Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
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**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Rutina 1
La noticia de la reunión llegó a la familia Parisi antes de que Catarina pudiera terminar de quitarse los guantes.
Gian Carlo fue el primero en enterarse.
Después lo supieron Paolo y algunos de los demás familiares.
Al principio, la reacción fue de sorpresa.
Catarina había preparado una propuesta comercial.
Había visitado al duque.
Había mantenido una reunión formal.
Y, según el administrador que había acompañado parte de la negociación, el encuentro había sido productivo.
Eso era positivo.
Muy positivo.
El problema era que el duque Rossi no era un noble cualquiera.
Era el hombre del que Catarina había estado enamorada durante años.
Y todos lo sabían.
O, al menos, conocían lo suficiente de sus antiguos sentimientos como para considerar sospechosa aquella nueva iniciativa.
—¿Has estado a solas con el duque Rossi?
Catarina levantó la vista.
—Estuvimos en su oficina hablando de negocios.
—¿Solos?
—Su administrador estaba cerca y entraron otras personas durante la reunión.
Su prima intercambió una mirada con otra de las jóvenes.
—Catarina...
Ella dejó los cubiertos.
—¿Qué?
—Sabes que está casado.
Catarina parpadeó.
[¡Por todos los cielos, aquí vamos!].
—Por supuesto que lo sé.
—Y también sabes que estuviste enamorada de él.
—Eso también lo sé.
Su prima pareció desconcertada por la tranquilidad de sus respuestas.
—Entonces, ¿por qué has decidido empezar a visitarlo ahora?
Catarina podría haber inventado una excusa.
Podría haber asegurado que sus sentimientos habían desaparecido por completo.
Podría haber dicho que solo le interesaba el negocio.
Pero no quería que su familia creyera que estaba intentando acercarse a Enzo para destruir su matrimonio.
Así que eligió sus palabras con cuidado.
—Porque considero que los negocios de ambas familias podrían beneficiarse de una colaboración. Eso es todo.
—¿Y tus sentimientos?
Catarina permaneció en silencio durante un instante.
Después sonrió suavemente.
—Estoy aprendiendo que puedo tener sentimientos por alguien sin convertir esos sentimientos en el centro de mi vida.
La mesa quedó en silencio.
Sus primas la observaron con sorpresa.
Catarina continuó..
—El duque está casado. No tengo intención de interferir en su matrimonio ni de obligarlo a sentir algo por mí. Quiero trabajar en algo que considero útil y, si alguna vez llego a enamorarme de otra persona, espero que sea porque ambos lo deseamos.
Se encogió de hombros.
—Hay muchos hombres en este mundo. No necesito que uno en particular me ame para ser feliz.
Aquello era verdad.
Una verdad que la Catarina original quizá nunca había logrado comprender.
La joven que ahora ocupaba su cuerpo había decidido que no pasaría el resto de su vida esperando a que un hombre la mirara.
Podía enamorarse.
Podía ilusionarse.
Podía incluso sufrir una decepción.
Pero no volvería a convertir su felicidad en una recompensa que dependiera de la aprobación de otra persona.
Su prima bajó la mirada.
—Solo nos preocupa que salgas herida.
La expresión de Catarina se suavizó.
—Lo sé. Y agradezco que se preocupen por mí.
Extendió una mano y apretó suavemente la de su prima.
—Pero estoy bien. De verdad.
Su familia no quedó completamente convencida.
Era comprensible.
Desde su punto de vista, Catarina había pasado años suspirando por el duque Rossi y ahora, de repente, pretendía establecer negocios con él.
La coincidencia era demasiado conveniente.
Sin embargo, no podían negar que la joven parecía diferente.
Más alegre.
Más segura.
Y, sobre todo, menos dispuesta a sacrificar su bienestar por un amor imposible.
Al final, aceptaron que continuara con sus reuniones, aunque le recomendaron mantener siempre una actitud profesional.
Catarina prometió hacerlo.
Y lo decía en serio.
Aunque, naturalmente, no les contó que su principal preocupación no era conquistar al duque.
Era impedir que muriera.
Las siguientes semanas se convirtieron en una rutina inesperadamente agradable.
