Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 18 EL SABOR DE LA DETERMINACIÓN
Subí las escaleras de mi departamento con las piernas que me pesaban como si fueran de plomo, cada paso resonando en el silencio del edificio. Al girar la llave y empujar la puerta, no encendí la luz: me dejé caer directamente sobre la cama, sin quitarme los zapatos al principio, hasta que el agotamiento y la tensión que había contenido todo el día se desbordaron de golpe.
Me abracé a la almohada y empecé a llorar, en silencio al principio, luego con sollozos que me sacudían todo el cuerpo. Mientras me quitaba la ropa, buscaba entre mis archivos el audio que mi hermana Rosa me había mandado hacía meses, antes de que la enfermedad la dejara casi sin voz. Al darle al play, su tono suave llenó la habitación, y hundí la cara en la tela para no romperme del todo.
—“Camila, mi vida… no dejes que nadie te quite las ganas de hacer lo que amas. La cocina no es solo harina y fuego: es el cariño que le pones, es la historia que cuentas en cada plato. No te rindas, ¿sí? Yo estaré siempre probando tus comidas, desde donde esté…”
Las lágrimas me nublaron la vista hasta que no pude ver nada.
—¿En qué momento dejé de disfrutar esto, hermana? —susurré entre el llanto—. Perdóname… aquí estoy tan flaquita, tan rota, y apenas puedo tragar ni yo misma. Todo me sale mal…
Llevaba unos minutos así, con el pecho dolorido y la garganta cerrada, cuando el teléfono volvió a sonar con fuerza. Me sequé las mejillas de un manotazo, pasé la mano por el pelo para arreglármelo lo mejor que pude y acepté la videollamada. En la pantalla aparecieron las caras cansadas pero cariñosas de mis papás.
—¡Hola, mi amor! —dijo mamá, con la voz temblorosa de la alegría—. ¿Qué haces despierta tan tarde? ¿Cómo estás?
—Muy bien, papá, mamá —respondí, esforzándome por sonar tranquila mientras me acomodaba contra la cabecera—. Solo acabo de llegar de trabajar.
Papá me miró con atención, entrecerrando los ojos mientras acariciaba la barba canosa.
—Te ves más delgada, hija —señaló con suavidad—. Se te nota la cara más afilada, las ojeras te llegan hasta la barbilla. ¿Estás comiendo bien?
—Es solo el trabajo y el estrés, nada más —le resté importancia, sonriendo a medias—. Hoy empecé con un nuevo empleo: cocino para el hombre más rico y arrogante que he conocido en mi vida. Se llama Emiliano Fierro.
Papá frunció el ceño de inmediato, y mamá se llevó la mano a la boca.
—¡Ten mucho cuidado, mi niña! —exclamó él—. Esos hombres, con tanto dinero y tanto poder… suelen llevar vidas muy complicadas, problemas de los que no te conviene acercarte. No te confíes, ¿entendido?
—No te preocupes, papá —le dije, con una risa ligera—. Yo solo entro a la cocina, preparo lo que tiene que comer y me voy. No me meto en nada más. Y paga muy bien: treinta mil a la semana. Es más de lo que ganaba en el restaurante en un mes entero.
Papá soltó una carcajada, y mamá sonrió al fin, aunque seguía mirándome con desconfianza.
—¡Qué alegría, hija! Eso sí que es una buena noticia —dijo él—. ¿Y qué pasó con tu trabajo en el restaurante del centro? ¿Te despidieron?
—No exactamente —expliqué—. Su secretario habló con los dueños: pidió que dejara mi puesto porque necesitaban que estuviera disponible para él todo el tiempo. Pero me pagaron los dos meses de sueldo que me faltaban, más una indemnización. Así que ahora tengo dos fuentes de ingreso, y todo lo que gane lo voy guardando.
—¿Sigues pensando en ese restaurante? —preguntó mamá, inclinándose más cerca de la cámara—. ¿Aquí en Canadá, o te vas a quedar en Alemania como decías?
—Todavía no lo decido —admití—. Pero ya tengo más cerca ese sueño. Solo tengo que aguantar un poco más.
—Te vamos a ir a visitar pronto, ¿sí? —prometió papá—. Verás que cuando estemos ahí te vas a ver mejor. Descansa mucho, mi amor. Te queremos un montón.
—Yo también los quiero —dije, y corté la llamada antes de que volvieran a notar que me temblaba la voz.
Apenas había dejado el teléfono en la mesa, cuando llegó una videollamada de Adrián. Al aceptar, vi que estaba rodeado de los chicos: Tim, Enrique y Agustín, todos con las caras sonrientes y un poco rojas, como si hubieran estado celebrando algo.
—¡Camila! —gritó Adrián, saludando con la mano—. ¡Ya nos enteramos de todo! Qué suerte la tuya, te pagan una barbaridad. Nadie gana eso por cocinar unos cuantos platos al día.
—Lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Solo es cuestión de acostumbrarse.
Tim se inclinó hacia la cámara, con una sonrisa traviesa que le iluminaba los ojos claros.
—Pues más te vale que te acostumbres mucho —dijo, y su tono se volvió más serio—. Dicen por ahí que ese Emiliano Fierro no come nada. Ni una manzana, ni un trozo de pan, ni siquiera agua si no es de una marca muy específica. Yo digo que tu comida es la única cosa que ha podido tragar en años. Eres su debilidad, Camila. Así que… no creo que te deje ir tan fácil.
Todos se quedaron callados un instante, y luego Tim soltó una risa burlona.
—¿Te asusté? Pues deberías tener cuidado, ¿eh?
—No me asustas —dije, aunque sentí un escalofrío recorrer la espalda—. Solo hago mi trabajo.
Adrián me miró con más atención, y frunció el ceño.
—¿Has estado llorando? —preguntó suavemente—. Se te ven los ojos hinchados.
—Es el cansancio —mentí, mirando hacia otro lado.
Entonces vi que en la mano de Adrián brillaba algo pequeño: el anillo de plata con una piedra azul que Rosa le había regalado cuando estaban juntos, antes morir. Él lo giró entre los dedos, y no dijo nada más, pero supe que lo hacía por ella.
—Bueno, ya nos vamos a descansar —dijo al fin—. Cuídate mucho, Camila. Hasta mañana.
—Hasta mañana —respondí, y apagué la pantalla. Me acosté de nuevo, y esta vez me quedé dormida casi al instante, agotada hasta los huesos.
Al día siguiente llegué a la casa de Emiliano mucho antes de lo acordado, cuando apenas el sol empezaba a iluminar los ventanales. Roberto ya estaba en la entrada, abriendo las cortinas del salón, y me saludó con una reverencia rápida.
—Buenos días, señorita —dijo—. El señor Fierro aún no ha bajado.
—No se preocupe —respondí, y me fui directa a la cocina—. Le prepararé el desayuno.