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Vínculo En La Tormenta

Vínculo En La Tormenta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Omegaverse
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse

Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.

Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.

Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.

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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 23: LOS DOCE DÍAS QUE SE FUIERON COMO UNO SOLO

Doce días. Solo doce noches y doce amaneceres separaban aquel instante de la fecha que Lucía había grabado a fuego en nuestras mentes: la tercera noche después de la luna llena, la noche en la que Victoria Valente bajaría por fin de la cima con todos sus hombres, segura de sí misma, segura de su poder, segura de que tomaría lo que consideraba suyo por derecho de sangre y de aquel cuento antiguo que nadie más en el mundo creía. Doce días que en el papel parecían tiempo más que suficiente para prepararse, para reforzar, para planear cada paso y cerrar cada rendija, y que sin embargo se nos escaparon entre los dedos como agua fresca de manantial, corriendo demasiado rápido de día y haciéndose eternos, pesados y helados en cuanto el sol se ocultaba detrás de la sierra y la luz blanca y fría volvía a encenderse allá arriba, clavada sobre el techo de madera de nuestra casa.

Nadie descansó bien en todo ese tiempo. Nadie durmió más de dos o tres horas seguidas, y aun así el sueño nunca era reparador, siempre lleno de sombras, de pasos que se acercaban, de voces frías y de manos que intentaban arrebatarme el peso cálido y firme que llevaba siempre en el vientre. Todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento, cuatro meses enteros antes de que nuestro hijo estuviera listo para respirar el aire de este mundo por sí mismo, y sin embargo cada mañana al despertar tenía la certeza física en los huesos de que crecía el doble de rápido, de que pesaba más, de que se movía con más fuerza, como si también él desde adentro supiera que el tiempo corría contra nosotros y que debía estar fuerte, muy fuerte, para lo que se venía. Me dolía la espalda baja de forma continua ya, un dolor sordo, profundo y caliente que no se iba con nada, ni con posturas nuevas, ni con paños calientes, ni con las manos grandes y suaves de Dante masajeándome muy lento hasta que se le cansaban los brazos. Varias veces al día sentía cómo la pared del útero se endurecía entera por unos segundos, sin dolor, sí, pero con una fuerza que me dejaba sin aire un instante, y cada vez que ocurría él estaba ahí en el mismo segundo, arrodillado en el suelo de tierra entre mis piernas, con las palmas abiertas y tibias puestas una a cada lado de la barriga, guiándome la respiración muy bajito al oído, repitiendo una y otra vez que todo estaba bien, que solo era tensión, que el pequeño lo notaba todo y reaccionaba, que aguantaría con nosotros hasta el final, que nada ni nadie lo sacaría de ahí antes de tiempo.

Dante cambió por completo en esas casi dos semanas. Salió antes de que saliera el sol y volvió solo cuando ya era de noche cerrada, recorriendo a pie más de ocho kilómetros diarios alrededor de la cabaña, palmo a palmo, metro a metro, sin dejar ni un solo metro cuadrado sin revisar, sin modificar, sin proteger. Pasó de tener cinco líneas de alerta a tener nueve, cada una más sensible, más oculta y más difícil de cruzar en silencio que la anterior. Colgó ramas secas que crujen como huesos al mínimo roce, ató cuerdas finas como hilos de araña que mueven piedras apiladas con sonidos agudos que resuenan hasta el fondo del valle, abrió pasadizos falsos que giran sobre sí mismos y devuelven al caminante exactamente al mismo sitio del que partió, hizo zanjas poco profundas pero llenas de raíces resbaladizas y zarzas que enganchan y detienen sin matar, y cubrió techo, paredes y alrededores con capas y más capas de musgo, enredaderas y ramas de pino hasta que la cabaña dejó de ser una construcción para convertirse en parte misma del monte, en un montículo verde y oscuro que ni siquiera quien supiera que estaba ahí lograría distinguir si no caminaba derecho hasta la puerta. Tenía las ojeras cada vez más grandes, más moradas y más hundidas bajo los ojos negros, la barba le creció oscura y desordenada sobre la mandíbula, los hombros siempre cargados hacia adelante por el cansancio y el peso inmenso que se negaba a compartir con nadie, y sin embargo, en el momento en que cruzaba el marco de madera y nos veía a mí, a Mia y a Lucía, toda esa fatiga desaparecía de la mirada por unos minutos, y volvía a ser el alfa fuerte, protector y tierno que nos sostenía a todos por encima de cualquier cosa.