Catarina visitaba la residencia secundaria de Enzo, presentaba la información que había conseguido reunir y discutía con él los detalles de la posible colaboración comercial.
En algunas ocasiones, las reuniones se centraban en las necesidades de seguridad de los Parisi.
En otras, hablaban de las rutas comerciales, los costos de producción y la organización de las escoltas.
El administrador del duque participaba en las conversaciones cuando era necesario, y los documentos comenzaban a tomar forma.
Catarina descubrió que le gustaba trabajar.
No necesariamente porque disfrutara de los números.
Los números seguían siendo números, y algunos de los registros comerciales le parecían tan emocionantes como contemplar cómo se secaba la pintura de una pared.
Pero le gustaba la sensación de hacer algo útil.
Le gustaba comprender cómo funcionaban los negocios de su familia.
Y le gustaba descubrir que podía aprender cosas nuevas si dedicaba tiempo y esfuerzo.
Enzo, por su parte, comenzó a acostumbrarse a sus visitas.
Al principio, la recibía con la misma formalidad que habría empleado con cualquier representante de una familia noble.
Era educado.
Reservado.
Y muy cuidadoso con sus palabras.
Sin embargo, Catarina tenía una personalidad que resultaba difícil ignorar.
No porque fuera escandalosa.
Al menos, no durante las reuniones.
Sino porque, incluso cuando hablaba de asuntos comerciales, encontraba maneras de introducir pequeños comentarios que aligeraban la conversación.
Una tarde, mientras revisaban los costos de una posible adquisición de equipamiento, Catarina observó una cifra y frunció el ceño.
—Su Excelencia, creo que este documento intenta arruinarme.
Enzo levantó la mirada.
—¿El documento?
—Sí. Llevo veinte minutos revisándolo y cada vez que creo haber entendido algo, aparece otra columna.
El duque observó la hoja.
—Solo hay cuatro columnas.
Catarina lo miró con expresión grave.
—Exactamente. Cuatro columnas de problemas.
Enzo permaneció serio durante un instante.
Después bajó la cabeza y soltó una pequeña risa.
No fue una carcajada.
Apenas un sonido breve, casi involuntario.
Pero Catarina lo escuchó.
Y tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para no levantarse de la silla y celebrar su victoria.
[¡SONRIÓ OTRA VEZ!].
Mantuvo la expresión profesional.
[¡SEGUNDO LOGRO DESBLOQUEADO!].
Enzo señaló la hoja.
—Si revisa las cifras de la segunda página, verá que el costo adicional corresponde al transporte. No se trata de un cargo nuevo.
Catarina miró el documento.
—Ah.
Hizo una pausa.
—Entonces, retiro oficialmente mi denuncia contra la columna cuatro.
El duque volvió a sonreír.
Y Catarina comprendió que estaba empezando a conocer una parte de su personalidad que no aparecía en las visiones.
Enzo seguía siendo serio.
Tenía responsabilidades que no podía ignorar y una vida complicada por un matrimonio que no había elegido.
Pero también tenía sentido del humor.
Podía reírse.
Podía disfrutar de una conversación.
Y no parecía considerar que sonreír fuera una debilidad.
Aquello le gustó.
Mucho.
Quizá demasiado.
[¡No te enamores, Catarina!].
Volvió a concentrarse en el documento.
[¡No te enamores de un hombre que está casado y al que todavía tienes que salvar!].
Levantó la cabeza.
Enzo la estaba observando.
—¿Ocurre algo, lady Catarina?
Ella sonrió.
—Nada, Su Excelencia. Estaba pensando en nuestra próxima reunión.
—¿Y qué ha decidido?
—Que necesitaré un documento mucho más sencillo.
Enzo arqueó una ceja.
—¿Más sencillo?
—Sí. Si vuelve a aparecer una cuarta columna, tendré que presentar una reclamación formal.
El duque soltó otra risa.
Y Catarina decidió, en aquel preciso instante, que aquella era una de las mejores tardes de su nueva vida.
Con el paso de los días, las reuniones se hicieron más naturales.
Enzo comenzó a hacerle preguntas sobre sus opiniones, no solo sobre los documentos que llevaba.
