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EL HIJO DEL PRESIDENTE

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Amor-odio
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

...AITANA ...

La ventaja de haber crecido en un barrio donde la gente se grita las verdades de balcón a balcón es que los insultos de un billonario de traje sastre no me hacen ni cosquillas.

¿Zorra trepadora?

Por favor.

He escuchado mejores ofensas de doña Gloria cuando alguien le pisa las plantas del porche.

El lunes por la mañana llegué a la mansión con una taza de café en la mano y mi portafolios colgado del hombro. El aumento de sueldo ya estaba reflejado en el sistema y, honestamente, eso curaba cualquier rastro de indignación.

Caminaba por el pasillo principal hacia la biblioteca cuando una mano me tomó firmemente del brazo y me arrastró hacia el interior del clóset de blancos.

La puerta se cerró de golpe, sumergiéndonos en la penumbra aromática de las sábanas con olor a lavanda.

—¿Qué demonios te pasa, desquiciado? —le solté de inmediato, empujándolo con el codo.

Henrry estaba atrapándome contra un estante de toallas. Estaba sin saco, con las mangas de la camisa azul enrolladas hasta los antebrazos y una mirada que prometía un homicidio calificado.

—¿Te parece muy gracioso, Vega? —siseó, pegando su rostro al mío. Estaba tan cerca que podía ver el reflejo de la luz del pasillo en sus ojos—. Te embolsaste un aumento a costa de mi dignidad el sábado. Te burlaste de mí en la cara de mi padre.

—Ay, pobrecito el bebé de veintinueve años, ¿le dolió que papá lo regañara? —le respondí, soltando una risa falsa y directa—. Suéltame, Henrry. Hueles a whisky, son apenas las ocho de la mañana, y no tengo tiempo para tus berrinches. Tengo una clase que dar.

—No te vas a ir a ningún lado —me retó, acortando los escasos centímetros que nos separaban. Su cuerpo presionaba el mío con una firmeza que, maldita sea mi suerte, me aceleró las pulsaciones de una forma completamente física y ridícula. Había una tensión salvaje entre los dos, una fricción que combinaba el odio puro con las ganas estúpidas de estrellarlo contra la pared—. Me las voy a cobrar. Dejaste a mi hermana bajo llave, incomunicada, y a mí me quitaron el control de la división por dos semanas. Estoy suspendido por capricho de mi padre ¿Sabes lo que es eso?

—Unas vacaciones bien merecidas para que aprendas a usar el cerebro—le espeté, mirándole fijamente los labios antes de clavar los ojos en su mirada—. Me dijiste "zorra" el sábado, Montenegro. En mi territorio, por menos de eso, te pinchan las llantas del Mercedes. Así que da gracias de que solo te acusé con tu papito.

Henrry soltó una carcajada ronca, divertida por mi hostilidad. Sus dedos se deslizaron por mi brazo, apretando con lentitud.

—Eres una maldita fiera de barrio, ¿verdad? —murmuró, y su tono bajó un octavo, volviéndose peligrosamente magnético—. Te gusta jugar rudo.

—Me gusta que me respeten. Ahora, quítate de mi camino antes de que grite y le diga a los escoltas que el Director suspendido me está acosando entre las sábanas de repuesto. No creo que a tu papá le encante ese titular.

Henrry apretó los dientes, midiendo mis palabras. Sabía que no estaba faroleando.

Lentamente, dio un paso atrás, abriendo la puerta del clóset y dejándome libre el paso al pasillo iluminado. Se acomodó el cuello de la camisa con una elegancia exasperante.

—La guerra apenas empieza, Vega —me advirtió, con una sonrisa cínica—. Disfruta de tus últimos días tranquilos.

—Espero que tengas mejores estrategias que encerrarme en el clóset, Montenegro. Porque como estratega, eres un excelente playboy de pacotilla —le respondí, acomodándome el saco con una sonrisa de victoria—. Nos vemos en el almuerzo.

Salí caminando con la espalda recta, escuchando su maldición ahogada a mis espaldas. Me temblaban las piernas de la adrenalina y de la maldita corriente eléctrica que me recorría el cuerpo cada vez que ese idiota me ponía las manos encima.

Esto iba a ser un infierno, pero juré que yo iba a ser la que encendiera los fósforos.

