Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 16.
El pasillo del subsuelo del *Black Falcon* olía a humedad, tabaco caro y secretos guardados bajo llave. Aprovechando una distracción que Julia provocó al fingir que se le caía su copa de *Dom Pérignon Rose* cerca de los guardias, Ethan logró deslizarse por la puerta lateral usando la tarjeta magnética de alta seguridad.
Julia entró detrás de él en un movimiento limpio, cerrando la puerta con el pestillo. Estaban en una oficina privada de paredes blindadas, iluminada únicamente por la luz azulada de una terminal de computación conectada directamente a la red central del club.
—Tienes exactamente dos minutos antes de que noten que los gorilas de la entrada recuperaron el sentido común —susurró Julia, con la espalda apoyada contra la madera de la puerta, vigilando el pasillo.
Ethan no perdió un segundo. Se sentó frente a la terminal y deslizó la tarjeta negra por el lector magnético integrado en el teclado. La pantalla parpadeó, exigiendo un código de acceso maestro, pero el número de serie *009-VIP* saltó las defensas iniciales. Sus dedos volaron sobre el teclado con una destreza gélida, abriendo las carpetas encriptadas de los antiguos registros del clan Novak.
—Vamos, maldita sea... dame el nombre —gruñió Ethan, con la mandíbula apretada.
La barra de carga llegó al cien por ciento y un archivo de máxima prioridad se abrió en la pantalla. Había una fotografía digital de una mujer de facciones afiladas y ojos oscuros, idénticos a los de Mia. Al lado de la imagen, los datos del sistema arrojaron la verdad que el club había intentado borrar: *Elena Novak*.
Pero lo peor no era el nombre. Debajo del perfil, una serie de notas internas del sistema revelaban la cruda realidad: Elena era una mujer conectada directamente con los altos mandos de una peligrosa red mafiosa vinculada al club, la misma organización criminal que la había traicionado y perseguido tras una ruptura interna del sindicato. Ella no había abandonado a su bebé por irresponsabilidad; había huido de una ejecución inminente, usando la tarjeta del club para dejar una última pista en la canasta de mimbre de Ethan.
De repente, una luz roja comenzó a parpadear con violencia en la esquina superior de la pantalla. Un pitido agudo y ensordecedor retumbó en las paredes de la oficina.
*¡ALERTA DE SEGURIDAD. ACCESO NO AUTORIZADO EN LA TERMINAL 04. CIERRE DE PERÍMETRO ACTIVADO!*
—¡Ethan, nos descubrieron! —exclamó Julia, despegándose de la puerta al escuchar los pasos pesados y los gritos de los guardias corriendo por el pasillo.
Ethan arrancó la tarjeta magnética del lector, apagando la pantalla de un golpe. Su faceta de alfa protector tomó el control absoluto de su cuerpo en una fracción de segundo. Se puso de pie de un salto, rodeó el escritorio y, sin pedir permiso, tomó a Julia firmemente de la mano. Sus dedos se entrelazaron con una fuerza implacable que no admitía réplicas.
—Quédate detrás de mí y no te sueltes —ordenó Ethan, con una voz gélida y letal que Julia nunca le había escuchado.
La puerta de la oficina se abrió de golpe, revelando a dos guardias armados de dos metros de altura. Ethan no esperó a que levantaran las armas. Avanzó como un toro, usando su propio peso para taclear al primero directo contra la pared de concreto. El sonido del impacto fue seco. El segundo guardia intentó sujetar a Julia, pero Ethan giró sobre su propio eje, conectando un puñetazo limpio en la mandíbula del hombre que lo mandó directo al suelo, inconsciente.
—¡Corre! —bramó Ethan.
Sujetando a Julia de la mano, la arrastró por el pasillo de emergencia, esquivando las luces rojas de la alarma que teñían el club de un ambiente dantesco. Salieron por la puerta de servicio del callejón trasero justo cuando tres autos negros de seguridad encendían sus motores para cortarles el paso.