Catarina, por su parte, aprendió a distinguir cuándo estaba ocupado, cuándo necesitaba revisar algo con calma y cuándo podía permitirse una pequeña broma sin interrumpir su trabajo.
Todavía no eran amigos.
No realmente.
Él seguía tratándola con la formalidad correspondiente a una noble con la que mantenía relaciones comerciales.
Ella seguía guardando una distancia respetuosa.
Y ninguno de los dos hablaba de asuntos personales más allá de lo necesario.
Pero había pequeños cambios.
Enzo ya no parecía sorprendido cuando anunciaban la llegada de lady Catarina Parisi.
A veces, incluso preguntaba si había llegado alguna carta suya antes de comenzar las reuniones.
En otras ocasiones, cuando ella hacía un comentario particularmente absurdo, él sonreía antes de regresar a los documentos.
Y Catarina había descubierto que podía pasar una tarde entera en su presencia sin olvidar por completo el propósito de sus visitas.
Casi siempre.
Porque todavía había momentos en los que el duque levantaba la mirada, se acomodaba el chaleco o se inclinaba sobre un documento y ella tenía que recordarse que no había acudido a la residencia para admirar sus facciones.
[¡Trabaja, mujer!].
Enzo señalaba una cifra.
Catarina miraba la cifra.
[¡No la mandíbula!].
El duque hacía una observación.
Catarina asentía.
[¡No los labios!].
El hombre sonreía.
Catarina sentía que su alma abandonaba el cuerpo.
[¡VOY A NECESITAR UN PRESUPUESTO ADICIONAL PARA ESTA MISIÓN!].
Aun así, estaba progresando.
Había establecido una relación comercial legítima.
Había comenzado a ganarse la confianza del duque.
Y, lo más importante, había conseguido acercarse lo suficiente como para observar algunos aspectos de su vida sin despertar sospechas.
Todavía no tenía pruebas contra Mary.
Todavía no sabía cuándo comenzaría el envenenamiento.
Y todavía no había encontrado una forma de proteger a Enzo de manera permanente.
Pero ya no era una desconocida que observaba su destino desde la oscuridad.
Ahora podía hablar con él.
Podía escucharlo.
Podía descubrir qué clase de hombre era realmente.
Y podía construir, poco a poco, una relación basada en la confianza y el respeto.
Una relación que no exigiera amor a cambio de ayuda.
Una relación que, si alguna vez llegaba a convertirse en algo más, tendría que hacerlo por voluntad de ambos.
Catarina estaba satisfecha.
Muy satisfecha.
Hasta que, durante una de las últimas reuniones, Enzo dejó los documentos a un lado y la miró con una expresión ligeramente divertida.
—Debo reconocer que ha sido una sorpresa agradable trabajar con usted, lady Catarina.
Ella se quedó inmóvil.
[¿QUÉ?].
—¿Una sorpresa agradable?
—Sí. Tiene ideas interesantes y parece disfrutar encontrando soluciones a los problemas.
Catarina sintió una oleada de felicidad tan intensa que tuvo que apretar los dedos debajo de la mesa.
—Me alegra que lo considere así, Su Excelencia.
Enzo inclinó ligeramente la cabeza.
—Espero que podamos continuar trabajando juntos.
Ella sonrió.
—Yo también.
Y mientras guardaba sus documentos, Catarina pensó que quizá, después de todo, estaba haciendo las cosas bien.
No necesitaba conquistar al duque.
No necesitaba convertirse en su gran amor.
No necesitaba que él le prometiera nada.
Por ahora, le bastaba con que estuviera vivo, que pudiera sonreír y que, poco a poco, comenzara a confiar en ella.
Catarina salió de la oficina con la cabeza alta y el corazón ligero.
Al llegar al carruaje, se sentó, esperó a que la puerta se cerrara y levantó ambos puños en el aire.
—¡MUHAHAHAHA!
El cochero suspiró.
Ya se estaba acostumbrando.
Catarina miró por la ventana, sonriendo como una auténtica villana justiciera.
Y, por primera vez desde que había comenzado aquella misión, Catarina no estaba completamente segura de cuál de los dos peligros resultaría más difícil de enfrentar.
La duquesa que planeaba matar a su marido...
O el propio duque, que estaba empezando a sonreírle demasiado.
Solo Catarina al natural