Cuando entré a la biblioteca, Mía estaba sentada al fondo de la larga mesa de roble, con los brazos cruzados, los auriculares puestos a todo volumen —tanto que la música de trap se escuchaba en toda la habitación— y las piernas subidas descaradamente sobre la madera tallada.

Al verme entrar, ni siquiera parpadeó. Me dedicó una mirada cargada de un resentimiento tan puro que habría intimidado a cualquiera.

A mí no.

Venía con la adrenalina al tope después de la intervención de esta mañana.

Henrry no había podido conmigo, mucho menos su versión en miniatura.

Caminé con paso firme, dejé mi portafolios sobre la mesa con un golpe seco y, sin mirarla, estiré la mano y le arranqué los auriculares de la cabeza de un solo tirón.

—¡Oye! ¡¿Qué te pasa, estúpida?! —gritó Mía, bajando las piernas de la mesa de un golpe y poniéndose de pie de un salto, con la cara roja de la rabia.

—Buenos días para ti también, Mía —respondí, dejando los audífonos sobre mi portafolios con total parsimonia—. Las piernas abajo. Las groserías te las guardas para tu hermano, que tiene el mismo nivel de madurez que tú. Conmigo, bajas el tono.

—¡Eres una maldita rata traidora! —escupió la niña, apretando los puños, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. ¡Por tu culpa mi padre me quitó el teléfono, me canceló las tarjetas y me puso tres escoltas nuevos que me siguen hasta para ir al baño! ¡Por tu culpa Mateo está asustado! Te odió, Aitana. Te odio con toda mi vida. No sé cómo mi papá te aumentó el sueldo en lugar de echarte a la patada a tu barrio marginal.

Me apoyé contra el borde de la mesa, cruzándome de brazos. La miré con algo de lástima y severidad.

—¿Marginal? Qué poca originalidad, Mía. Tu hermano usa mejores adjetivos —le solté, dándole una sonrisa gélida—. Déjame aclararte una cosa, niña consentida. Yo no te traicioné. Te salvé el pellejo. Si yo no le entregaba esa foto a tu padre, tu hermano Henrry se iba a encargar a su manera. ¿Tienes una idea de lo que hace un tipo de treinta años con complejo de Dios cuando va furioso a un suburbio? Iba a aplastar a la familia de Mateo. Iba a hacer que despidieran a sus papás de sus trabajos y que a él le quitaran la beca. Tu padre, por lo menos, solo te quitó a ti las tarjetas de crédito. Al chico no le pasó nada porque el holding prefirió contener el escándalo. Así que si alguien tiene que darme las gracias, eres tú.

Mía se quedó muda por tres segundos, procesando la información. La mención de que Mateo estaba a salvo le bajó un poco la soberbia, pero el resentimiento seguía ahí, intacto.

—No te creo nada —murmuró, desviando la mirada, con la mandíbula tensa—. Solo lo hiciste por el dinero. Eres igual a todos los que vienen a lamerle las botas a mi papá.

— Vine a trabajar, Mía. A mí el apellido Montenegro no me descresta, ni tus berrinches tampoco —saqué el dossier de microeconomía de mi bolso y lo deslicé por la mesa, deteniéndolo justo frente a su pecho—. Abre la página cuarenta y dos. Vamos a ver estructuras de mercado. Y más te vale que pongas atención, porque si repruebas el examen del viernes, tu padre va a pensar que no te estoy exigiendo lo suficiente, y créeme que tengo formas muy creativas de hacerte la vida imposible sin necesidad de quitarte el internet.

Mía me clavó una última mirada asesina, agarró el libro con una violencia ridícula que casi rompe las hojas y se dejó caer en la silla, bufando como un toro enojado.

—Te vas a arrepentir de esto —susurró entre dientes, hojeando el libro con brusquedad—. Mi hermano y yo te vamos a sacar de esta casa así sea lo último que hagamos.

—Hagan fila, mi amor —le respondí, abriendo mi propia libreta con una sonrisa radiante y totalmente ganadora—. Tu hermano ya lo intentó hace diez minutos y salió perdiendo. A ver, lee el primer párrafo. Te escucho.

...…...

...HENRRY...