Cada noche, cuando por fin todo estaba en silencio y la luz de la cima ardía inmóvil en la oscuridad, venía hacia mí donde estaba sentado frente a las brasas rojas sin llama, se arrodillaba y se hundía la cara contra la tela de mi camisa justo en el centro de la curva abultada, y yo lo abrazaba por completo rodeando su cabeza y sus hombros anchos con mis brazos, pasando los dedos muy lento por el cabello negro revuelto y lleno de hojitas secas. Ahí, solo ahí, en la penumbra caliente del fuego y solo para mí, se le quebraba la voz un poquito, y me confesaba bajito lo que a nadie más decía: que tenía miedo. Miedo de no haber hecho suficiente, miedo de fallar, miedo de que por un solo descuido pequeño todo se viniera abajo, miedo de que algo nos pasara a mí o al niño o a Mia. Y yo lo apretaba más fuerte contra mí, le besaba la frente y le decía una y otra vez que ya había hecho más que cualquier otro ser humano en el mundo, que lo que nos unía no se rompía con nada, que estábamos los cuatro juntos y eso ya era invencible por sí solo. Entonces se levantaba despacio, me sentaba él mismo sobre sus piernas fuertes para que yo no cargara peso en la espalda, me rodeaba con los dos brazos cruzados fuerte sobre mi vientre, me pegaba la espalda contra su pecho caliente y duro como una roca, y nos quedábamos así abrazados enteros, fundidos en uno solo, horas y horas, sin hablar, solo sintiendo el calor mutuo, el latido del corazón del otro y los movimientos suaves del pequeño entre los dos, como si él también quisiera estar abrazado al mismo tiempo a su papá alfa y a su papá omega.

Mia, mi hermana pequeña de solo ocho años, delgada, pálida y con el corazón frágil que siempre debía cuidarse de esfuerzos y sustos, se convirtió en esos días en el alma más valiente y más luminosa de toda la casa. No se quejó ni una sola vez de estar encerrada, ni del frío, ni del silencio, ni del miedo que todos respirábamos sin querer. Pasaba las horas de luz sentada en su manta doblada sobre el suelo, con la caja de lápices abierta delante y montañas de hojas a los lados, y dibujaba sin parar: dibujaba nueve círculos concéntricos alrededor de la cabaña, dibujaba a Dante con ramas y cuerdas en las manos, dibujaba a mí con la barriga grande y redonda llena de estrellas por dentro, dibujaba a Lucía con una venda en la mejilla y una sonrisa, dibujaba lobos grandes y buenos corriendo por los bordes del bosque haciendo de guardias, y sobre todo dibujaba una y otra vez la misma escena: nosotros cuatro tomados muy fuerte de las manos, formando un círculo cerrado que nada ni nadie podía abrir ni atravesar. Cada mañana, apenas clareaba, tomaba el mejor que había hecho la noche anterior y lo iba pegando con trocitos de cinta por todas las paredes, por las vigas del techo, al lado de la puerta, al lado de la cama, hasta que la madera rústica se fue llenando entera de color, de sol, de lunas, de árboles y de amor dibujado por manos de niña. Dijo muy seria una noche, con la voz clarita y firme mientras nos miraba a todos por turno, que cada dibujo era un escudo más, que cuantos más hubiera más difícil sería que nada malo entrara, y ninguno de nosotros tuvo valor de decirle que solo eran papel y lápices, porque en el fondo todos sentíamos lo mismo: aquello sí nos protegía, mucho más que cualquier cuerda o cualquier trampa.

