Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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Capítulo 8: Trazos para nadie más
Al cruzar el umbral de la sala, el silencio se instaló alrededor de ellas. En el centro, sentada junto a la gran mesa de caoba, estaba la clienta: una mujer de cabello gris recogido con sencillez, traje de corte impecable y una mirada que había visto demasiado para impresionarse fácilmente. Alejandro se detuvo a un lado, sin tomar asiento, como si quisiera verlo todo desde fuera, sin intervenir hasta que fuera estrictamente necesario.
—Señora Elizondo —dijo él con tono formal—. Ella es Yoselin Romero. Se encargará de escucharla y proponerle lo que busca.
La mujer asintió levemente y dirigió su atención por completo a la diseñadora. Yoselin sacó su libreta y un lápiz, los mismos que había acomodado con tanto cuidado en su puesto minutos antes, y se sentó frente a ella. Ya no sentía la presión de demostrarle solo a Alejandro; ahora tenía que entender lo que esta mujer necesitaba en el fondo.
—He venido aquí porque estoy harta de lo mismo —empezó la señora Elizondo sin rodeos—. En todos lados me ofrecen lo que dicen que es "lujo", pero es lo que lleva cualquier otra mujer de mi posición. Vestidos que no dicen nada, joyas que parecen copias de copias. Quiero algo que sea mío. Algo que nadie más tenga. Que cuando entre en esa sala, sepan que eso solo pudo haber sido creado para mí. No quiero encajar: quiero que me reconozcan.
Esas palabras golpearon a Yoselin con fuerza. Eran exactamente lo que ella siempre había creído, lo que le había dicho a Alejandro en la reunión, lo que él había puesto a prueba al enviarla aquí. Levantó la vista y encontró los ojos oscuros de él fijos en ella, esperando ver si era capaz de conectar con esas palabras.
—Entiendo perfectamente —respondió Yoselin con voz clara y segura—. Lo único verdaderamente único es lo que lleva tu esencia. No diseñaremos una prenda bonita: diseñaremos algo que hable de ti, de tu historia, de la fuerza con la que has construido lo que tienes.
Sin esperar más, abrió la libreta sobre sus rodillas y empezó a dibujar. No se detuvo, no borró: cada trazo salía rápido, guiado por lo que acababa de escuchar. Primero el contorno de un vestido: escote asimétrico, mangas que caían como alas, una falda que se abría en pliegues que parecían seguir el movimiento del viento. Luego pasaba a las joyas: un collar que no se ajustaba rígidamente al cuello, sino que descendía en líneas irregulares, como si hubiera sido esculpido por el tiempo; unos aretes que terminaban en puntas suaves, como la determinación que no necesita gritar.
Mientras dibujaba, explicaba en voz baja:
—Esta tela no es lisa, lleva un tejido sutil que solo se nota con la luz, igual que lo que has construido sin hacer tanto ruido. La piedra central no es un diamante blanco, es una piedra azul grisácea, cambia según cómo la mires, como tú misma: nadie te ve igual desde todos los ángulos. Y no habrá otra pieza igual: no haremos un molde, ni una segunda copia. Solo existirá esta.
La señora Elizondo se inclinó poco a poco sobre la mesa, olvidando su postura rígida. Sus ojos se iluminaron al ver cómo tomaba forma lo que ella solo había podido decir en palabras.
—Nadie nunca me ha escuchado así —dijo suavemente—. Todos querían darme lo que creían que debía querer. Tú... tú estás creando lo que yo quiero.
Yoselin cerró el lápiz y alzó la mirada. Alejandro seguía ahí, inmóvil, pero su expresión había cambiado. Ya no había desdén, ni duda burlona. Observaba los dibujos con una atención intensa, casi fija, como si cada trazo confirmara algo que empezaba a sospechar pero que todavía no quería admitir. Había puesto a prueba su capacidad en el capítulo anterior, confiando a regañadientes en ella; ahora veía que no solo cumplía, sino que superaba lo que esperaba.
—Está decidido —dijo la señora Elizondo poniéndose de pie—. Quiero todo esto. Y quiero que tú seas quien lo haga, de principio a fin.
Alejandro asintió, y por primera vez hubo una nota de aprobación en su voz, aunque breve y contenida:
—Como usted diga. Yoselin se encargará personalmente.
Al salir de la sala unos minutos después, Yoselin guardaba su libreta con el corazón latiendo fuerte. No había fallado. Había demostrado que lo que le había dicho al CEO no eran palabras vacías. Y al mirar de reojo a Alejandro, supo que esa prueba no había servido solo para convencer a la clienta: también había servido para que él empezara a dejar de verla como una apuesta arriesgada, y empezara a verla como lo que era: una creadora que sabía darle forma a lo que nadie más veía.