El coche deportivo de Ethan esperaba en la esquina, rugiendo como un depredador enjaulado. Ethan abrió la puerta del copiloto, empujó a Julia hacia adentro con firmeza y rodeó el capó en dos zancadas. Entró al asiento del conductor, encajó la llave y pisó el acelerador a fondo antes de cerrar su propia puerta.
Los neumáticos rechinaron contra el asfalto mojado, dejando una nube de humo atrás mientras el deportivo salía disparado hacia la avenida principal. Los autos de la seguridad del *Black Falcon* los seguían de cerca, intentando acorralarlos contra el tráfico nocturno.
Fue una persecución de adrenalina pura. Ethan manejaba con una precisión milimétrica, cortando las curvas con derrapes calculados y metiendo el auto entre los espacios más estrechos de la autopista. Julia se aferraba al tablero, con los ojos muy abiertos, pero sin emitir un solo grito de pánico; su confianza en el hombre que sostenía el volante era absoluta. Con una última maniobra agresiva, Ethan frenó de golpe antes de un puente, dio un giro de ciento ochenta grados y se metió por un túnel secundario de la zona industrial, perdiendo definitivamente a sus perseguidores en la oscuridad de la noche.
...
Veinte minutos después, el coche deportivo entró al estacionamiento privado del edificio. El ascensor subió al penthouse en un silencio sepulcral, roto únicamente por el sonido de sus respiraciones agitadas.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la sala de estar, la fortaleza seguía intacta. Marcus se acercó de inmediato, pero Ethan levantó una mano, deteniéndolo.
—Estamos bien, Marcus. La niña está a salvo —dijo Ethan con voz ronca—. Duplica las guardias de la entrada. Mañana procesaremos la información. Déjanos solos.
Marcus asintió y se retiró con sus hombres hacia el perímetro exterior, dejando el penthouse en una penumbra silenciosa, iluminada solo por las luces de la ciudad a través de los enormes ventanales.
Julia caminó hacia la isla de la cocina, dejándose caer contra el mármol. El vestido de noche de seda negra estaba ligeramente desarreglado y su respiración seguía siendo un caos de jadeos cortos. Tenía el corazón a mil por hora, la adrenalina quemándole las venas tras haber escapado de una red mafiosa a toda velocidad.
Ethan se acercó a ella con pasos lentos y decididos. Se quitó el saco del traje y lo dejó caer al suelo sin importarle el valor de la prenda. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Su camisa negra tenía los primeros botones desabrochados y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad salvaje que Julia nunca había visto en las oficinas corporativas.
—Estás loca —dijo Ethan, con la voz baja, áspera, cargada de una vibración peligrosa—. Pudiste haber muerto allá adentro. Te dije que te quedaras.
Julia levantó la vista, clavando sus ojos en los de él. La distancia entre ambos desapareció. La adrenalina de la huida se transformó en un segundo exacto en una tensión romántica incontrolable, un magnetismo animal que se venía acumulando desde el primer día que se gritaron en esa misma sala.
—No iba a dejarte solo, Ethan —respondió ella, ignorando por completo el "señor Vance" y dando un paso al frente que pegó su cuerpo al de él—. Además... alguien tenía que asegurarse de que el gran CEO no arruinara su traje de diseñador.
Ethan soltó un gruñido bajo. La audacia de Julia, su valentía bajo el fuego y la forma en que el vestido de seda se amoldaba a sus curvas terminaron de romper el último rastro de su dañado autocontrol. Estiró sus manos grandes y atrapó la cintura de Julia con una posesividad feroz, atrayéndola contra su pecho con una fuerza que le robó el aliento.
Julia soltó un leve suspiro y dejó caer sus manos sobre los hombros de Ethan, enredando sus dedos en la tela de su camisa. Las respiraciones de ambos se mezclaron, calientes y aceleradas, en el espacio mínimo que quedaba entre sus rostros. Ethan bajó la mirada fijamente hacia sus labios pintados de rojo intenso, que se abrieron ligeramente ante la anticipación del impacto. La distancia se redujo a milímetros, el aire alrededor parecía quemar y el penthouse quedó en un silencio absoluto justo cuando los labios de Ethan comenzaron a rozar los de ella...