Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cao. 2 ¡Mi vida, llegaste temprano!
Fabiana quiso pasar de largo sin darle importancia, pero Miguel se plantó frente a ella.
—Fabi, por favor, escúchame. Estaba estresado, confundido, solo… Tú trabajando todo el tiempo, mi trabajo…
—¡Basta! —lo interrumpió Fabiana.
—No te atrevas a echarme la culpa. No. Esa fue tu decisión. Romper nuestra relación fue tu decisión, no la mía. Así que vive con eso. Ahora, lárgate. Tengo cosas que hacer; no me molestes —dijo, intentando esquivarlo.
—Fabiana, no seas terca. Tenemos historia, siete años siendo novios. ¿Vas a desperdiciar esos años por una tontería?
Y ahí fue cuando Fabiana estalló.
—¡Sinvergüenza! ¿Cómo te atreves? ¿Tontería? ¡Te acostabas con esa tipa mientras yo trabajaba como una mula, aguantando a un jefe terrible! Abusaste de mi amor, me faltaste al respeto revolcándote con ella en mi cama, en mi departamento… ¡Eres un **cabrón, un zángano, un vividor! ¡Un… pene corto! ¡Ni siquiera coges bien!
Dicho esto, lo apartó con un empujón y entró a su casa, furiosa. Realmente, no entendía cómo había podido enamorarse de un hombre así.
Dentro, vio a su padre, que caminaba hacia ella con una sonrisa cálida y movimientos lentos, afectados por un corazón que ya no respondía como antes.
—Mi nena, ¿qué es esa cara? Mi hija es tan linda —dijo, mientras Fabiana se suavizaba de inmediato.
—Papi, no andes por ahí. Debes descansar.
Lino, un hombre que había trabajado toda su vida, negó con la cabeza.
—Estoy cansado de descansar. Tu madre ya preparó la cena —dijo, mientras Fabiana ahogaba lágrimas. Nunca debí dejarlos para irme con un hombre inservible como Miguel.
—Bien, bien. No te voy a molestar, pero ya sabes: no exageres y cuídate —dijo, dando un beso en la mejilla de su padre, que sonreía ampliamente.
Ana, su madre, salió de la cocina. Al ver a su hija, se emocionó.
—¡Mi vida, llegaste temprano! Ya casi termino. Desde que compraste esos artefactos para cortar verduras, las picadoras automáticas, cocinar es más fácil para estas manos que apenas se mueven —comentó, mostrando sus dedos, antes esbeltos, que ya evidenciaban la deformación de esa terrible y dolorosa enfermedad.
—Sí, vine para cenar y… para comunicarles que… —su mente trabajó a mil por hora. Debía buscar una buena excusa; no podía preocupar a sus padres—. Por dos semanas, iré a una capacitación a la Ciudad Sur. Vine a llevar algunas cosas. Hablaré con la tía Carmen para que los venga a ver y esté pendiente.
Sus padres parecieron iluminarse.
—¿Es una promoción? ¿Te van a ascender? ¡Mi vida, eso es bueno! No te preocupes por nosotros; tu futuro es primero —dijo Ana, mientras Fabiana tragaba en seco.
No es una promoción. Es más bien un despido justificado… con trabajos forzados incluidos.
Fabiana se le hizo un nudo en la garganta.
—Gracias, mami —logró decir, forzando una sonrisa.
Mientras ayudaba a llevar los platos a la mesa, una voz cínica resonó en su cabeza: 'Ascenso. Claro. Lo que me espera es más bien un secuestro laboral de lujo, donde mi jefe en coma es el carcelero y su familia, los verdugos.'
POV Fabiana
Después de dejar todo listo con mis gorditos, mis papis (a los que amo tanto), entro en mi habitación. Tengo que revisar mis finanzas y hablar con mi tía Carmen.
Ella es la hermana menor de mi mamá, pero tiene apenas unos treinta años —mucho más joven que mis padres— y quiere a mi madre muchísimo, y a mi papá como a un hermano mayor. A ella sí le puedo contar el lío en el que me he metido.
Sí, soy muy tonta. Sí, soy distraída. Pero no es con maldad; es que mi cerebro no conecta cuando debe. Y ahora, ese jefe me va a matar cuando despierte. Debo ahorrar para un abogado. Como mínimo, me mandará presa o algo... Qué desgracia.
Hago la llamada. Mi tía ya debe haber salido del trabajo.
—Hola, tía —digo, con la voz lo más animada posible, como si no me estuviera hundiendo en el inframundo.
—¡Preciosa! ¿Cómo está mi rubia favorita? —responde su voz alegre y cantarina al otro lado.
—Bien… Bueno, no tanto —digo, tartamudeando.
Y me explayo. Antes de que se preocupe en vano, mejor que se preocupe en serio.
Ella me escucha, y solo suspiros de asombro salen de su boca.
—… Y así, tía. Estoy en un lío. Pero mi papi está con su corazoncito en reserva, y mi mami, adolorida, disimulando que está bien. No los puedo preocupar con esto. Quiero… quiero pedirte ayuda. Que me los veas cuando yo no pueda, que les compres las medicinas. Sabes cómo son: por no gastar mi dinero, no van a reponerlas. ¿Puedes ayudarme? —pregunto, casi entre sollozos. Me siento abrumada. De verdad.
—Mi vida, claro que sí. Y voy a hablar con algunos abogados, solo de refilón. Hay que estar preparadas —dice mi tía.
Yo asiento. Apenas susurré un «sí». Como no me puede ver, de nada sirve que esté asintiendo como una tonta.
—Gracias, tía. Te quiero mucho.
Cuelgo y respiro hondo. El plan está claro: un baño caliente, ropa que sirva tanto para dormir como para una posible huida, una maleta con lo esencial y mi valor bien guardado.
Me voy a mi infierno personal: a hacer de enfermera, guardaespaldas y posible chivo expiatorio de un Lucifer en coma. Al menos, mientras está inconsciente, no puede gritarme.
Llego al hospital, entro un poco apresurada y absorta en mis pensamientos sobre el futuro, cuando algo me deja impactada.
En la habitación, en la cama de hospital, la enfermera tiene a Lucian... completamente desnudo, dándole un baño de esponja.
Suelto la maleta y doy un respingo hacia atrás, como si hubiera visto una araña gigante. Mi mano vuela instintivamente para cubrir mis ojos, pero es demasiado tarde. La imagen ya está grabada a fuego: la palidez de su piel contra las sábanas blancas, la figura esculpida que ni un coma logra desdibujar del todo... y 'eso'.
—¡Ay!... Puu... Puedo volver después —balbuceo, girando sobre mis talones como un trompo descontrolado.
Mierda. Mierda. Mierda. Ahora sé que mi jefe es pelirrojo. En todos lados. Esa información no la necesitaba.