La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 14
Valeria decidió que no iba a permitir que una llamada arruinara el resto de su día.
Después de lavarse la cara, guardó el teléfono en un cajón y bajó a la cocina para ayudar con la cena. No era necesario que trabajara tanto, pero mantenerse ocupada le impedía pensar demasiado en su matrimonio.
La cocinera, una mujer de mediana edad llamada Teresa, la recibió con una mirada preocupada.
—¿Te encuentras mejor, querida?
Valeria se sorprendió.
—¿Por qué lo pregunta?
—Te vi esta mañana. Tenías cara de no haber dormido bien.
—He dormido bastante. El problema es que últimamente mi vida parece escrita por alguien que me odia.
Teresa soltó una risa suave.
—Entonces tendrás que procurar que el próximo capítulo sea mejor.
Valeria sonrió. Aquella respuesta sencilla le gustó más de lo que esperaba.
Mientras ayudaba a preparar unas verduras, escuchó pasos en la entrada de la cocina. Era Nicolás, el hombre de confianza de Damián.
—¿Dónde está el señor Damián? —preguntó.
—En su habitación —respondió Teresa.
Nicolás asintió y se volvió hacia Valeria.
—Quiere que le lleves la cena.
Ella dejó el cuchillo sobre la tabla.
—¿No puede cenar con su familia?
—Podría.
—¿Y?
—No quiere.
Valeria suspiró.
—Entiendo.
Tomó una bandeja y colocó en ella el plato preparado para Damián. Antes de marcharse, Teresa le entregó un pequeño cuenco con fruta.
—Llévale esto también. Apenas ha comido durante el día.
Valeria aceptó el cuenco.
—Gracias.
Cuando llegó a la habitación, llamó a la puerta antes de entrar.
Damián estaba sentado junto a la ventana abierta, con un libro en braille sobre las piernas. Al escucharla, levantó la cabeza.
—¿Eres tú?
—No, soy el fantasma del desayuno.
Él frunció el ceño.
Valeria se detuvo al recordar la conversación que habían tenido por la mañana. No quería volver a caer en la costumbre de llenar cada silencio con una ocurrencia.
—Te traje la cena —añadió, acercándose a la mesa.
Damián dejó el libro a un lado.
—Déjala ahí.
Ella colocó la bandeja frente a él y acomodó la silla para que pudiera sentarse con comodidad.
—Teresa también te mandó fruta.
—No tengo ganas de comer.
—No tienes que terminarlo todo, pero al menos prueba un poco.
Damián pareció dispuesto a negarse. Sin embargo, después de unos segundos tomó los cubiertos.
Valeria no comentó nada. Se sentó en la silla cercana y comenzó a ordenar unos documentos que el mayordomo le había entregado para que firmara el recibo de su salario.
La cena transcurrió tranquilamente.
A mitad del plato, Damián habló.
—¿Has vuelto a hablar con tu esposo?
Valeria dejó los papeles sobre sus rodillas.
—No.
—¿Vas a hacerlo?
—Solo si es necesario para el divorcio.
Damián asintió.
No hizo más preguntas, pero ella notó que su expresión se había endurecido ligeramente.
—No tienes que preocuparte por eso —le dijo—. Puedo manejarlo.
—No estoy preocupado.
Valeria lo miró.
Él siguió comiendo.
Ella decidió no discutir. Ya había aprendido que, cuando Damián no quería reconocer una emoción, insistir solo conseguía que se encerrara más en sí mismo.
Unos minutos después, él dejó los cubiertos.
—¿Qué estás haciendo?
—Revisando mi salario.
—¿Para qué?
—Para asegurarme de que no me estén pagando menos de lo acordado.
Damián giró el rostro hacia ella.
—¿Crees que mi padre te engañaría con tu sueldo?
—No lo sé. Es la primera vez que trabajo para una familia mafiosa.
Él se quedó callado.
Valeria continuó revisando los documentos, sin advertir que Damián estaba intentando contener una sonrisa.
—¿Cuánto te pagaron hasta ahora? —preguntó él.
Ella le dijo la cantidad.
Damián frunció el ceño.
—Eso no es suficiente.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Cómo que no?
—Mi padre te prometió una recompensa adicional por cuidar de mí.
—Ya me dio dinero.
—Una recompensa no es un salario.
—Damián, no necesito que me regales una fortuna.
—No he dicho que vaya a regalarte nada. Estás trabajando y mereces recibir una compensación adecuada.
Valeria lo observó con cierta sorpresa.
No esperaba que él se preocupara por ese asunto.
—Gracias —dijo finalmente—. Pero quiero que sea justo, no que me paguen una cantidad absurda porque soy la única persona que consigue que tomes la medicina.
—No eres la única persona que consigue que tome la medicina.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
Damián guardó silencio.
Valeria sonrió ligeramente.
—Entonces mañana le pediré a Nicolás que te la traiga.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque él no sabe dónde guardas las cosas.
Valeria no pudo evitar reírse un poco.
—Está bien. Seguiré encargándome de tus medicinas.
Damián volvió a tomar los cubiertos, satisfecho con el resultado.
La tranquilidad duró hasta la mañana siguiente.
Valeria acababa de terminar de desayunar cuando el mayordomo se acercó a ella con expresión seria.
—Señorita, ha venido un hombre preguntando por usted.
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—¿Quién?
—Dice que es su esposo.
El estómago de Valeria se contrajo.
