La abogada más brillante de su generación murió a traición... y despertó dentro del cuerpo de Aura Luminar, la hija de un duque a quien su propio prometido, el príncipe Luis, acababa de empujar al fondo de un lago helado para quedarse con su amante.
Craso error.
La joven ingenua que se ahogó por amor ya no existe. Quien sube ahora a la orilla es una mujer de mente fría y lengua afilada, decidida a hacer que todos los que la traicionaron paguen hasta el último centavo. Pero la venganza abierta es un desperdicio: para destruir a un príncipe heredero necesita un arma más letal, alguien que esté por encima de él. Un solo nombre encaja: Zane Caliber, el emperador temido en todo el imperio, un hombre glacial, intocable, que ha mantenido vacío el trono de la emperatriz durante años.
Aura planea usarlo. Lo que no calcula es que ese soberano de hielo, acostumbrado a que el mundo se arrodille ante él, quede fascinado justamente por la única mujer que se atreve a rechazarlo, a desafiarlo y a llamarlo "viejo loco" a la cara.
Entre duelos verbales en la corte, complots que buscan su muerte y enemigos que se niegan a caer, la guerra de Aura por la justicia se irá transformando en algo mucho más peligroso: un amor que ninguno de los dos pidió, pero al que ya no podrán renunciar.
Fue desechada por el príncipe. Reinará en el corazón del emperador.
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La llegada de Aura Luminar
El taconeo resonó, seco, una, dos, tres veces sobre el mármol.
Aura entró con calma. El repiqueteo firme de sus tacones altos quebró el silencio del salón de fiestas, mientras sus labios curvaban una sonrisa torcida, gélida y letal, y sus ojos apresaban la mirada de Luis y de Elisabeth.
—Disculpen mi tardanza, Su Majestad el Emperador —dijo Aura con una voz clara y serena que llenó la sala entera.
—Al parecer, alguien acaba de anunciar mi muerte antes de que yo tuviera ocasión de saludar a todos los invitados de esta noche —añadió Aura, cargando cada palabra.
Los invitados prorrumpieron en un murmullo agitado; el asombro se mezcló y llenó por completo aquel salón majestuoso.
Luis quedó petrificado en su sitio, con los ojos desorbitados, contemplando a la muchacha que había empujado al lago tres días atrás.
Del otro lado, Elisabeth se aferró al brazo de Luis con tal fuerza que las uñas casi se le clavaban en la piel del príncipe; su rostro, antes henchido de triunfo, se volvió pálido.
—A-Aura...? —balbuceó Luis a trompicones, con la voz a punto de perderse en su propia saliva.
Aura se detuvo justo en el centro del salón, alzó el mentón bien alto y clavó en Luis y en Elisabeth una mirada de desprecio, la misma con que se contempla a un insecto repugnante.
—¿Qué pasa, príncipe? ¿Por qué se puso tan pálido, como si acabara de ver un fantasma? —lo picó Aura con una voz lo bastante clara para que la oyeran en cada rincón del salón.
—¿No decía usted hace un momento, tan orgulloso, que yo había muerto ahogada, que me había suicidado en el fondo del lago? —siguió Aura, esbozando una sonrisa torcida de puro sarcasmo.
Luis abrió la boca, intentando hilar palabras para defenderse, pero de golpe la mente se le quedó en blanco. De veras no imaginaba que la muchacha estúpida a la que había empujado al lago días atrás estuviera ahora ante él, viva, y con un aspecto mucho más deslumbrante que antes.
En medio de aquel silencio opresivo, se oyó una risita breve desde un extremo de la fila de invitados.
El barón Kenny Velis, padre de Elisabeth, dio unos pasos al frente junto a su esposa, la baronesa Olivia Velis.
Aunque el rostro de ambos había palidecido un poco por el sobresalto, el barón Kenny compuso al punto la sonrisa taimada, típica del adulador que se cree todavía a salvo.
—¡Ah, señorita Aura! Cielo santo, ¡está usted viva! —exclamó el barón Kenny con un tono de fingido alivio, aunque sus ojos delataban el pánico.
Por supuesto, aquel hombre entrado en años sabía muy bien lo que su hija y el príncipe Luis le habían hecho a la muchacha unos días atrás.
—Toda nuestra familia estaba muy angustiada al oír el rumor de su desaparición, pero, de veras, esta forma de aparecer suya es un tanto descortés, ¿sabe? —siguió el barón Kenny, tratando de darle la vuelta a la situación.
La baronesa Olivia, esposa del barón, terció de inmediato con tono mordaz, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Muy cierto, señorita Aura. Usted es la hija de un duque, ¿y por qué le da por montar sensaciones baratas como esta? —se burló la baronesa Olivia con acidez.
