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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:717.4k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20

Después de que Saúl cerró la puerta, Dante se quedó solo en la oficina.

Le ardían las orejas.

No mucho.

Lo suficiente para molestarlo.

Se frotó el entrecejo con los dedos y miró el celular sobre el escritorio como si fuera culpa del aparato.

¿En qué momento se le ocurrió abrir un video así en la oficina?

Peor.

¿En qué momento se le ocurrió abrirlo con el volumen encendido?

La cara de Saúl seguía ahí, metida en su cabeza.

Ese pobre idiota había entendido cualquier cosa.

Dante cerró los ojos.

No sirvió de nada.

El recuerdo seguía ahí.

Por la tarde, cuando llegó la hora de salida, agarré mi bolsa.

No había avanzado tanto como quería con lo de Grupo Altavista, pero al menos ya tenía una lista clara de cambios. Eso me tranquilizaba.

Un poco.

Al levantar la bolsa, algo blanco cayó al piso y rodó hasta mi zapato.

Me agaché.

La pomada.

La que Dante me había dado esa mañana.

La tomé rápido, como si alguien pudiera verla y adivinar para qué era.

Qué oso.

Me dolía abajo desde que desperté.

No de una forma terrible, pero sí lo suficiente para caminar con cuidado y odiar las escaleras. En la mañana, cuando Dante se descuidó, me metí al baño y usé un poco.

La pomada estaba fría.

Demasiado fría.

Me mordí la lengua para no hacer ruido.

Pero ayudó.

Ayudó bastante.

La limpié con una servilleta y la guardé otra vez.

Entonces me quedé quieta.

Anoche.

Todas las veces.

Ni una sola vez usamos protección.

Sentí que el estómago se me hundía.

No.

No, no, no.

Yo acababa de casarme. Ni siquiera sabía qué hacer con un esposo como Dante Montalvo viviendo en la misma casa, mirándome con esos ojos y tocándome como si pudiera volverme tonta en dos segundos.

No podía quedar embarazada.

No ahora.

No así.

Agarré la bolsa y salí casi corriendo.

En la mañana había bajado a la cochera de Dante y me había encontrado con una colección absurda de autos. De esos que la gente ve en internet y no en un estacionamiento normal.

Ferrari.

Bugatti.

Rolls-Royce.

Maybach.

Demasiado.

Elegí un Porsche porque, dentro de esa locura, parecía el menos escandaloso.

Sí.

Mi idea de discreción se había dañado desde que me casé con un Montalvo.

Bajé al estacionamiento de la empresa, subí al coche y busqué una farmacia cercana.

Manejé con las manos apretadas al volante.

Como si llegar cinco minutos tarde pudiera cambiarme la vida.

La farmacia estaba en una avenida con tráfico, una sucursal grande, iluminada, llena de gente comprando cosas normales.

Yo entré sintiéndome culpable sin haber hecho nada malo.

La chica del mostrador estaba viendo su celular.

—Disculpa.

Levantó la vista.

—Sí, dime.

Me acerqué.

Bajé la voz.

—¿Tienen anticonceptivos?

—Sí. ¿Cuáles buscas?

Me quedé en blanco.

—¿Hay varios?

La chica no se burló. Eso ya fue ganancia.

Me explicó con paciencia: pastillas de uso diario, métodos de emergencia, opciones de más duración. Yo asentía como si entendiera todo, pero mi cabeza sólo repetía una cosa.

Setenta y dos horas.

Tenía que preguntar eso.

—Si pasó anoche —dije, cada vez más bajito—, y no tomé nada en la mañana... ¿todavía sirve?

La chica entendió.

De inmediato.

—Sí. Necesitas anticoncepción de emergencia. Mientras estés dentro de las setenta y dos horas, todavía ayuda.

Solté aire.

—Dame varias.

La chica parpadeó.

—¿Varias?

—Sí.

—Mira, normalmente es una toma. No debes tomar más de una por evento. Puede darte náusea, mareo, dolor, cambios en tu ciclo. A algunas les pega fuerte.

—Está bien. Dame tres cajas.

No quería volver a estar ahí, haciendo preguntas en voz baja como si estuviera confesando un crimen.

Pagué.

Abrí una caja frente al mostrador, saqué la pastilla y me la tragué sin agua.

La chica me miró con preocupación.

—Lee el instructivo cuando puedas. Y si te sientes mal, ve al médico.

—Sí. Gracias.

Guardé las otras dos cajas en la bolsa.

Salí de la farmacia más tranquila.

Tonta de mí.

En el camino de regreso, me empezó a picar el cuello.

Me rasqué una vez.

Luego otra.

Pensé que era estrés.

Cuando llegué a la casa, lo primero que vi fue a Dante en la sala.

Ya estaba ahí.

Sentado en el sofá, con una pierna cruzada y una revista financiera en la mano.