Me aflojé el nudo de la corbata mientras bajaba las escaleras hacia la piscina de la mansión.

Eran pasadas las seis de la tarde. El sol ya se había ocultado, dejando el cielo de un tono azul oscuro y frío.

Llevaba dos semanas con el orgullo pisoteado, viendo cómo esa fiera de barrio se paseaba por mi casa con su trajecito de pobretona gris, dándole órdenes a Mia y cobrando un aumento de sueldo que mi propio padre le había firmado en la cara.

Cada vez que la veía, la sangre me hervía. No era solo el hecho de que me hubiera delatado con Augusto; era la forma en que me miraba. Como si yo fuera un estorbo. Como si no valiera nada. A mí, que tengo a la mitad de las modelos de la ciudad rogando por cinco minutos de mi atención.

La divisé junto al borde de la piscina, acomodando unos libros en su portafolios. Mía ya se había ido a su habitación. Aitana estaba sola, dándome la espalda, con la silueta recortada por las luces subacuáticas de la piscina.

Perfecta. Exasperante.

Caminé sobre el deck de madera sin hacer ruido, saboreando el contraataque. Ya me había cansado de los memorandos corporativos y las indirectas.

Quería romperle la maldita máscara de santidad de una vez por todas.

—¿Tan rápido te vas, Vega? —solté, cruzándome de brazos a un metro de ella.

Aitana no se sobresaltó. Cerró el cierre de su bolso despacio, suspiró con fastidio y se giró para mirarme. Sus ojos almendrados me barrieron con la misma pereza de siempre.

—A las seis termina mi horario, Montenegro. Se llama legislación laboral, deberías leer sobre eso alguna vez —respondió, dándose la vuelta para irse.

Le di un paso al frente, cortándole el camino de inmediato. Se detuvo en seco, chocando casi contra mi pecho. Aproveché mi altura para inclinarme sobre ella, dejando que la oscuridad de la noche nos rodeara.

Una sonrisa cínica se me dibujó en los labios.

—Estaba pensando en lo del viernes en el club —le dije en un siseo bajo, arrastrando las palabras, buscando herirla donde más le doliera—. Pensé que las mujeres como tú cobraban por hora, pero veo que mi padre te dio un salario fijo. Dime una cosa... ¿el vestido de la otra noche tiene tarifa especial o ese venía incluido en el paquete de "mentora de alta sociedad"? Porque si vas a estar cazando billeteras en el VIP de mis socios, podrías ponerme un precio a mí primero. Al fin y al cabo, tengo más ceros en la cuenta que mis amigos.

Esperé ver lágrimas. Esperé ver indignación, un grito, o la típica reacción de una mujer de su estrato acorralada por el peso de una acusación así de cruda.

Pero Aitana ni siquiera parpadeó.

Se quedó estática, mirándome fijamente a los ojos. Luego, su mirada bajó lentamente hacia mis labios, se detuvo en el nudo flojo de mi corbata y volvió a subir. Fue una mirada vacía, la misma que le darías a un insecto insignificante que zumba cerca de tu oreja.

En lugar de enojarse, una sonrisa burlona, casi llena de lástima, se dibujó en su rostro. Soltó una risa limpia, una carcajada corta que me dio de lleno en el centro del orgullo.

Sin decir una sola palabra, sin cambiar el gesto, me rodeó con total tranquilidad.

Pasó por mi lado como si yo fuera un mueble más de la terraza, ignorando mi existencia por completo, y siguió su camino hacia la salida con paso firme y elegante.

Me quedé de pie junto a la piscina, con los puños apretados dentro de los bolsillos y la respiración alterada del enojo.

1
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬😬🥺🥺🥺
Ana Elena Jiménez
😱😱 ojalá se haya ido para dónde Aitana
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ahora sí se va a morir tú madre
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja eres el colmo Henrry 🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja ahí si tienes toda la razón 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭 jajaja jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
🫪🫪🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja dejaste de ser todo un tiburón para convertirte en un pescadito a punto de ser freído 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
como olvidarte 🤭si le llevaste unos chocoros con detalles de oro 🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱😱 oohhh oohhh
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja Henrry desde ya te empiezan las clases 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
y el otro centro también 🤭🤭🔥🔥
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭
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