—Solo por una nimiedad con el príncipe Luis, ¿se esconde adrede y luego aparece en el cumpleaños del emperador para llamar la atención? ¡De veras no tiene vergüenza! —añadió la mujer entrada en años, con el mentón bien alzado.
Al oír aquel insulto, el duque Daren, de pie junto a Aura, resopló de rabia, y su aura de temido comandante de guerra oprimió la sala entera.
—¡Cuiden esas bocas sucias, barón Kenny! ¡Cómo se atreven a acusar a mi hija de buscar atención! —bramó el duque Daren con voz atronadora, haciendo que el barón Kenny se encogiera y retrocediera un paso.
Antes de que su padre fuera más lejos, Aura alzó una mano en señal de que el duque Daren se calmara.
Aura avanzó despacio, sus ojos afilados clavados de frente en el barón Kenny y la baronesa Olivia. Una sonrisa burlona se dibujaba en sus labios.
—Vaya, vaya... mira quién habla de buenos modales y de no tener vergüenza —dijo Aura con un tono deliberadamente relajado, pero afilado y punzante.
—El barón Kenny y la baronesa Olivia, una familia noble de baja estofa cuyo único oficio es adular y colgarse del poder ajeno —siguió Aura con desdén.
El rostro de la baronesa Olivia enrojeció de golpe, encendido de rabia.
—¡S-señorita Aura! ¡Cuide sus palabras! —chilló la baronesa Olivia, indignada.
—¿Por qué? ¿Se sintió ofendida? —la cortó Aura con rapidez, la voz ahora mucho más fría y dominante.
—¿Dicen que yo no tengo vergüenza? ¿Y qué hay de su hija, Elisabeth, que sin el menor pudor se colgó del brazo del prometido de otra incluso antes de que se encontrara mi cadáver? —los acorraló Aura, señalando directamente a Elisabeth.
—¿Es que en su familia nadie tiene espejo, o de veras se les cortó el nervio de la vergüenza al nacer? —remató Aura, dejando a toda la sala conteniendo el aliento ante la lengua afilada de la señorita Luminar.
Algunos nobles del fondo llegaron incluso a taparse la boca para aguantar la risa ante aquel jaque mate demoledor.
Entre tanto, Elisabeth estaba a punto de llorar de vergüenza; se escondió a espaldas de Luis mientras le tironeaba del brazo al príncipe.
—Príncipe... ¡mírala! ¡Está insultando a mi familia! —se quejó Elisabeth con voz temblorosa.
Luis, sintiendo su orgullo pisoteado ante el emperador, se decidió al fin a dar un paso al frente y miró a Aura con un destello de furia en los ojos.
—¡Aura! ¡Basta! ¡No armes un escándalo en el cumpleaños del emperador! —la increpó Luis en voz alta, tratando de disimular su pánico.
—Si de verdad no moriste, ¿por qué no volviste esa misma noche a tu mansión, y por qué corrió el rumor de tu muerte? ¿Y ahora vienes aquí a armar alboroto? ¡Está clarísimo que quieres humillarnos a Elisabeth y a mí a propósito! —siguió Luis, acusándola.
Aura resopló con desdén y lo recorrió de arriba abajo con una mirada de asco que no se molestó en ocultar.
—¿Humillarte? —repitió Aura con tono burlón.
—Estimado príncipe Luis, sin que yo tenga que hacer nada, tu estupidez y tu podredumbre bastan y sobran para humillarte a ti mismo ante todo el imperio —respondió Aura con filo.
—Y, por supuesto, hice esto para poder ver la expresión de pánico en sus caras al verme volver a la vida —añadió Aura con una sonrisa torcida.
—¡Basta!
Una voz grave y fría partió en dos la discusión.
El emperador Zane, que hasta entonces había permanecido tranquilo en su trono observando aquel drama, se levantó al fin de su asiento imperial.
Todo el salón volvió a inclinarse con respeto, mientras Luis y Elisabeth temblaban de miedo, conscientes de que ya no se librarían de la ira del emperador Zane.
El emperador Zane se plantó a poca distancia de Aura y de Luis, y su mirada afilada barrió uno a uno los rostros de ambos.
—Luis —llamó el emperador Zane con una voz grave que hizo estremecer el pecho.
Luis tragó saliva con dificultad y luego se inclinó, rígido.
—Y-yo, Su Majestad... —respondió Luis, a trompicones.
—Ayer te plantaste ante mí y juraste con toda seguridad que esta muchacha se había suicidado por el estrés —dijo el emperador Zane, con una voz de una calma extrema, pero cargada de una amenaza mortal.
—Ahora, explícame... ¿cómo es posible que la persona que dijiste muerta esté aquí de pie, sanísima, exigiendo justicia? —siguió el emperador Zane, mirando a Luis con dureza.