Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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17
El auto de Rodrigo entró al estacionamiento de un centro comercial en el corazón de la ciudad. Rodrigo y Pamela bajaron y se encaminaron al interior del edificio, decididos a comprar la ropa a juego que lucirían en la fiesta de compromiso de su jefa.
Lo que ninguno de los dos sospechaba era que Marcia y Liliana se encontraban en el mismo centro comercial. Marcia había acompañado a su madre a hacer las compras del día, y desde lejos alcanzó a distinguir a su marido paseándose del brazo con Pamela.
—Mamá, mira —Marcia le señaló a Rodrigo y Pamela, que casualmente estaban a poca distancia de ellas.
—Rodrigo... ¡Es Rodrigo, Marcia! —Liliana reconoció a su yerno junto a la otra mujer.
—Sí, mamá. Son Rodrigo y Pamela —confirmó Marcia.
—Vamos a encararlos —Liliana jaló a su hija del brazo.
—Mamá, espera —Marcia la detuvo antes de que se acercara.
—Voy a darle una lección a ese desgraciado —Liliana estaba furiosa al ver a Rodrigo exhibiéndose en público con una mujer que no era su esposa.
—Déjalo, mamá. No creo que sea conveniente que se entere de todo ahora. Cuando llegue el momento, te aseguro que Rodrigo se va a arrepentir —Marcia contuvo a su madre.
—Es que me hierve la sangre con ese tipo. Subió de puesto gracias a ti, y ahora tiene el descaro de andar con otra —masculló Liliana entre dientes.
—Te prometo que Rodrigo va a perder su puesto cuando llegue la hora. Por ahora sigámoslos de lejos y veamos qué hacen —propuso Marcia.
—De acuerdo. Además, Rodrigo no me conoce —Liliana aceptó.
Marcia se cubrió con un cubrebocas y se puso unos lentes oscuros. Liliana, en cambio, no necesitaba disfraz: Rodrigo jamás había visto a ningún miembro de la familia de Marcia, y precisamente por eso estaba convencido de que su esposa era una pobre mujer sin nadie en el mundo.
Madre e hija se aproximaron con cautela. Querían ver y escuchar de primera mano lo que esos dos se traían entre manos. Marcia no olvidó activar la cámara de su teléfono y lo acomodó dentro del bolso con el lente apuntando hacia la pareja, grabándolos sin que se dieran cuenta.
—Amor, mira ese vestido. Es precioso. Creo que me quedaría perfecto para la fiesta de compromiso de Valentina —Pamela señaló un vestido sin mangas exhibido en el maniquí de una boutique exclusiva.
—Ese vestido debe costar una fortuna. Mejor busquemos en otra tienda —Rodrigo rechazó la idea de inmediato.
—Pero, amor, ¡es el que me gusta! —Pamela lloriqueó.
—Ya, Pamela. Necesitamos guardar dinero para nuestra boda. Busquemos algo más —Rodrigo trató de consolarla.
—Pero, amor...
—Ya, Pamela. Vamos a buscar en otro lado —Rodrigo la tomó de la mano y se la llevó de ahí.
Marcia y Liliana, que estaban lo bastante cerca para escucharlo todo, intercambiaron una sonrisa cómplice. Así que Rodrigo planeaba casarse con Pamela en muy poco tiempo.
—Mamá, tengo una idea. Voy a comprar el vestido que le gustó a Pamela y me lo voy a poner en la fiesta de compromiso de Valentina y Gabriel —le dijo Marcia a Liliana.
—Me encanta. Cuando Pamela y Rodrigo te vean usando el vestido que ella no pudo tener, se les va a caer la cara —Liliana aprobó el plan de su hija sin dudarlo.
Marcia y Liliana entraron a la boutique, donde las recibieron con amabilidad.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo servirles? —las saludó una dependienta.
—Quisiera ese vestido, pero en una versión con mangas largas y más cerrada —Marcia señaló el modelo que Pamela había codiciado momentos antes.
—No tenemos una versión así, señorita. Solo contamos con el modelo sin mangas —explicó la empleada.
—Entonces, ¿podría comunicarnos con la dueña de la boutique o con la diseñadora? Estamos dispuestas a pagar lo que sea necesario por el vestido —intervino Liliana.
—Por supuesto, un momento —la dependienta desapareció por una puerta en la parte trasera del local.
Al poco rato regresó acompañada de una mujer de edad similar a Liliana.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlas? —la mujer les dedicó una sonrisa cordial.
—Verá, me encanta este vestido, pero necesito una versión con mangas largas y cuello cerrado. ¿Sería posible que lo confeccionaran así? Pago lo que cueste —le explicó Marcia.
—Por supuesto que sí. Resulta que yo misma soy la diseñadora. Y dígame, ¿cómo se llama usted? —preguntó la mujer con amabilidad.
—Marcia. Y ella es mi mamá —Marcia le tendió la mano presentándose a sí misma y a Liliana.
—Yo soy Patricia, pero díganme Patty con confianza —la mujer se presentó a su vez.
—Marcia, ¿cuándo necesitas el vestido? —preguntó doña Patricia.
—En tres días. ¿Se puede? —quiso saber Marcia.
—Claro que sí. Vengan, acompáñenme a mi taller —doña Patricia las guio al interior.
—Tomen asiento. ¿Qué les ofrezco de tomar? —las invitó con hospitalidad.
—Lo que sea está bien, doña Patty —respondió Marcia con la misma calidez.
Una empleada les sirvió bebidas frías. Tanto Marcia como Liliana se sintieron a gusto con el trato afable de doña Patricia.
—Y dígame, ¿para qué ocasión es el vestido? —preguntó doña Patricia mientras tomaba las medidas de Marcia con su cinta métrica.
—Para la fiesta de compromiso de mi hermana —respondió Marcia con naturalidad.
—Ah, ¿y para usted, Liliana? ¿También le gustaría que le hiciéramos algo? —ofreció doña Patricia.
—Podría ser. En realidad, ya teníamos la ropa lista desde hace tiempo, pero a mi hija le encantó una pieza de su colección al pasar por aquí. No pudo resistirse, y ahora quiere estrenarla en la fiesta de compromiso de su hermana —explicó Liliana con una sonrisa.
Cuando terminó de tomarle las medidas a Marcia, doña Patricia hizo lo mismo con Liliana. La madre de Marcia quería darle una sorpresa a Rodrigo y a Pamela en la fiesta de compromiso de su hijo: deseaba ver la cara que pondría Rodrigo al encontrarse a Marcia deslumbrante como una reina en semejante evento.
Marcia lo había planeado con toda intención. Quería observar la reacción de Rodrigo cuando viera a la mujer que despreciaba y humillaba a diario presentarse radiante en una ocasión tan importante. Sería la primera sorpresa que le tendría preparada: una especie de terapia de choque para su querido esposo.