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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:526
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21. La hija de los Montes que cambiaron al nacer

La pregunta le heló el corazón. También la hizo despertar del todo.

Lo habían preparado de antemano. Todos estaban de acuerdo.

Y todo porque había amado a un hombre al que nunca debió amar.

Se arrodilló y se aferró a los barrotes helados, desesperada.

Si pudiera volver atrás, Adrián, preferiría no haberte conocido nunca…

Lucía jamás imaginó que llegaría viva al día de salir de prisión.

Quizá los medicamentos que Gabriel le hacía llegar habían logrado frenar el tumor. O quizá era demasiado fuerte su deseo de encontrar al bebé que le habían arrancado con aquel parto forzado. El caso era que, contra todo pronóstico, había sobrevivido.

El día que salió de prisión había sol y una brisa suave. Nada de eso podía borrar el dolor y la oscuridad que llevaba dentro desde hacía tres años.

Más de mil días y noches de tormento le habían dejado marcas imborrables en el cuerpo y en el alma.

Vio a Gabriel y a Natalia acercarse a toda prisa. Al verla tan delgada y con los ojos vacíos, su amiga la abrazó con fuerza. —No tengas miedo, Lu. A partir de ahora vas a estar conmigo.

Una tristeza inmensa le llenó el pecho. Todavía quedaba alguien en el mundo que la quería.

A Gabriel le dolió verla tan consumida y apagada. Se llenó de culpa y arrepentimiento.

No dejaba de pedirle perdón. Si no hubiera estado en el extranjero cuando la detuvieron, ella no habría tenido que enfrentarlo todo sola.

Al menos habría podido conseguirle un abogado.

Lucía miró sus ojos llenos de culpa. —Gracias, Gabriel. No tienes que disculparte. No me debes nada.

Quienes le debían eran aquella víbora de Valeria y el hombre sin corazón al que se había aferrado durante doce años.

Después de que pudiera asearse y arreglarse un poco, Gabriel la llevó enseguida con el doctor Nicolás Sanz para una revisión completa.

Al recibir los resultados, el médico la miró, sorprendido y contento. —No imaginé que el medicamento que desarrollé funcionara tan bien para frenar el crecimiento y el avance del tumor.

—¿Entonces ya puede operarla? —preguntó Gabriel, con una urgencia que dejaba ver cuánto le importaba.

Nicolás frunció el ceño y negó. —El riesgo sigue siendo alto. No podemos operar sin más. Que continúe con el medicamento. Repetiremos los estudios dentro de un tiempo y decidiremos.

Gabriel se decepcionó. Lucía, en cambio, ya se sentía muy afortunada.

—Gracias, doctor. Gracias, Gabriel. Sin ustedes no estaría aquí. Haber llegado viva hasta hoy ya es más de lo que esperaba.

—No digas tonterías. —Gabriel la miró muy serio y le tomó los hombros—. No voy a dejar que te pase nada.

Al oírlo, Lucía vio un sentimiento especial en el brillo de sus ojos.

Era un hombre extraordinario. Por su familia, su aspecto y su manera de ser, estaba entre los mejores.

Merecía una mujer mejor. No una como ella, que había estado casada, había pasado por prisión y quizá estaba cerca de morir.

No se sentía digna.

Tampoco quería enredarse sentimentalmente con él.

Al salir del hospital, Natalia insistió en llevarla a un salón de belleza. Necesitaba cambiar de imagen y empezar de nuevo, dijo.

No hubo forma de hacer cambiar de idea a Natalia. Lucía aceptó.

Sentada frente al espejo, miró sin expresión cómo el estilista cortaba su cabello reseco y de puntas abiertas, mechón a mechón. Era como ver hacerse pedazos aquellos quince años de amor y obsesión por Adrián, junto con los días hermosos que habían compartido a la orilla del mar.

Todo había terminado en el instante en que él mandó que le quitaran a su bebé en prisión. Ya no había vuelta atrás…

Unas horas después, a Natalia se le iluminó la mirada al verla. —Lu, con esa cara deberías entrar a un concurso de belleza.

A Lucía no le importaba ser bonita o fea. Se miró con el cabello corto y apenas se reconoció. Mejor así. Aquella desconocida le permitía sentir que empezaba otra vida.

