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La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:217
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

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Capítulo 11

—Un poco, pero estoy bien.

Camila negó despacio; la incomodidad empezaba a ganarle. Ella nunca le había pedido a Santiago que hiciera todo eso. Jamás habría imaginado que ese hombre recorrería semejante distancia solo para estar a su lado en un momento así.

—Deberías irte a descansar —le dijo en voz baja—. Un viaje tan largo tiene que ser agotador. No quiero que…

Santiago la observó con una expresión de franca incredulidad, el ceño fruncido.

—¿Por qué siempre piensas primero en los demás, Camila? —le preguntó con suavidad, pero en serio—. ¿Por qué nunca piensas en ti?

Camila esbozó una sonrisa pequeña, una sonrisa que se notaba forzada.

—Estoy bien —respondió con rapidez—. Ya me tranquilicé. No tienes por qué preocuparte.

Era mentira. Pero Camila estaba demasiado agotada para ser honesta. Le daba demasiado miedo que, si abría aunque fuera una rendija, todo volviera a derrumbarse. Y no quería que Santiago la viera destrozada por segunda vez.

—Vete a descansar, Santiago —insistió, esforzándose por sonar firme—. Acabas de llegar. Y yo puedo arreglármelas sola.

Santiago iba a negarse, y Camila lo sabía. Sabía que él no aceptaría. Que no la dejaría así como así. De modo que, antes de que pudiera decir nada, ella retrocedió un paso.

—Tengo que volver a Urgencias —soltó de prisa—. Mi papá está solo ahí.

Alzó el rostro y lo miró con una sonrisa tenue, frágil.

—Gracias por venir —murmuró.

Y antes de que Santiago pudiera detenerla, antes de que alcanzara a pronunciar palabra, Camila se alejó. Sus pasos eran rápidos. Demasiado rápidos para alguien que acababa de asegurar que estaba bien. Los hombros, tensos. La espalda, recta, como si se obligara a mantenerse erguida aunque su mundo interior estuviera a punto de venirse abajo.

Santiago se quedó inmóvil en su sitio. Contempló la espalda de Camila mientras se perdía pasillo adelante. Tenía un torrente de cosas que decirle. Un cúmulo de palabras atoradas en la garganta. Pero no logró pronunciar ninguna, porque Camila siempre levantaba entre los dos una distancia tajante.

El pecho le pesaba. Había en él una sensación de derrota. No porque Camila le hubiera pedido que se fuera, sino por la muralla que ella construía —fría y categórica— cuando su propio corazón se estaba haciendo pedazos. Santiago soltó un largo suspiro, intentando dominar lo que sentía.

—Señor.

Santiago giró levemente la cabeza. Omar se hallaba a poca distancia; había observado todo en silencio: cada palabra, cada gesto, cada cambio de expresión en el rostro de su patrón.

—¿Regresamos al hotel? —preguntó al fin. El tono cortés, pero era evidente que estaba calibrando el ánimo inestable de Santiago.

Santiago no contestó enseguida. Seguía con la mirada clavada en el pasillo de Urgencias, donde Camila había desaparecido. Como si mirar más tiempo en esa dirección pudiera traerla de vuelta. Arrancarla de las gruesas paredes que ella misma levantaba.

—¿Tú crees que puedo irme así nada más? —dijo en voz apenas audible, y Omar guardó silencio. Ya conocía la respuesta.

—La oíste tú mismo —prosiguió Santiago; la voz se le iba endureciendo—. Dijo que estaba bien. Que podía con todo ella sola. —Soltó una risa corta. Una risa sin un ápice de humor—. Cuando es obvio que por dentro se está cayendo a pedazos.

El puño de Santiago se fue cerrando lentamente. Los músculos de la mandíbula se le tensaron. Algo le hervía en el pecho —rabia, frustración, impotencia—, todo revuelto, reclamando una salida. Sin aviso, descargó el puño.

¡Pum!

El golpe retumbó contra la pared del hospital. El impacto sonó lo bastante fuerte para que varias personas alrededor voltearan, sobresaltadas. Al ver lo que su patrón acababa de hacer, Omar se acercó de inmediato.

—¡Señor! —exclamó, alarmado—. Su mano…

Santiago no la retiró. Dejó los nudillos pegados a la pared fría, como si el dolor que sentía fuera lo único capaz de distraerlo del caos que le estallaba por dentro.

—No lo soporto, Omar —dijo al fin. La voz baja y temblorosa—. No puedo soportarlo.

Omar calló. Rara vez —casi nunca— había visto a su patrón en un estado así. Durante años a su lado, había conocido a Santiago como un hombre sereno, controlado, que casi jamás dejaba traslucir lo que sentía delante de nadie. Pero ahora estaba presenciando una faceta completamente distinta.

—Verla sufrir de esa manera —continuó Santiago—. Verla tragarse las lágrimas, fingir que puede con todo, cargar sola con cada cosa… y yo aquí parado sin poder hacer nada. —Despegó la mano de la pared. La piel de los nudillos se le estaba enrojeciendo; tenía un par de raspaduras—. No crucé medio mundo desde El Cairo solo para oírla decir "estoy bien" y que me mande de regreso.

Omar tragó saliva en silencio.

—Camila no está sola —siguió Santiago, la voz cada vez más cargada de emoción—. No debería estarlo nunca. —Se volvió hacia Omar por completo. La mirada afilada, rebosante de una determinación que estremecía—. Quiero ser el único hombre con el que ella pueda contar ahora —declaró—. En un momento como este. Cuando su mundo se desploma. Quiero que sepa que voy a estar siempre para ella. Siempre.

Aquellas palabras dejaron a Omar en silencio un buen rato. Veía algo distinto en los ojos de su patrón. No era simple atracción. No era mera preocupación. Era un amor hondo, maduro, dispuesto a soportar lo que fuera, incluso rechazo tras rechazo.

—Señor —dijo Omar al cabo, con voz serena—, una mujer como la señorita Camila no es que no quiera compañía. Pero está tratando de resistir a su manera. —Santiago frunció el ceño—. Ella pone distancia no porque no lo necesite a usted —prosiguió Omar—, sino porque le da miedo apoyarse en alguien y que ese alguien desaparezca, como ya le hizo otra persona.

Las palabras impactaron a Santiago con suavidad, pero dieron justo en el blanco.

—En una situación como esta —agregó Omar—, lo que ella necesita no es presión, sino tiempo y paciencia.

Santiago dejó escapar un suspiro pesado. Los hombros se le aflojaron un poco, como si la carga que llevaba de pronto se hubiera multiplicado.

—Lo sé —admitió en un murmullo—. Pero esperar mientras ella se rompe sola… eso me mata.

Omar asintió despacio.

—Por eso mismo —dijo, tratando de calmarlo—, usted también necesita cuidarse. Volver al hotel, descansar un poco. Acaba de hacer un viaje larguísimo. Su estado…

—No me voy a ir.

La respuesta llegó rápida, tajante, sin un asomo de duda, y Omar volvió a quedarse en silencio.

—No voy a dejar que Camila pase por esto sola —continuó Santiago—. Aunque ella no quiera que esté a su lado, me voy a quedar aquí. Mientras pueda verla, mientras pueda asegurarme de que está bien aunque sea de lejos, con eso me basta.

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