Traía camisa oscura, las mangas perfectamente en su lugar, el cuello abierto apenas lo suficiente para que mi mirada cometiera errores.

Su cara seria.

Su mandíbula limpia.

Esa calma de hombre adulto que no necesitaba levantar la voz para ocupar una habitación.

Me quedé parada un segundo de más.

Porque mi cabeza, traidora, no vio al Dante que leía una revista.

Vio al de anoche.

El que me había sujetado las muñecas contra la almohada.

El que bajó la voz junto a mi oído cuando yo ya no sabía si pedirle que parara o que no se detuviera.

El que se movía con una paciencia cruel al principio y luego perdía la calma apenas yo gemía su nombre.

Me ardió la cara.

Y entre las piernas me dio un tirón pequeño, vergonzoso, justo donde todavía estaba sensible.

Perfecto.

Yo preocupada por no quedar embarazada y mi cuerpo acordándose de él como si no hubiera aprendido nada.

Quise subir las escaleras sin hacer ruido.

Dante levantó la vista.

Sus ojos cayeron sobre mí.

Negros.

Quietos.

Demasiado atentos.

—Llegaste temprano —dijo.

Me rasqué el cuello.

—Tú también. ¿No tenías trabajo?

—Terminé antes.

—Ah. Entonces no te molesto. Voy a subir.

Di un paso.

—Ximena.

Me detuve.

No debería gustarme cuando decía mi nombre así.

Pero me gustaba.

—¿Sí?

Dante cerró la revista y la dejó a un lado.

—Ven. Quiero hablar contigo.

Mi primer impulso fue inventar que tenía una llamada, un correo, una emergencia, cualquier cosa.

No lo hice.

Caminé hasta el sofá y me senté.

Lejos.

No lejísimos.

Pero sí lo suficiente para que él lo notara.

Lo notó.

Su mirada bajó al espacio entre nosotros.

Luego volvió a mi cara.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Dante no contestó enseguida.

Eso me puso peor.

Él podía hacer que el silencio pesara más que una pregunta.

Me rasqué otra vez el cuello.

—Dante, si me vas a regañar por algo, dilo rápido.

—No voy a regañarte.

—Entonces...

Su dedo golpeó una vez el brazo del sofá.

Una sola.

Controlado.

—Anoche —dijo.

El corazón me brincó.

—¿Qué tiene?

Me miró directo.

—¿Cómo te hice sentir?

Se me secó la boca.

Así, sin anestesia.

Sin rodeos.

Sin dejarme correr.

—¿Perdón?

—Anoche —repitió—. En la cama.

Me dio calor en la cara.

También en el pecho.

Y en otra parte que no quería reconocer mientras él estaba a menos de un metro.

—Estuvo... bien.

Dante entrecerró apenas los ojos.

—Bien.

La forma en que repitió la palabra me hizo querer morderme la lengua.

—Sí.

—¿Sólo bien?

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

Me moví incómoda en el sofá.

Mala idea.

El roce de la ropa me recordó demasiado rápido la pomada, la cama y sus manos separándome los muslos con esa firmeza que todavía me daba vergüenza recordar.

—Fue mi primera vez —murmuré—. No tengo encuesta de satisfacción.

Dante no sonrió.

Pero algo le cambió en la mirada.

—Si te dolió, dime dónde.

Me quedé helada.

—Dante.

—Ximena.

Su voz bajó.

No sonó dulce.

Sonó seria.

Demasiado cerca de la voz que usó anoche cuando me decía que respirara.

Tragué saliva.

—No sé.

—Sí sabes.

Me apreté las manos sobre las piernas.

—No me acuerdo de todo el proceso.

Mentira.

Me acordaba de demasiado.

De su peso.

De su boca.

De mis uñas en su espalda.

De lo mucho que me asustó sentir dolor y deseo al mismo tiempo.

Pero no iba a decirle eso sentada en la sala, con luz de tarde y él mirándome como si pudiera sacarme la verdad con paciencia.

Dante se quedó callado.

Su mandíbula se tensó.

—Entiendo.

No entendía nada.

Se notaba.

—Si hubo algo incómodo —dijo—, puedes decirlo. Lo corrijo.

Casi me atraganté con mi propia saliva.

—¿Lo corriges?

—Sí.

—¿Así nada más?

—Así nada más.

Me ardieron las orejas.

Ese hombre hablaba de sexo como si estuviera revisando un contrato.

Y aun así, mi cuerpo reaccionaba.

Maldito cuerpo.

Me rasqué el brazo.

Luego el cuello.

—La pomada ayudó —solté, porque era lo único concreto que podía decir sin morirme.

La mirada de Dante bajó un instante.

No hasta donde yo temía.

Pero casi.

—Entonces todavía te molesta.

—Menos.

—¿Dónde te lastimé más?

—No voy a responder eso.

—Ximena.

—No.

Me miró unos segundos.

Después asintió, como si hubiera decidido esperar.

Eso fue peor.

—Entonces esta noche...

