Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 2
Capítulo 2. Iba a recuperar lo que le debían
Camila no alcanzó a apartarse. El jugo le empapó la cara y la ropa.
El personal de la casa corrió a ayudarla.
—¡Nicolás Ferrer! —gritó Daniel.
El niño se asustó y salió disparado hacia las escaleras. Daniel iba a seguirlo, pero Beatriz lo detuvo.
—Es un niño. No lo trates con violencia. Yo voy a hablar con él.
Miró de reojo a Camila, pareció a punto de decir algo y finalmente subió sin añadir una palabra.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Estás bien? Déjame ver.
Camila ya se había secado cuando él intentó tocarle la cara.
—No me toques. Qué asco.
La frase le salió antes de poder contenerla.
Daniel creyó que se refería al jugo derramado.
—A mí no me importa que estés sucia. Me preocupa que te haya lastimado. Si hubiera sabido que Nico iba a portarse así, no te habría dejado toda la responsabilidad.
Camila sonrió sin alegría.
—Claro. Su madre biológica lo haría mucho mejor. Lástima que esté muerta, ¿verdad? Yo, por lo visto, no sirvo para esto.
La expresión de Daniel se endureció un instante.
—¿Qué dices? Lo adoptamos juntos. Tú eres su mamá.
Le acarició el cabello antes de que ella pudiera apartarse.
Camila apenas soportó el contacto.
En cuanto entró en su habitación, fue a ducharse. Daniel la buscó poco después para insistir en que Beatriz se quedara.
Decía querer su opinión, pero Camila sabía que la decisión ya estaba tomada. Ellos eran los verdaderos esposos. Ella solo ocupaba un lugar prestado.
—Estamos en una etapa decisiva para salir a bolsa —explicó él—. Nico necesita atención y yo te necesito en la empresa. Beatriz es especialista en crianza. Ya viste cómo le hace caso...
—Está bien. Que se quede.
No quería seguir escuchándolo.
—Sabía que lo entenderías. Siempre piensas en todos.
Daniel se levantó para rodearle la cintura. Camila giró de inmediato y le puso el celular delante.
En la pantalla se veía una residencia con vistas al agua, en el distrito financiero. La zona era todavía más cara que aquella donde vivían.
—¿Qué te parece esta casa?
—Es preciosa. Ahí cada metro vale una fortuna.
—Cumplo años el mes que viene y me gusta mucho. ¿Me la regalarías?
Camila le sonrió y procuró hablar con dulzura.
Daniel le había robado dos años. También le había costado su carrera.
Para ayudarlo, ella había rechazado la oportunidad de seguir estudiando y varias ofertas de empresas importantes. Entró al pequeño negocio familiar y lo sacó de la crisis. En unos meses, si lograba salir a bolsa, la fortuna de Daniel podía llegar a los diez mil millones de pesos.
Ella, en cambio, seguía sin tener nada.
No pensaba irse con las manos vacías después de que terminaran de exprimirla.
Daniel siempre decía que le daría cualquier cosa que estuviera a su alcance. Camila casi nunca pedía nada.
Él vaciló.
—¿Por qué quieres otra casa? ¿No estás a gusto aquí?
—Sí, pero esta tiene más posibilidades de aumentar su valor. Además, cuando la empresa salga a bolsa podríamos organizar cenas para los socios. Te vendría muy bien.
La explicación disipó sus dudas.
Hasta para elegir un regalo, Camila pensaba en él. Daniel sintió una punzada de culpa.
—Contigo a mi lado tengo todo lo que necesito.
Volvió a acercarse para abrazarla. Ella retrocedió.
—Pero te estoy pidiendo un regalo de cumpleaños. No me digas que no quieres gastar en mí.
Lo dijo en tono de broma.
Había algo distinto en ella aquella noche. Daniel la encontró especialmente atractiva.
—¿Cuánto cuesta?
—No tanto. Setenta millones.
La sonrisa de él se congeló.
No quería parecer tacaño, pero era muchísimo dinero. Aun así, necesitaba tenerla contenta durante la preparación de la salida a bolsa.
—Está bien. Si te gusta, te la compro.
Llamó a Finanzas delante de ella.
Esa misma noche llegaron setenta millones de pesos a la cuenta personal de Camila. A petición suya, la transferencia llevaba un concepto: «Regalo para la casa de Cami. Feliz cumpleaños».
Su saldo pasó de ciento cincuenta mil a setenta millones ciento cincuenta mil pesos.
Desde su supuesta boda, Camila había dejado las finanzas en manos de Daniel. El dinero que conservaba era lo que había ahorrado trabajando mientras estudiaba.
En dos años en la empresa no había cobrado un solo sueldo.
A la mañana siguiente, al salir de su habitación, encontró a Daniel con un delantal, riendo con Beatriz en el comedor. Nicolás los seguía de un lado a otro, dócil como Camila jamás lo había visto.
La escena familiar terminó en cuanto ella apareció.
Beatriz retiró la mano que tenía sobre el hombro de Daniel. Él fue a recibir a Camila.
—¿Ya despertaste? Preparé el desayuno. Ven a probarlo.
La mesa estaba llena.