Durante unos segundos no supo qué responder. No había esperado que él apareciera allí tan pronto, y mucho menos después de que le dejara claro que no quería volver a verlo.
—¿Dónde está?
—En la entrada principal. Los guardias no le han permitido pasar.
Valeria se levantó despacio.
—Voy a hablar con él.
—El señor Damián ha dado instrucciones de que no se permita la entrada de desconocidos sin autorización.
—Lo entiendo. Pero no quiero que esto se convierta en un problema para ustedes.
El mayordomo no parecía convencido.
—¿Desea que avise al señor Damián?
Valeria dudó.
No quería que Damián interviniera en sus asuntos personales. Sin embargo, tampoco quería que su esposo armara un escándalo en la entrada.
—Sí, por favor. Pero no le digan que necesito que me defienda. Solo quiero resolverlo.
El mayordomo inclinó la cabeza y se retiró.
Valeria caminó hasta el vestíbulo. A través de las ventanas pudo distinguir a su esposo al otro lado de las puertas, hablando con uno de los guardias.
Parecía furioso.
Cuando la vio acercarse, se dirigió inmediatamente hacia ella.
—¡Por fin! ¿Qué demonios haces viviendo aquí?
Valeria se detuvo a una distancia prudente.
—No voy a hablar contigo si gritas.
Él miró a los hombres armados que vigilaban la entrada y después volvió a fijar los ojos en ella.
—¿Te has vuelto loca? ¿Sabes en qué clase de lugar estás metida?
—Sí.
—¡Son mafiosos, Valeria!
Ella lo observó sin comprender su indignación.
—¿Y eso te preocupa ahora?
Su esposo apretó los dientes.
—Tienes que venir conmigo.
—No.
—No puedes quedarte aquí.
—Puedo decidir dónde vivir.
—¡Sigues siendo mi esposa!
Valeria sintió que aquellas palabras le revolvían el estómago.
—No por mucho tiempo.
Él la sujetó de la muñeca cuando ella intentó apartarse.
—Escúchame de una vez.
Valeria trató de soltarse.
—Suéltame.
—Primero vas a escucharme.
—He dicho que me sueltes.
El guardia más cercano dio un paso hacia ellos, pero antes de que pudiera intervenir, una voz fría resonó desde el interior de la mansión.
—Retire la mano.
Damián había llegado acompañado por Nicolás.
Caminaba con su bastón, orientándose por los sonidos y las indicaciones discretas de su hombre de confianza. Su rostro estaba serio, y la tensión de sus hombros no dejaba lugar a dudas sobre su estado de ánimo.
El esposo de Valeria soltó su muñeca.
—¿Quién demonios eres tú?
Damián se detuvo a pocos pasos.
—Damián.
El hombre soltó una risa nerviosa.
—No sé qué te ha contado mi esposa, pero esto es un asunto privado.
—Entonces debería haber aprendido a resolverlo sin ponerle una mano encima.
—¡Es mi mujer!
—Y acaba de pedirte que la sueltes.
El silencio se volvió pesado.
Valeria observó a Damián. No había levantado la voz ni había hecho un movimiento brusco, pero incluso los guardias parecían esperar sus siguientes palabras.
Su esposo intentó recuperar la compostura.
—No tienes derecho a meterte en mi matrimonio.
—Tiene razón —respondió Damián—. Su matrimonio es asunto suyo. Pero esta es mi casa, y no permitiré que agreda a nadie en mi propiedad.
El hombre miró a Valeria, furioso.
—¿Así que ahora te escondes detrás de él?
Ella sintió una punzada de rabia.
—No me escondo detrás de nadie. Vine aquí porque necesitaba trabajar. Me quedé porque acepté un empleo. Y voy a divorciarme porque no quiero seguir casada contigo.
Él abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
Valeria continuó, esta vez sin apartar la mirada.
—No vuelvas a buscarme para exigirme que regrese. Si hay documentos que firmar, podrás comunicarte con mi abogado. No quiero más llamadas ni visitas como esta.
Su esposo palideció de ira.
—Te vas a arrepentir.
Nicolás dio un paso adelante.
—La conversación ha terminado. Retírese.
El hombre miró a los guardias y comprendió que no conseguiría entrar por la fuerza. Se alejó lanzándole a Valeria una última mirada cargada de rencor.
Ella permaneció inmóvil hasta que el vehículo desapareció al final del camino.
Solo entonces se dio cuenta de que le temblaban las manos.
Damián seguía a su lado.
—¿Te hizo daño? —preguntó.
Valeria negó con la cabeza.
—No. Estoy bien.
Él no insistió. En lugar de eso, extendió una mano en su dirección.
Valeria miró sus dedos antes de aceptarla.
Damián le sujetó la mano con cuidado.
—Vamos adentro.
Ella asintió.
Mientras caminaban de regreso, Valeria comprendió que lo que más la había afectado no era la amenaza de su esposo, sino la facilidad con la que había intentado recuperar el control sobre ella.
Había pasado demasiado tiempo creyendo que debía soportar ciertas cosas porque estaba casada.
No quería volver a vivir así.
Y, aunque todavía tenía miedo de lo que vendría después, por primera vez estaba dispuesta a enfrentarlo.
Damián, por su parte, no dijo nada más.
No necesitaba preguntarle si quería quedarse en la mansión. Tampoco necesitaba recordarle que podía acudir a él si volvía a tener problemas.
Por el momento, se limitó a caminar a su lado, sin soltarle la mano.
Y Valeria no se apartó.