Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Perfecta ilusión
Sophia
Mis piernas temblaban tanto que temí tropezar mientras caminaba hacia la puerta principal del apartamento. Las palabras de Sebastian seguían vibrando en mis oídos, densas, oscuras, quemándome la piel justo donde su aliento había rozado un segundo antes. "Una obra de arte en el hombre equivocado..." Me obligué a tragar saliva y a poner la mano sobre el picaporte, intentando desesperadamente recomponer mi armadura de hielo antes de salir.
En cuanto abrí y bajé a la entrada del edificio, vi a Lucas.
Estaba de pie junto a la puerta de su auto, impecable. Llevaba un traje gris perfectamente planchado, una sonrisa amable y un pequeño ramo de tulipanes blancos en la mano. Era la viva imagen del hombre perfecto, el caballero ideal que cualquier mujer desearía presentarle a su familia. Al verme, sus ojos se iluminaron con una sorpresa genuina y avanzó hacia mí con paso ligero.
—Sophia... —dijo, deteniéndose a una distancia sumamente respetuosa—. Estás verdaderamente hermosa. Ese vestido te queda espectacular, el color rojo te sienta de maravilla.
Su tono era cálido, educado, cargado de una admiración sincera y caballerosa. Me extendió las flores con una sonrisa dulce.
—Muchas gracias, Lucas. Son preciosas —respondí, forzando una sonrisa mientras aceptaba el ramo.
Me acerqué para darle el clásico saludo en la mejilla. Fue un contacto ligero, tibio, impecable. Y en ese preciso instante, una fría realización me golpeó el pecho: no hubo chispas. No hubo corriente eléctrica. El elogio de Lucas había sido tierno y correcto, pero carecía por completo del fuego devastador, de la urgencia peligrosa y de esa intensidad casi animal con la que Sebastian me había acorralado en la sala hacía apenas unos minutos. Lucas miraba el vestido con admiración; Sebastian lo miraba como si quisiera arrancármelo con los dientes.
—¿Nos vamos? —preguntó Lucas, abriéndome la puerta del copiloto con una galantería de manual—. El coche tiene el clima perfecto y no quiero que pases frío con la noche como está.
—Claro, vamos —asentí, subiéndome al auto.
Mientras él rodeaba el capó para subir al asiento del conductor, no pude evitar desviar la mirada por un segundo hacia las ventanas de nuestro apartamento. Una silueta alta y sombría se recortaba contra las cortinas de la sala, observando cada movimiento desde la penumbra. Sebastián seguía ahí, controlando el tablero de juego, y aunque yo estaba sentada en el auto de otro hombre camino a una velada mágica, una parte de mi mente se había quedado atrapada en esa sala, ardiendo bajo unos ojos azules calculadores.
El trayecto hacia el mirador transcurrió en una calma que, poco a poco, logró apaciguar los latidos erráticos de mi corazón. Cuando llegamos, entendí a qué se refería Lucas con un "lugar mágico". Era un restaurante exclusivo, ubicado en lo más alto de la colina, con inmensos ventanales de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada, titilando bajo la noche como un mar de estrellas.
La velada fue, por definición, perfecta. Lucas demostró ser todo un galán: tenía la reserva ideal junto al ventanal, conocía el maridaje perfecto para la cena y mantuvo una conversación fluida, inteligente y sumamente agradable. No hubo silencios incómodos ni miradas cargadas de dobles intenciones que me hicieran levantar la guardia. Entre risas, anécdotas de su trabajo y la calidez del ambiente, logré lo que creía imposible: despejar, aunque fuera por unos segundos, mis pensamientos hacia Sebastian. Por un momento, me sentí como una mujer normal en una cita normal, disfrutando de la atención de un hombre impecable.
Sin embargo, las burbujas de la fantasía estallaron en cuanto el auto de Lucas se detuvo frente a la entrada de mi edificio.
La realidad me golpeó de golpe al mirar hacia arriba y ver la luz de la sala de nuestro apartamento encendida. Sebastian seguía despierto. Esperando.
—La pasé increíble esta noche, Sophia —dijo Lucas, apagando el motor y girándose hacia mí con una mirada cargada de ternura.
—Yo también, Lucas. Todo estuvo maravilloso, de verdad —respondí, sintiendo cómo la tensión regresaba de golpe a mis hombros.
Él sonrió, se inclinó sutilmente hacia mí y acortó la distancia con lentitud, dándome el tiempo suficiente para reaccionar. Vi cómo sus ojos bajaban hacia mis labios, delatando su intención de darme un beso de despedida. Fue un movimiento suave, natural para el final de una gran cita. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
De manera automática, casi como un reflejo de supervivencia, giré el rostro hacia un lado.
Los labios de Lucas terminaron impactando contra mi mejilla. El contraste fue inmediato y doloroso: en lugar de la emoción que se supone debía sentir, experimenté una oleada de culpa mezclada con un deseo desesperado de huir. Me separé con rapidez, acomodándome el bolso en el hombro con gestos torpes.
—Buenas noches, Lucas. Gracias por todo —me despedí apresuradamente, abriendo la puerta del auto casi sin darle tiempo a reaccionar.
Lucas parpadeó, un tanto desconcertado, pero la nobleza en su rostro no tardó en regresar. Esbozó una sonrisa comprensiva, asimilando el rechazo con una madurez impecable que me hizo sentir aún peor.
—No te preocupes, Sophy —me dijo con voz suave, deteniéndome un segundo con la mirada—. Vamos a ir despacio. No hay ninguna prisa.
Asentí con la cabeza, le dediqué una última sonrisa forzada y cerré la puerta. Mientras caminaba hacia el vestíbulo y el sonido de mis tacones volvía a resonar en la entrada, supe que el problema no era el tiempo. El problema era que, por mucho que Lucas fuera el hombre correcto, mis labios seguían quemando por el recuerdo del hombre equivocado que me esperaba arriba.