Daniel casi nunca desayunaba y, teniendo personal en la cocina, no se molestaba en preparar nada. Aquella mañana había cambiado el desayuno sencillo de siempre por huevos, tostadas y varias especialidades de repostería.
Camila sabía para quién se había tomado tantas molestias.
—¿Todo es de lo que te gusta, Beatriz?
—Sí. Daniel temía que no me acostumbrara a lo que comen aquí. Hay pocos hombres tan atentos. Tienes mucha suerte de estar casada con él.
La mujer sostuvo su mirada con una satisfacción apenas disimulada.
—Es verdad. Daniel es muy atento conmigo. Y con todas las mujeres.
—No exageres, Cami —se apresuró a decir él.
Parecía una broma entre esposos. Beatriz dejó de sonreír.
Nicolás lo notó. Cuando Camila fue a servirse el último huevo, el niño lo cubrió de salsa oscura. Apretó tanto la botella que también le manchó la mano.
—¡Nico! ¿Qué estás haciendo? —exclamó Daniel.
Beatriz le tendió una servilleta a Camila y habló enseguida con el niño.
—Aunque ya no tengas hambre, no debes desperdiciar comida. Mira, sin querer manchaste a tu mamá. Pídele perdón.
Nicolás puso los ojos en blanco.
—Perdón.
Lo dijo con la barbilla en alto, sin el menor arrepentimiento.
Camila se limpió la mano. Beatriz acababa de convertir una agresión deliberada en un accidente sin importancia.
—Ya terminaste. Ve a tu cuarto —le indicó la mujer, sin esperar la respuesta de Camila.
—Un momento.
Camila se levantó, sujetó al niño y lo llevó hasta la pared.
—Quédate quieto.
—¡Suéltame, bruja!
Él forcejeó. Acostumbrada a sus arrebatos, Camila le inmovilizó los brazos y lo puso contra la pared. Tomó una vara fina de un arreglo decorativo y le dio varios golpes en las nalgas.
Nicolás rompió a llorar.
—¡Camila! ¿Qué haces? ¡Ya te pidió perdón! —Beatriz corrió a detenerla—. ¿De verdad tienes que tratarlo así?
—Beatriz, Nicolás es mi hijo. Soy su madre y me corresponde educarlo. ¿Por qué lo defiendes con tanta desesperación? Cualquiera diría que su verdadera madre eres tú.
Camila no se detuvo de inmediato. El niño recibió algunos golpes más.
Beatriz palideció y apretó los dedos contra las palmas.
—Solo digo que es pequeño... Tampoco hizo algo tan grave.
—Si no corrijo esto ahora, de grande hará cosas peores. Yo no soy una experta en crianza como tú. Si no lo pongo en su sitio, no hay forma de que me haga caso.
Beatriz se quedó sin respuesta. No podía reclamar al niño como suyo sin dejar al descubierto la mentira.
Daniel también estaba sorprendido. Camila lo había reprendido otras veces, pero nunca le había pegado.
Sabía que Nicolás se había pasado. Aun así, ante la mirada angustiada de Beatriz, se acercó y sujetó a Camila de la muñeca.
—Ya basta. Fue suficiente.
Ella dejó caer la vara.
Nicolás se escondió detrás de Beatriz, llorando sin poder recuperar el aire. La mujer lo abrazó y le acarició la espalda, furiosa y en silencio.
—Escúchame bien, Nicolás —dijo Camila—. Mientras estés a mi cargo, no vas a agredirme ni a insultarme. Si vuelves a hacerlo, volveré a usar la vara. Que no se te olvide.
Camila sonreía, pero el niño dejó de llorar al oírla. Hasta Daniel se quedó paralizado.
Ella salió del comedor.
Daniel iba a seguirla cuando Beatriz lo tomó de la mano.
—Daniel...
Tenía los ojos llenos de reproche.
Había confiado en el amor que él le profesaba. Por eso podía mostrarse paciente y generosa con Camila. Pero acababa de ver cómo aquella mujer golpeaba a su hijo y se burlaba de ella sin que pudiera hacer nada.
El abuelo de Daniel había sido quien intentó separarlos. Daniel todavía estudiaba y no tenía poder para enfrentarlo. Beatriz casi perdió su empleo; al final tuvo que dejar la universidad y dedicarse a asesorar a familias sobre crianza.
Daniel buscó entonces a una novia que le sirviera de fachada.
Beatriz le había preguntado por qué eligió a Camila.
Primero, le explicó él, porque era hermosa. Su familia no encontraría extraño que se enamorara de ella.
Después investigó y descubrió el resto: era huérfana, no tenía a nadie que la defendiera y destacaba en la carrera de Finanzas. Varias empresas importantes querían contratarla.
También podía resultarle útil en los negocios.
Para tranquilizar a Beatriz, Daniel se casó con ella en secreto poco después de empezar a salir con Camila. Así, el patrimonio que él adquiriera durante el matrimonio también formaría parte de la vida que construía con Beatriz.
Le prometió que haría pública su relación cuando heredara el negocio familiar y pudiera decidir sin depender de los demás.
Camila solo era una herramienta.
¿Y ahora se atrevía a humillarla dentro de su propia casa?
Daniel estrechó a Beatriz entre sus brazos un instante. Le dolía verla así, pero todavía no podía enfrentarse a Camila.
La soltó y salió a buscarla.