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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:158
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. La fecundación salió bien. Usaron el semen equivocado

—¿Se equivocaron de... semen?

—¿Estoy embarazada de otro hombre?

Elena Salazar estaba de pie frente al escritorio del doctor Linares. No podía creer lo que acababa de oír.

—Sí. En nombre del hospital, le ofrezco nuestras más sinceras disculpas... —Al médico le perlaba el sudor en la frente. Mantenía la mirada baja y no dejaba de disculparse.

De pronto, todo empezó a darle vueltas. La vista se le oscurecía por momentos.

—El hospital y yo estamos dispuestos a indemnizarla con un millón. También le devolveremos el costo íntegro del tratamiento de fecundación in vitro. ¿Le parece aceptable? —preguntó él, con el rostro lleno de culpa.

—¡No quiero su dinero! —lo interrumpió Elena. Tenía los ojos enrojecidos—. ¡Quiero un hijo de Nicolás y mío!

Un mes antes, su prometido, Nicolás Rivas, había sufrido un grave accidente de tránsito cuando iba a verla. Su vida pendía de un hilo.

Sus padres le habían suplicado que no dejara a la familia Rivas sin descendencia.

Destrozada por la pena y la culpa, Elena había aceptado someterse a una fecundación in vitro con el semen que Nicolás había dejado congelado.

¿Quién habría imaginado que todo terminaría en aquel error absurdo?

¿Cómo iba a mirar a los padres de Nicolás, consumidos por el dolor?

¿Y cómo iba a enfrentarse a él, si algún día despertaba? Quizá ni siquiera llegara a hacerlo.

La rabia, el dolor y la sensación de estar viviendo una pesadilla la arrasaron como una ola.

Temblaba de pies a cabeza.

—No. Voy a interrumpir este embarazo y a repetir el tratamiento.

Apenas terminó de decirlo...

¡Bam!

La puerta del consultorio se abrió de golpe, con una fuerza que no admitía resistencia.

El corazón de Elena dio un vuelco. Miró hacia la entrada.

Había un hombre en el umbral.

Era muy alto. Un traje oscuro de corte impecable enmarcaba su cuerpo esbelto y erguido.

Tenía las facciones marcadas y una expresión severa. Pero lo más intimidante eran sus ojos, afilados como cuchillas.

Su mirada la recorrió con la seguridad de quien estaba acostumbrado a mandar. Parecía capaz de leerle hasta los pensamientos.

El doctor Linares se apresuró a recibirlo. Nunca había sonado tan respetuoso ni tan cauteloso.

—Señor Montenegro. Ya está aquí.

Alejandro Montenegro asintió apenas y fijó los ojos en Elena, que aún los tenía rojos.

Se acercó a ella. Sus zapatos resonaron sobre el piso con pasos firmes y medidos.

La presión de su presencia llenó el consultorio. Elena contuvo el aliento sin querer y encogió ligeramente los dedos.

Él se detuvo tan cerca que pudo percibir el aroma fresco a cedro que desprendía.

—Alejandro Montenegro —se presentó. Su voz era grave y agradable, pero carecía de calidez—. Soy el padre biológico del bebé que llevas. Quiero que lo tengas.

Aunque mantenía las formas, seguía imponiéndose sobre ella con una autoridad asfixiante.

Elena sofocó la inquietud y aquella extraña agitación que le provocaba. Respondió con firmeza:

—Imposible. No voy a tener un hijo para un desconocido.

—Cien millones de dólares.

Alejandro ignoró su negativa. Hablaba con la tranquilidad de quien comentaba el clima.

—Como compensación por dar a luz. El niño se quedará conmigo. Después, quedarás libre de todo compromiso.

A Elena se le cortó la respiración.

Había supuesto que aquel hombre era alguien importante, pero la cifra la golpeó mucho más de lo que habría imaginado.

Ningún rico corriente podía prometer semejante cantidad con tanta facilidad.

Ante su mirada desconcertada, Alejandro le tendió una tarjeta.

Sobre el papel negro solo había unas palabras en letras doradas: «Alejandro Montenegro. Director general del Grupo Zeus».

El Grupo Zeus.

Aquel gigante cuyos productos llegaban a todos los rincones del planeta y que dominaba la tecnología más avanzada.

Una sola decisión suya podía sacudir sectores enteros e incluso alterar el rumbo de la economía mundial.

Y el hombre que lo había llevado hasta allí era precisamente aquel misterioso director que, desde que asumió el cargo cinco años antes, había transformado el grupo con mano de hierro sin aparecer nunca en público.

¡Alejandro Montenegro!

Así que era él. Con razón su nombre le resultaba familiar.

Para un hombre así, cien millones eran una cantidad insignificante.

De no haber sido por aquel error médico, probablemente jamás habría conocido a alguien tan por encima de su mundo.

Y ahora... estaba embarazada de él.

Pero eso no cambiaba nada.

El dinero no podía sustituir lo que sentía por Nicolás.

—No acepto. —No alzó la voz, pero cada palabra salió clara y firme—. No hay dinero suficiente para comprar mi vida.

Algo se movió, apenas, en los ojos de Alejandro. Parecía sorprendido. Sin embargo, no se enfadó.

Le tendió otro documento.

—Tu organismo presenta una condición particular. Interrumpir este embarazo te causaría un daño considerable. Aunque repitieras la fecundación in vitro, las probabilidades de éxito serían prácticamente nulas. Además, es muy posible que perdieras para siempre la capacidad de tener hijos.

—¿Qué? —Elena levantó la cabeza de golpe. El pánico le llenó los ojos—. ¿Falsificaste este informe para obligarme a seguir con el embarazo?

—Puedes pedir una segunda opinión en cualquier centro de prestigio. —Su mirada no vaciló—. El resultado será el mismo.

La absoluta seguridad de su voz le desató una punzada de miedo.

En ese instante, el teléfono sonó dentro de su bolso. El timbre agudo quebró la tensión.

Era la madre de Nicolás.

En cuanto Elena contestó, la mujer habló atropelladamente, con la voz ahogada por la emoción:

—Elena, ¿dónde estás? ¡Vuelve enseguida! Nicolás despertó... ¡Despertó!

Su mente quedó en blanco. Un segundo después, la alegría y el desconcierto lo invadieron todo.

Se dio la vuelta para salir corriendo, pero una mano grande, cálida y seca le sujetó la muñeca con firmeza.

Alejandro la miró a los ojos, todavía distante y correcto.

—Señorita Salazar, entiendo cómo te sientes. Respetaré la decisión que tomes, pero debes comunicármela. Soy el padre del niño. Tengo derecho a saber qué va a pasar.

Elena solo podía pensar en Nicolás, despierto al fin en aquella cama. No tenía fuerzas para discutir.

Retiró la mano de un tirón.

—¡Ya entendí!

Salió del consultorio sin mirar atrás.

Corrió hasta la habitación de Nicolás. Ya iba a abrir la puerta cuando un sollozo dulce y delicado la dejó clavada en el sitio.

—Nico, he venido a cuidarte todos los días de este mes. Tenía tanto miedo de que no volvieras a despertar...

¡Era Valeria! ¡Su media hermana!

Un frío helado le subió desde los pies hasta la cabeza. Elena miró por la rendija de la puerta...

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