Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 16
Leonardo
Vale me miró, pidiendo ayuda con los ojos. Pero yo no podía ayudarla. Porque por primera vez en mi vida, mi madre estaba haciendo algo que nunca había hecho, escuchar a alguien.
Y yo quería saber qué iba a decir Vale. Quería saber cómo explicaría ella lo que habíamos vivido estos días. Quería saber si, como yo, también sentía que algo había cambiado entre nosotros.
—No hay mucho que contar, señora
dijo Vale, sentándose en el borde del sillón, con las manos sobre las rodillas, en esa postura que usaba cuando quería pasar desapercibida.
— Su hijo recibió dos bebés en su puerta el domingo, eso me dijo. No sabía qué hacer. Yo estaba de turno y le enseñé lo básico. Eso es todo.
—¿Eso es todo?
mi madre la miró con una intensidad que ya conocía.
— Porque mi hijo, que nunca se ha quedado en casa dos noches seguidas, lleva cinco días sin salir. Porque mi hijo, que nunca ha cocinado nada en su vida, tiene una olla en la cocina. Porque mi hijo, que no sabe el nombre de las personas que trabajan en su propio edificio, te ha presentado como Valeria. y te ha sujetado el brazo como si fueras a desaparecer si te soltaba.
—Mama...
intenté intervenir.
—Cállate, Leonardo
me interrumpió mi madre, sin mirarme.
— Que ella hable.
Vale se puso roja. No esa rojez leve que había tenido antes, sino una rojez profunda que le subió desde el cuello hasta las orejas.
—No hay nada entre nosotros, señora
dijo, con la voz más firme de lo que su cara dejaba ver.
— Yo solo hago mi trabajo. Y estos días, como su hijo necesitaba ayuda, me quedaba un poco más. Pero no es nada. No soy nadie.
—No eres nadie
repitió mi madre, con un tono que no me gustó.
— ¿Quién te ha dicho eso?
Vale no respondió. Pero yo vi cómo sus manos se apretaban sobre las rodillas, cómo sus nudillos se volvían blancos. Y algo dentro de mí se rompió.
—Mama
dije, con una voz que no reconocí, una voz más dura de la que había usado nunca con ella.
—Valeria es la razón por la que estos niños están vivos y sanos. Es la razón por la que yo no he perdido la cabeza. Es la razón por la que Tomas y Lucía tienen alguien que los cuide cuando yo no puedo. Así que por favor, no le preguntes quién le ha dicho que no es nadie. Porque yo te digo quién es, es la persona más importante en la vida de mis hijos. Y en la mía.
El silencio que siguió fue absoluto. Mi madre me miró con los ojos abiertos. Mi padre me miró con una expresión que no había visto nunca, sorpresa. Y Vale...
Vale me miró con los ojos llenos de lágrimas y una expresión que no supe descifrar. Miedo, quizá. O deseo. O las dos cosas.
—Leonardo
dijo, con la voz quebrada.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No puede ser verdad. No me conoces.
—Te conozco
me levanté del sofá y me arrodillé frente a ella, tomándole las manos entre las mías.
—Te conozco porque te he visto estos días. Te conozco porque llegas cada mañana a las ocho o antes, aunque no te toca, porque te quedas hasta tarde aunque nadie te lo pide, porque cocinas para mí aunque no es tu trabajo, porque cuidas a mis hijos como si fueran tuyos. Te conozco porque tienes miedo. Porque te han dicho toda la vida que no eres suficiente. Porque esperas que en cualquier momento te diga que te vayas. Pero no voy a hacerlo, Vale. No voy a hacerlo.
Una lágrima rodó por su mejilla. Luego otra. Y otra.
—Tus padres están mirando
susurró.
—No me importa.
—Leonardo...
—Vale
dije, apretando sus manos.
—No voy a dejar que te vayas. No voy a dejar que nadie te diga que no eres suficiente. Porque lo eres. Eres más de lo que nunca supe que necesitaba.
Detrás de mí, oí que mi madre se levantaba. Oí que le entregaba a Lucía a mi padre. Oí sus pasos acercándose.
—Valeria
dijo mi madre, y su voz era diferente ahora, más suave, más humana.
—Mi hijo es un imbécil. Lleva veintidós años siendo un imbécil, y yo pensaba que eso no iba a cambiar nunca.
—Mama...
—Pero estos dias
continuó, ignorándome.
—ha hecho algo que nunca había hecho. Ha crecido. Y tú has tenido que ver con eso. Así que no voy a preguntarte quién te dijo que no eres nadie. Porque a partir de ahora, eres alguien para esta familia. ¿Entiendes?
Vale levantó la vista hacia mi madre. Sus ojos estaban rojos, sus mejillas húmedas, y en su expresión vi cómo todas las defensas que había construido durante años empezaban a resquebrajarse.
—No quiero ser caridad, señora
dijo, con la voz quebrada pero firme.
—No quiero que me miren y piensen pobrecita, hay que ayudarla. Yo me ayudo sola. Siempre lo he hecho.
—No te estamos ofreciendo caridad
intervino mi padre, con una voz que no esperaba. Una voz grave, sí, pero sin el filo de antes.
— Te estamos ofreciendo... otra cosa.
No dijo qué. No hizo falta.
Porque en ese momento, Tomas, que había estado dormido en los brazos de mi padre, abrió los ojos y miró a Vale. Y con la determinación de quien sabe lo que quiere, estiró sus bracitos hacia ella.
—Ma ma ma ma ma
dijo.
No fue claro. Fue ese balbuceo que los bebés hacen cuando están aprendiendo a formar sonidos. Pero todos lo oímos. Todos.
Vale se quedó paralizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, y su mano tembló en la mía.
—No sabe lo que dice
susurró.
— Solo balbucea.
—Tal vez
dije, apretando su mano.
— Tal vez no.
Mi madre sonrió. Por primera vez en todo el día, sonrió de verdad, con esa sonrisa que yo había visto cuando era niño y hacía algo bien.
—Creo
dijo mi madre, con una calma que parecía absoluta.
—que tenemos mucho que hablar. Y creo que Valeria debería quedarse a comer.
—Señora...
—Vale
la interrumpió mi madre, usando mi nombre para ella.
—En esta familia, cuando alguien dice ma ma, se queda. Así que siéntate. Y cuéntame todo.
Vale me miró. Yo le sonreí, apreté su mano una última vez, y la solté.
Y por primera vez en estos largos días, sentí que el mundo empezaba a tener sentido.