Al día siguiente compró fruta y los bocadillos favoritos de su abuelo. Fue al hospital psiquiátrico.

Entró directamente a su habitación. El paciente de aquella cama no era Esteban.

Fue a preguntar a recepción. En cuanto dijo que era familiar suyo, la enfermera cambió de mirada y le habló con mal tono. —¿Usted es la nieta del señor Luna? ¿Así se preocupa por su familia? Murió hace casi tres años. ¿Qué viene a hacer aquí? Vaya a la funeraria. Ahí están sus cenizas.

La fruta se le cayó de las manos y golpeó el suelo.

Se quedó inmóvil, con los ojos abiertos y vacíos. Un dolor asfixiante le recorrió de golpe todo el cuerpo.

Había creído que el corazón se le había muerto, que estaba tan entumecido que ya no sentiría dolor. Pero aquello la asfixiaba. No conseguía respirar.

Su abuelo había muerto.

¡Hacía tres años!

Y ella ni siquiera había podido despedirse.

Fue enseguida a la funeraria. Le entregaron las cenizas de Esteban y las pertenencias que había dejado.

Aquella tarde de principios de invierno comenzó a lloviznar.

Lucía se arrodilló bajo la lluvia, abrazada a la urna de su abuelo. Las lágrimas le desbordaron los ojos hasta borrárselo todo.

El dolor y el arrepentimiento eran tan profundos que no había manera de repararlos.

Natalia llegó, la abrazó y lloró con ella. —No llores, Lu. Ya pasó. Todo quedó atrás.

Con su ayuda, Lucía consiguió una sepultura para su abuelo.

Después de despedirse de él, regresó al hospital para preguntar de qué había muerto. La enfermera respondió sin darle importancia: —De viejo.

¿De viejo?

Algo no encajaba. La última vez que lo vio antes de entrar en prisión, Esteban tenía buen ánimo. ¿Cómo había muerto tan de repente?

Tenía dudas, pero sin pruebas no podía cuestionar nada.

Entre las pertenencias de su abuelo encontró un collar con un pequeño dije de jade en forma de mariposa. Llevaba grabado su nombre de nacimiento: Lucila.

Pensó de inmediato que su abuelo lo había preparado para ella. El corazón le dolió. Se lo puso entre lágrimas, como si así él siguiera acompañándola.

Después de tres años encerrada, a Lucía le costaba seguir el ritmo de los cambios del mundo.

Necesitaba encontrar trabajo cuanto antes. Pero nunca dejaba de pensar en el bebé que le habían quitado al nacer.

Fue con su currículum a una entrevista en una empresa nueva. Al llegar a la entrada, vio a Valeria bajar de un auto de lujo.

Tenía aquel rostro grabado a fuego: lo reconocería en cualquier parte.

Apretó los puños. Sintió un impulso repentino, pero entonces oyó a unos empleados. —Qué envidia me da Valeria. Ahora es la hija de los Montes y encima va a casarse con Adrián Beltrán. ¡Qué habrá hecho de bueno en otra vida para tener tanta suerte!

El corazón se le hundió.

Preguntó y supo algo más. Según le contaron, Valeria no era hija biológica de los Suárez. Era la niña de los Montes que habían cambiado por error veintiocho años atrás. La hija de Inés Vidal.

Tres años antes había pasado de una familia acomodada a ser la hija de una de las cuatro grandes familias de Puerto Real. Además, decían que hacía dos años le había dado a Adrián un niño prematuro, nacido a los siete meses. Tanto los Montes como los Beltrán la trataban como a una joya.

También la sorprendió que apenas fueran a casarse. Había creído que Adrián habría corrido a casarse con su amada en cuanto ella entró en prisión.

Pero todavía no lo habían hecho.

La entrevista salió bien y la contrataron. Aun así, pensar que Valeria era ahora la hija de Inés le provocaba un malestar difícil de explicar.

Quiso saber más y buscó en internet. En las redes de Valeria encontró una foto de un niño de unos dos años. Tenía los ojos y las cejas casi idénticos a los de Adrián.

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Paola Garcia
mala novela no tiene ni forma de nada siempre lo mismo ella llevando palo y palo y toda Ia casada no me gustó o tiene nada de coherencia y ley hasta el capítulo 35
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