Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 11: La voz de mi madre.
—Alamea.
No podía ser ella.
Habían pasado seis años desde la última vez que escuché la voz de mi madre y, sin embargo, la reconocí al instante. Sin dudas ni recuerdos borrosos, era la misma voz que me leía historias de niña, la que pronunciaba mi nombre con una suavidad que nadie más logró jamás imitar.
—¿Mamá? —el llamado salió apenas como un susurro.
La cámara continuaba sumida en la penumbra, iluminada únicamente por el fulgor de mis manos y los ojos plateados de Morvath. A mis pies, Killian permanecía de rodillas entre el metal inerte de las cadenas rotas.
—Alamea.
Esta vez, la voz pareció envolver el aire desde todas partes, resonando en las paredes de piedra. Di un paso instintivo hacia Morvath.
—¿Dónde estás?
De pronto, el espacio a mi alrededor pareció colapsar. Las sombras de la cámara se disolvieron en un destello cegador y el aire pesado del encierro fue sustituido por una ráfaga helada que me cortó la respiración. La piedra dio paso a la nieve crujiendo bajo pies frenéticos, y el silencio de la mazmorra se convirtió en el silbido del viento entre árboles despiadados.
Estaba allí, sumergida en la escena como una espectadora invisible.
En medio de la tormenta, vi a mi madre. Lucía más joven de lo que la recordaba, con el cabello agitándose desenfrenado al viento y un vestido manchado de una sangre densa que no era suya. Corría a ciegas entre los troncos oscuros, con el aliento volviéndose vapor y el pánico marcando cada uno de sus pasos. A lo lejos, sofocados por la ventisca, retumbaban gritos hostiles.
—¡Helena!
El plano cambió bruscamente, como un encuadre violento de luz y sombra. Mi madre cayó de rodillas sobre la nieve, hundiéndose frente a cripta ancestral esculpida con runas que brillaban tenue bajo la helada. A su lado, jadeando contra la superficie congelada, había un muchacho. Tenía el cabello oscuro pegado a la frente por el sudor y la cara salpicada de carmesí.
Era Killian, con rasgos mucho más jóvenes, mirando con terror la sombra que los acechaba.
El aire se extinguió. Con el estruendo seco de una marea rompiéndose, la visión saltó en pedazos y el frío invernal se disipó al instante.
Volví de golpe a la realidad de la cámara, tambaleándome por el impacto del cambio. El calor de mis propias manos me devolvió el tacto del presente.
—Lo vi... —murmuré, con la voz ahogada.
Killian levantó la cabeza muy despacio. La penumbra aún velaba sus facciones, pero sus ojos continuaban atrapados en una oscuridad sin fondo.
—¿Qué?
—A usted... —dije, fijando la mirada en él mientras el eco de la nieve aún resonaba en mis oídos—. Estaba con mi madre.
Ronan me miró desde la entrada, negando con la cabeza.
—Eso es imposible.
—Lo vi —insistí.
Killian intentó ponerse en pie, pero sus piernas cedieron. Me acerqué instintivamente para ayudarlo, pero un gruñido en su voz me detuvo en seco:
—No. No te acerques.
Mientras las marcas negras continuaban extendiéndose por su cuello, Morvath emergió a sus espaldas como una sombra gigantesca y pronunció una sola palabra: «Guardiana».
En ese instante, todo el sonido a nuestro alrededor pareció desvanecerse; solo existía el eco de aquel término resonando en mi mente.
—¿Qué significa? —pregunté.
Morvath inclinó la cabeza y murmuró: «Recuerda».
Una presión brutal me atravesó la frente y solté un grito antes de que el mundo se disolviera por completo.
De pronto, tenía doce años y me encontraba en el dormitorio de mi madre. La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas mientras ella cerraba apresuradamente una maleta.
—Mamá, ¿adónde vas?
Helena se volvió hacia mí con el miedo reflejado en el rostro. Jamás había tenido ese recuerdo en mi memoria, hasta ahora, ella simplemente había enfermado de forma repentina, pero esto había sucedido antes.
Se arrodilló frente a mí y me tomó del rostro con ambas manos.
—Alamea, necesito que me escuches. Algún día alguien vendrá a buscar lo que llevas dentro.
—No entiendo...
—Lo sé —dijo en un suspiro.
Extrajo un colgante escondido bajo su vestido —una piedra blanca abrazada por delicadas ramas de plata— y lo colocó alrededor de mi cuello.
—Nunca se lo enseñes a nadie.
—¿Ni a papá?
Helena vaciló un instante antes de responder:
—Solo a él.
Un ruido resonó en el exterior y mi madre palideció. Apoyó la frente contra la mía mientras las lágrimas asomaban a sus ojos.
—Si alguna vez ves al lobo negro, no tengas miedo —susurró.
Sintiendo que el corazón se me detenía, pregunté:
—¿Qué lobo?
Ella sonrió con tristeza.
—Él te recordará.
La visión se quebró de golpe.
Desperté sin saber cuánto tiempo había transcurrido, sostenida en los brazos de Killian. Las antorchas volvían a iluminar la estancia y a lo lejos se escuchaba a Ronan hablando con alguien, aunque sus voces me llegaban distorsionadas.
—Alamea —murmuró Killian.
Abrí los ojos por completo. Sus pupilas habían recuperado ese tono gris habitual y las marcas negras de su piel habían retrocedido hasta ocultarse bajo su pecho.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
—Eso mismo quería preguntarte yo —contestó.
Intenté incorporarme y busqué a mi alrededor.
—Morvath... —dije al notar que el lobo ya no estaba—. Lo escuché.
Killian se tensó al instante.
—¿Qué dijo?
—Me llamó Guardiana.