Lucía por su parte, recuperando cada día un poco más de fuerza y de color en la piel, se sentaba horas y horas con nosotros contando y volviendo a contar cada detalle que recordaba de la vida de Victoria, de su forma de pensar, de sus debilidades, de sus órdenes exactas. Nos explicó que su hermana no entendía el amor de ninguna manera, que para ella todo eran contratos, poder, apellidos y destinos escritos por otros, y que precisamente por eso estaba tan ciega y tan segura de ganar: no concebía que alguien pudiera arriesgarlo absolutamente todo sin pedir nada a cambio, solo por proteger a quien ama. Esa ceguera, nos repitió mil veces, era y seguiría siendo su mayor error y nuestra única ventaja verdadera. También nos enseñó a leer el viento, a distinguir desde adentro si lo que se movía afuera era animal o persona, a reconocer el tono de luz que delata linternas lejanas, a ocultar todo rastro de humo y de vida en menos de un minuto si hacía falta. La cicatriz larga y roja que le cruzaba la mejilla izquierda le iba cerrando y aclarando poquito a poco, y cada vez que se la tocaba con los dedos lo hacía con una expresión de tristeza mezclada con alivio, como si esa marca fuera el precio justo que pagó por por fin dejar de estar del lado equivocado de la historia.

La noche de la luna llena llegó lenta, pesada y plateada, llenando todo el bosque de una luz blanca, brillante y casi mágica que colaba por entre las hojas y dibujaba encajes de sombra por todas partes. Esa noche no encendimos nada de nada, ni brasas siquiera, ni velas, ni el más mínimo resplandor que pudiera delatarnos. Nos acercamos los cuatro muy juntos a la ventana alta sin cubrir del todo y miramos hacia arriba: la luna estaba enorme, redonda y perfecta, suspendida justo al lado de la cima, y muy cerca de ella la luz artificial blanca y fría ardía con más fuerza que nunca, casi compitiendo con el astro natural. Dante me rodeó entero por detrás con sus brazos fuertes, apretándome contra sí y poniendo ambas manos fijas y calientes sobre mi embarazo, Mia se acomodó entre mis dos piernas recostada de espaldas a mi pecho, y Lucía se quedó de pie a nuestro lado con la mano puesta suavemente sobre mi hombro. Estuvimos así en silencio absoluto más de una hora, sin movernos, sin respirar fuerte, sintiendo cómo el tiempo pasaba lento sobre nuestras cabezas. Contamos mentalmente: una, dos, tres noches más. Tres noches y llegaba la que habían elegido. Tres noches y todo lo que habíamos construido, todo lo que habíamos amado y todo por lo que habíamos huido, se pondría a prueba de verdad frente al frío poder de la mujer que lo había creado todo solo para controlarlo.

Al día siguiente y al siguiente todo siguió igual: trabajo sin descanso afuera, silencio y orden adentro, dibujos nuevos en las paredes, miradas que se buscaban y se entendían sin necesidad de frases, abrazos que duraban demasiado tiempo porque en el fondo todos sabíamos, sin decirlo en voz alta, que cada uno podía ser el último de calma que tuviéramos por mucho tiempo. El undécimo día, vimos desde muy lejos, muy pequeños allá en lo alto, figuras humanas moviéndose de un lado a otro cerca del punto donde ardía la luz cada noche. Preparaban todo. Afilaban herramientas, revisaban equipo, organizaban, esperaban el momento justo. Lucía apretó los labios con fuerza y solo dijo una frase, muy quedita, que heló la sangre en las venas de los tres: mañana por la noche, cuando la luna esté alta y en su punto más débil después de llena, bajan. No hay duda.

La última noche de espera fue la más larga, la más densa y la más silenciosa de todas. No hubo casi palabras. Dante terminó de revisar por novena vez cada trampa, cada cuerda, cada camino, cada rama. Entró al final, cerró la puerta, corrió el grueso travesaño de roble que la cerraba por dentro y apoyó todo su peso y su espalda contra la madera, como si con su propio cuerpo quisiera ser también él la última barrera. Se quedó ahí parado largo rato, mirándonos a los tres que estábamos frente al hogar apagado: a mí con las manos siempre clavadas en la curva pesada de mi vientre, a Mia abrazada a su osito y a Lucía con la mirada seria y lista. Luego caminó hasta mí, me tomó la cara entre sus dos manos grandes, ásperas y llenas de pequeñas heridas por el trabajo, y me miró hondo, muy hondo a los ojos negros, hasta el fondo del alma.