Mi cuerpo se tensó.

Todo.

El cuello.

Las manos.

El vientre.

Y esa parte tonta, sensible, que entendió la frase antes que mi cabeza.

—¿Esta noche qué? —pregunté, aunque mi voz salió más baja.

Dante se inclinó apenas hacia mí.

Se detuvo.

Su mirada cambió.

—¿Qué te pasó en el cuello?

—¿Eh?

Me rasqué.

—Nada. Me pica.

—No te rasques.

—Es que pica mucho.

Miré mi brazo.

Tenía la piel roja.

No poquito.

Roja de verdad.

—Ay.

Me levanté la manga y vi más manchas.

—¿Qué es esto?

Dante ya estaba de pie.

Se acercó y me tomó la muñeca.

No fuerte.

Pero lo suficiente para impedir que siguiera rascándome.

—¿Qué comiste?

—Nada raro.

—¿Tomaste algo?

La pregunta me atravesó.

La pastilla.

La farmacia.

Las tres cajas en mi bolsa.

—Yo...

Me picó la cara.

La garganta también.

—Dante, me siento rara.

Él me miró el cuello.

Luego la cara.

—Es una reacción alérgica.

—No puede ser.

—Sí puede.

—Me pica todo.

Mi voz salió desesperada.

El cuerpo entero me ardía y me picaba al mismo tiempo. Me rasqué el brazo con la otra mano, pero Dante me la agarró también.

—No. Te vas a lastimar.

—No puedo.

—Sí puedes. Mírame.

Intenté mirarlo.

Me costó.

La piel me quemaba.

La respiración empezó a trabarse.

Dante no preguntó más.

Me levantó en brazos.

—Vamos al hospital.

—Puedo caminar.

—No.

Lo dijo seco.

Sin discusión.

Me cargó hasta el coche, abrió la puerta del copiloto y me sentó con cuidado. Luego me puso el cinturón.

Yo seguía intentando rascarme.

—Ximena, basta.

—Me pica.

—Lo sé. Aguanta.

Rodeó el coche y subió al volante.

El motor encendió.

La casa quedó atrás en segundos.

Me faltó aire.

Primero poquito.

Luego más.

Intenté respirar hondo y no pude.

—Dante...

Él me miró de reojo.

Su cara cambió.

—Ya casi llegamos.

—No puedo...

La voz se me cortó.

La cabeza me pesaba.

Los párpados también.

Dante pisó más el acelerador.

—Ximena, no cierres los ojos.

Quise obedecer.

De verdad quise.

Pero la sala, la farmacia, su voz y las luces de la calle empezaron a mezclarse.

Lo último que sentí fue su mano apretando la mía.

1
Andris Arias
jajajaj Ximena me hace reír enserio 🤣
Marta Calderón
reconoce que te mueres por él, todo cambiara en esa relación, ambos se sentirán más seguros
Yenireth Aular
la ameee❤️❤️
Betibel Barreto
esto se está poniendo interesante.
Cinthya Rosell
hsy no, otra vez con lo mismo, que alguien le explique a ximena que dante tiene sentimientos por ella y ella tan pero tan.../Determined/
Cinthya Rosell
ya me canso ximena , pobre dante dando todo por ella y ella bien cprtante y penosa
Books_00
Por fin, por fin se ve una emoción que no se siente tan forzada por parte de ella. Es algo muy bonito ver más emociones en Ximena que no sean solo vergüenza o inseguridad.
Maria Del Carmen Geronimo Suárez
/Smile/estuvo muy linda la novela
Katy Andreina Bravo
Aburrido y mucha monotonía aparte la protagonista parece gf
Llessica Ospina
hermoso
Edith G Lopez
Hermosa Novela 🥰
Andrea Mauricio
Me gusta mucho
Mirna Lobo
me hubiese gustado un capítulo sobre un embarazo ☹️😓
Mirna Lobo
me encantó felicidades escritora, al principio estaba un poco lenta por la actitud de ella, pero cuando avanzó estuvo muy buena, gracias 😊
Mirna Lobo
quién lo iba a decir tan serio pero tan fogoso 😜😍😍😍
Mirna Lobo
hahaha cochina te pusieron en tu sitio 🤣🤣🤣🤣
Mirna Lobo
espero que la ponga en su sitio a la resbalosa 😡😡
Nacho Cardozo
me encantó la novela 👌la sigo leyendo y comentando porque estuvo muy buenísima solo falto que si la embarazada de gemelos porque este si era muy apasionado 😍😍😈y me encantó 😍😍😈😈
Nacho Cardozo
me encantó excelente 👌 me fascinó de principio a fin si no comente fue por lo fascinante de su historia que quería seguir y seguir el próximo capitulo gracias por su novela excelente narración solo faltaron los bebés pero estuvo buenísima
Mirna Lobo
no puede ser tan mojigata por Dios, 😠 ponte pilas 😡😡😡
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