Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Me diste veneno
El peso de la vigilia, el agotamiento emocional de la búsqueda fallida y el alcohol ingerido en dosis peligrosas terminaron por pasarle factura a Maximiliano. El vaso de whisky resbaló de sus dedos, cayendo sobre la alfombra persa sin romperse, mientras su cuerpo se desplomaba en el sillón de cuero de su despacho. Con los ojos cerrados y la respiración pesada, su mente, traicionera y febril, lo arrastró hacia atrás en el tiempo, adentrándose en un recuerdo guardado en lo más profundo de su ser; un recuerdo que siempre intentaba sepultar bajo capas de arrogancia.
Hace un año y medio.
El sol de la tarde bañaba el jardín trasero de la mansión, convirtiendo las fuentes de mármol en espejos de oro líquido. Era uno de esos raros y escasos días en los que la guerra fría entre ellos parecía haber firmado una tregua invisible. Por unas horas, habían tenido lo que cualquier observador externo llamaría un matrimonio "normal".
Selene estaba sentada frente a él en la mesa de hierro forjado, rodeada de rosas blancas. Llevaba un vestido ligero que ondeaba con la brisa, y su cabello caía sobre sus hombros como una cascada de seda. Ella le servía el té con una sonrisa amplia y genuina, una que Maximiliano no veía a menudo desde el día de la boda. En ese instante, él la miraba con una admiración silenciosa y punzante. Se sentía orgulloso, casi embriagado, de ser el esposo de una mujer tan hermosa, tan etérea, que parecía no pertenecer a este mundo lleno de suciedad y codicia.
Por un segundo, Maximiliano olvidó los contratos. Olvidó a Roberto Arismendi y las deudas saldadas. Solo existían ellos dos y el sonido de los pájaros. Selene rió por algo que él dijo, y el sonido fue tan dulce que Maximiliano sintió un impulso casi incontrolable de levantarse, rodear la mesa y besarla hasta que el mundo se detuviera.
Pero entonces, el veneno de su propia conciencia goteó sobre el momento.
Un dolor punzante atravesó su corazón cuando, al verla tan feliz, recordó la manera tan vil en la que la había tratado la noche de su boda. Recordó el llanto de ella en la isla, la forma en que la llamó "mercancía" y cómo usó su cuerpo solo para demostrarle que él tenía el control. El contraste entre la Selene radiante que le servía el té y la Selene rota que él mismo había creado fue demasiado para su orgullo.
“Ella no sonríe por ti”, le susurró una voz oscura en su mente. “Sonríe porque es una excelente actriz. Sonríe porque sabe que cada gesto de dulzura asegura un poco más tu chequera. Es una Arismendi, Maximiliano. Te está manipulando como su padre manipuló a sus acreedores”.
La paranoia, alimentada por el hecho de saber que su unión nació de una transacción sucia, borró la admiración de su rostro. La calidez del sol se volvió un infierno. La sonrisa de Selene, que un segundo antes le pareció un regalo, ahora le parecía una burla, una máscara perfecta diseñada para burlarse de su debilidad.
En un arrebato de furia interna, Maximiliano tomó la taza de porcelana fina que ella acababa de llenarle. Sus ojos se volvieron dos rendijas de odio líquido. Selene, notando el cambio brusco en su energía, dejó de reír.
—¿Maximiliano? ¿Pasa algo? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Sin decir una sola palabra, él arrojó el contenido hirviente de la taza al piso de piedra, rompiendo la porcelana en mil pedazos. Selene soltó un grito ahogado, encogiéndose en su silla. Maximiliano se puso de pie, su sombra cubriéndola por completo, y salió de la casa sin mirar atrás, subiéndose a su auto para conducir a toda velocidad hacia el apartamento de Alessandra.
Ese recuerdo era la raíz de su tormento. Odiaba a Selene porque ella era el espejo de su propia bajeza. Odiarla era la única forma que tenía de no odiarse a sí mismo por haberla convertido en una esposa por contrato en lugar de conquistarla como un hombre de verdad.
Presente.
Maximiliano despertó de golpe, bañado en un sudor frío. La luz del amanecer entraba hiriente por las ventanas del despacho. El dolor de cabeza era insoportable, pero el dolor en su pecho, ese que evocó el sueño, era mucho peor.
Se puso de pie, tambaleándose un poco, y vio el anillo de Selene sobre el escritorio. La realidad lo golpeó como un balde de agua helada: ella ya no estaba en el jardín, ni en la habitación, ni en la mansión. Se había ido, llevándose consigo la única belleza real que habitaba en esas paredes de mármol.
El teléfono sobre el escritorio vibró. Era su investigador privado.
—Señor Valente, tengo algo. No es mucho, pero es una pista.
—Habla ya —exigió Maximiliano, su voz sonando como grava triturada.
—Detectamos un movimiento en una cuenta de ahorros menor a nombre de una tal "Elena Arismendi", una cuenta vieja que no se usaba hace años. Alguien retiró el máximo permitido en efectivo en un cajero automático cerca de la terminal de autobuses hace dos horas.
Maximiliano apretó el teléfono. Esa ciudad. Estaba lejos, pero no lo suficiente. Ella estaba intentando moverse hacia el occidente, tal vez buscando cruzar la frontera o esconderse en algún pueblo costero donde nadie conociera el apellido Valente.
—Prepara el helicóptero —ordenó Maximiliano, sintiendo que la rabia le devolvía las fuerzas—. Y llama a Roberto Arismendi. Dile que su hija se ha escapado y que, si no me ayuda a encontrarla, mañana mismo empezaré a ejecutar las garantías de su empresa. Quiero a ese hombre en mi oficina en una hora, rogando por su vida.
Maximiliano se miró en el espejo del despacho. Tenía los ojos rojos y la barba de un día, pero su expresión era la de un hombre que ha decidido que, si no puede tener el amor de su esposa, se conformará con su cautiverio.
—Me diste un té con veneno aquel día en el jardín, Selene —susurró, ajustándose la camisa con manos letalmente tranquilas—. Pensaste que podías hacerme sentir algo y luego dejarme vacío. Pero te equivocas. Voy a traerte de regreso, y esta vez, no habrá jardines, ni té, ni sonrisas. Solo habrá la realidad del contrato que juraste cumplir.
Salió del despacho con paso firme, dejando atrás el recuerdo del jardín. El Maximiliano que admiraba la belleza de Selene había muerto con el sueño; el Maximiliano que cazaba lo que le pertenecía estaba más vivo que nunca.