—Pase lo que pase —susurró, con la voz rota y temblorosa por primera vez desde que lo conozco—, pase absolutamente lo que pase afuera esta noche. Nadie, absolutamente nadie, entra aquí. Y si por alguna razón algo saliera mal… tú toma a Mia, toma lo indispensable y sal por el pasadizo de atrás que te mostré, el que nadie más conoce. Corran sin mirar atrás. No se detengan por nada ni por nadie. Ni siquiera por mí.

Le tapé la boca con la palma de la mano antes de que pudiera decir nada más, y sentí cómo se le mojaban los ojos bajo mis dedos. Lo atraje a mí con todas mis fuerzas hasta quedar abrazados otra vez, apretados con toda la fuerza que nos quedaba, sintiendo los corazones de los dos latiendo desordenados y al mismo tiempo contra el pecho del otro, y el bebé moviéndose fuerte y vivo entre nuestros cuerpos, como protestando por esas palabras de despedirse antes de tiempo. Le dije muy firme al oído, para que le quedara grabado para siempre en la memoria, que eso no pasaría, que nadie se iba a ir solo, que los cuatro saldríamos bien de esto o no saldría ninguno, que habíamos empezado juntos y así era como íbamos a seguir hasta el final. Mia vino corriendo y se pegó a nuestras piernas abrazándonos las dos rodillas a la vez, y Lucía asintió con la cabeza muy seria desde la sombra, con la mano cerrada fuerte sobre el bastón corto de madera que había preparado para defenderse también.

Allá afuera, muy por encima de las copas de los árboles, la noche avanzaba lenta, oscura y densa. En la cima la luz blanca ardía fija, brillante y despierta. Y muy abajo, entre la tierra y la madera, cuatro corazones latían al unísono, esperando. Doce días habían pasado volando. La hora de la verdad ya estaba tocando la puerta.

FIN DEL CAPÍTULO 23

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Teresa Castillo
creo que ya son muchos capítulos de lo mismo no avanza el tiempo siempre dicen que faltan 4 meses completos y se supone que llevan varios días ahí ojalá y avance luego
nezhan: Hola Teresa! Gracias de verdad por tomarte el tiempo de escribir esto, me ayuda mucho a mejorar ❤️
Tienes completamente la razón: en esa parte de la historia el tiempo se siente estancado, porque necesitaba cerrar todos los cabos y subir la tensión antes de que estalle todo.
Pero te adelanto que ya viene el cambio GRANDE: en muy pocos capítulos pasan de "faltan 4 meses" a la batalla final, el nacimiento de los tres bebés y un salto de tiempo de un año entero.
Sigue un poquito más, que lo mejor está por llegar! 😊
total 1 replies
Teresa Castillo
maldita vieja no merece perdón 😡😡
Teresa Castillo
maldita bruja porque no deja ser feliz. a su hijo que se quede con todo su dinero que es lo que más le importa 😡
Teresa Castillo
que alguien los ayude no merecen ese sufrimiento
Teresa Castillo
maldita vieja porque no los deja tranquilos 😡😡
Teresa Castillo
que esa vieja los deje tranquilos no merecen sufrir siempre huyendo
Teresa Castillo
😡😡😡
Teresa Castillo
vieja desgraciada merece quedar sola por idiota
Teresa Castillo
nooo😡😡😡
Teresa Castillo
me encanta historia Dante es un amor con su Omega merecen toda la felicidad del mundo 🥰🥰🥰
Teresa Castillo
lloré de emoción Dante es tan tierno 🥰🥰
Teresa Castillo
espero todo sea felicidad de aquí en adelante 👏🥰
Teresa Castillo
ay me encanta Dante es tan tierno con el chico👏👏👏
Teresa Castillo
que hermoso 🥰🥰
Teresa Castillo
🥰🥰🥰
Teresa Castillo
por fin el reencuentro 🥰🥰
Teresa Castillo
que lo encuentren luego y su vida pueda ser feliz 🥰🥰
Teresa Castillo
me encanta la historia 👏👏
Teresa Castillo
comenzando está historia espero sea buena 🥰
Oly-chan
Me gusta 💖
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