Al oír la palabra, Ronan interrumpió su conversación de golpe. El pesado silencio que se apoderó del lugar fue más que suficiente para confirmar que esa palabra guardaba un significado oculto.
—Saben qué significa —afirmé, mirándolos a ambos.
Killian me ayudó a sentarme con cuidado.
—Conozco el término.
—Entonces explíquenlo.
—No aquí.
Solté una risa amarga.
—Estoy empezando a odiar esa respuesta.
Al intentar ponerme en pie, las piernas me temblaron, pero Killian me sostuvo firme con la mano en mi cintura.
—Despacio —advirtió.
En ese momento lo recordé y bajé la mirada hacia su pecho. Las marcas oscuras habían retrocedido muchísimo más que la vez anterior.
—Sus marcas... ¿qué fue lo que hice?
Killian siguió la dirección de mi mirada y negó levemente:
—No lo sé.
Ronan se acercó a nosotros con paso decidido.
—Yo sí sé lo que vi.
Ambos alzamos la mirada hacia él.
—Cuando las cadenas se rompieron, Morvath estaba tomando el control —explicó—. Killian ya no podía detenerlo.
—Gracias por la confianza —murmuró mi esposo con ironía.
Ronan lo ignoró por completo y continuó mirándome:
—Fue entonces cuando comenzaste a brillar.
—¿Brillar? —repetí, incrédula.
—Completamente.
Magnífico. Ahora resultaba que también brillaba.
—¿Y después?
Ronan me contempló como si aún le costase asimilar lo ocurrido.
—Morvath se sometió.
Aquella palabra me provocó un escalofrío incomodo.
—Ya se había arrodillado ante mí anteriormente.
—Esto fue diferente —intervino Killian mientras se ponía en pie con evidente cansancio—. Basta por esta noche.
—No —lo interrumpí.
Ambos se giraron a mirarme.
—Mi madre me dijo algo.
Killian se quedó inmóvil en el acto.
—¿En la visión?
Asentí y llevé una mano a mi cuello. Durante años había creído que aquel colgante era solo un recuerdo ordinario que mi padre me había permitido conservar tras la muerte de mi madre. Siempre lo llevaba bien oculto bajo la ropa, pero esta vez tiré de la cadena y dejé al descubierto la piedra blanca.
La reacción de Killian fue inmediata.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Era de mi madre.
Ronan soltó una maldición entre dientes.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Sin llegar a tocar mi piel, Killian sujetó el colgante con cautela para examinarlo. Las finas ramas plateadas rodeaban la piedra formando una silueta similar a una corona.
—He visto este símbolo —murmuró.
—¿Dónde?
Killian alzó la mirada, fijando sus ojos en los míos.
—En Vhalen.
Un frío glacial se instaló en el fondo de mi pecho.
—Mi madre me lo entregó antes de marcharse —revelé—. Me dijo que si algún día veía al lobo negro, no debía tener miedo.
Killian soltó lentamente la joya.
—Ella sabía que Morvath despertaría.
—Y también dijo que él me recordaría.
Ronan y Killian cruzaron una mirada cargada de gravedad.
—¿Qué me están ocultando? —exigí saber.
Killian dejó salir un suspiro profundo.
—Las Guardianas aparecen en los textos más antiguos del Norte, mucho antes de la existencia del Imperio o de los Valtheris, mi familia.
—¿Y qué hacían?
—Controlaban los vínculos entre los hombres y las criaturas antiguas.
Dirigí la mirada hacia el rincón donde antes se erguía la sombra de la bestia.
—¿Como él?
—Como él.
En ese instante, sentí cómo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar bruscamente: el pasado de mi madre en Vhalen, la presencia de Morvath, las marcas oscuras en la piel de Killian... y yo en medio de todo.
—¿Mi madre era una Guardiana? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
—Eso parece.
—Entonces... ¿qué soy yo?
Killian me sostuvo la mirada con aplomo:
—Su heredera.
Las palabras me dejaron sin aliento. Había pasado mi vida entera preparándome para ser emperatriz, estudiando política, historia, idiomas y leyes. Nadie en todo ese tiempo se había molestado en mencionar que por mis venas corría la sangre de una estirpe capaz de dominar a criaturas ancestrales.
—Necesito beber algo —murmuré, abrumada.
Ronan asintió con un gesto seco.
—Finalmente una reacción razonable.
Killian me acompañó hacia la salida, guiándome con suavidad. Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral, me detuve al ver las cadenas rotas sobre el suelo.
—Espere... —dije, girándome hacia él—. Mencionó que esto le ocurre en cada luna nueva... ¿y que cada vez empeora?
Killian guardó silencio, pero su mirada lo dijo todo.
—Sin embargo, esta vez se detuvo en cuanto intervine.
—Así es.
Lo observé detenidamente mientras la verdad se abría paso en mi mente: Killian no me había traído al Norte solo por curiosidad sobre mi origen. Pensaba que yo podía detener su maldición.
Quizá incluso creía que podía salvarlo.
En ese instante, una voz rasposa volvió a deslizarse en el fondo de mi conciencia. Era Morvath, con un hilo de voz mucho más débil pero inconfundible:
«No salvar».
Me quedé paralizada. Killian notó mi rigidez y se volvió de inmediato:
—¿Qué ocurre?
Antes de que pudiera responder, la última palabra de la criatura resonó en mi mente, dejándome sin aire:
«Despertar».
Tragué saliva y miré a Killian a los ojos.
—Nada.
Por primera vez, supe que le estaba mintiendo de forma deliberada. Morvath no buscaba que yo librara a Killian de su tormento; lo que realmente quería era que despertara algo en su interior.
Y comenzaba a temer que ese "algo" fuera exactamente lo mismo que una vez redujo Vhalen a cenizas.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