéntica a aquella. Con un vestido negro.

—Si la liberamos —susurró Valentina—, nosotras tres vamos a terminar en su lugar. Alguien tiene que quedar atrapado acá. Eso es lo que Nora no pudo decirnos.

La mujer de negro dejó de sonreír.

—¿Y qué importa? —preguntó—. Ustedes son jóvenes. Yo llevo siglos. ¿No merezco descansar?

—No —dijo Valentina, apretando el espejo—. No a costa de nosotras.

La mujer de negro alzó la mano. Y la puerta detrás de ellas se cerró de golpe.

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