Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 18
Capítulo 18. ¿Quién conocía a la heredera?
Camila miró a la mujer que acababa de hablar.
El rostro le resultaba familiar, aunque no recordaba su nombre. Había sido alumna de Beatriz y compañera de Daniel.
Mariana no le dio tiempo a responder.
—Patricia Vidal, ¿tanto te duele ver feliz a alguien? Llevas años sin pareja. Ocúpate de encontrar una en vez de hablar de la de los demás.
—Tú no sabes nada, Mariana. Mejor no te metas. Daniel eligió a Camila porque no podía estar con la mujer que quería. Ella fue su segunda opción.
El salón quedó en silencio.
Las sonrisas desaparecieron. Quienes rodeaban a Camila empezaron a mirar hacia otro lado, como si alguien acabara de decir en voz alta un secreto incómodo.
Camila se quedó quieta.
No necesitaba que Patricia le contara que Daniel quería a otra mujer.
Pero aquella reacción...
Lo normal habría sido sorprenderse, preguntar, dudar. Incluso defenderlo.
No callarse de aquel modo.
Como si todos lo supieran.
Así que no eran tan pocos los que conocían la historia de Daniel y Beatriz.
La única que había seguido creyendo era ella.
Recordó las felicitaciones, las miradas de envidia, las veces que pensó que nadie podía ser más afortunada.
Se le curvaron los labios con amargura.
Qué ridícula había sido.
Solo Mariana reaccionó, roja de rabia.
—¡Te advierto que dejes de inventar! Puedes tenerle envidia sin llegar a esto.
—Digo la verdad. Si la quiere o no, Camila debe de saberlo mejor que nadie.
Patricia la ignoró y miró a Camila con una sonrisa torcida.
—Además, mírala ahora. ¿Qué voy a envidiarle?
—Que es bonita, capaz y que hay quien la quiere. Todos sabemos que te pasaste la universidad compitiendo con ella.
Mariana no se equivocaba.
Cuando Patricia empezó la carrera, unas fotografías tomadas en la calle la hicieron bastante popular en redes. Tenía un cuerpo llamativo y sabía vestirse. Algunos decían que era la más guapa de la facultad de Finanzas.
Después empezaron las comparaciones con Camila.
La atención del campus. Las oportunidades para seguir estudiando. Las becas. Las recomendaciones a empresas internacionales.
En todo lo que Patricia quería, aparecía Camila.
Y siempre que aparecía Camila, ella quedaba fuera. O como segunda opción.
Llegaron a decir que recogía lo que la otra dejaba, que no hacía más que copiarla.
Con el tiempo, Patricia terminó odiándola de verdad.
Camila no sabía nada de aquello. Solo recordaba a una estudiante destacada, muy participativa, que siempre estaba en los eventos organizados por Beatriz.
Ahora, al ver la hostilidad con la que la miraba, entendió que Mariana tenía razón.
Los celos eran evidentes.
—Yo no competía con nadie —replicó Patricia—. La gente de la universidad nos comparaba.
Había levantado la voz y la sonrisa ya no le salía natural.
—Pero el tiempo pone a cada quien en su sitio. Ser buena estudiante no significa que vayas a triunfar después.
Se recostó un poco, mostrando las joyas y las prendas de diseñador.
—Sí, Camila destacaba en la carrera. Y ahora mírennos. Ella es un ama de casa que depende del humor de su marido. Yo lo tengo todo.
Mariana iba a responder, pero Camila le puso una mano en el brazo.
Sonrió apenas.
—¿Crees que estos años en Grupo Ferrer me he dedicado a vivir del dinero de Daniel? Parece que no sabes mucho de lo que hice después de graduarme.
Patricia alzó la barbilla.
—¿Y no es así? Daniel era el más guapo de la universidad, venía de una buena familia y tú...
—Su empresa estaba al borde de la quiebra. Yo conseguí los primeros diez millones de inversión. Yo levanté el negocio hasta llevarlo a una valuación de más de diez mil millones.
Camila hablaba sin prisa. Cada palabra se entendía perfectamente.
—Si quieres hablar de diferencias, tal vez sea esa: mientras yo generaba valor para la empresa, tú estabas aprendiendo a envolverte en marcas de lujo.
Patricia había ido preparada para lucirse. Ropa de diseñador de pies a cabeza, joyas, maquillaje elaborado, ni un rizo fuera de lugar.
Las miradas se dirigieron hacia ella.
Por primera vez dejó de sentirse cómoda bajo tanta atención.
—Al final te da envidia que yo pueda comprar estas cosas. No te va bien y por eso hablas con tanto resentimiento.
Señaló a Camila con desdén.
—Mírate. No llevas nada de valor. ¿Ese bolso no lo compraste cuando nos graduamos? Si yo estuviera tan arruinada, me daría vergüenza venir a ver a mis compañeros.
Camila se levantó y recorrió con la mirada las marcas que la otra exhibía.
—Tú necesitas estas cosas para demostrar que te va bien. Yo tengo mi capacidad para sostenerme. ¿Cuál de las dos vive más pendiente de lo que piensen los demás?
—La empresa no es tuya. Es de los Ferrer. ¡No presumas! Todo lo que hiciste fue porque Daniel te dio la oportunidad.
Otra vez Daniel.
Camila dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
El ruido enfrió todavía más el ambiente.
—¿Porque Daniel me dio la oportunidad?
—¡Exacto! ¡Sin Daniel no eres absolutamente nadie!
Camila había intentado evitar una pelea por consideración a Mariana.
Pero Patricia seguía insistiendo en lo único que no pensaba tolerar aquella noche.
Los demás intervinieron al notar que la discusión estaba por estallar.
—No le hagas caso, Camila. Patricia habla sin pensar.
—Somos compañeros. ¿Por qué pelear apenas nos vemos?
—Patricia, por lo menos discúlpate y brinda con ella. Deja de meterte con Camila. No te hizo nada.
La rodearon y consiguieron que bajara un poco el tono.
Ni siquiera quiso levantar la copa. Uno de los presentes brindó por ella.
Patricia se sentó a un lado, pero siguió murmurando:
—Le dolió porque es verdad. Hasta dependiendo de un hombre le va mal. Qué inútil.
Camila la miró entre quienes la rodeaban.
Se levantó, tomó una copa y le arrojó el contenido a la cara.
—¡Camila!
Varios retrocedieron, sobresaltados.
Patricia se quedó empapada, sin entender lo ocurrido. Después se levantó gritando.
—¡¿Estás enferma?!
—¿Me viste tan tranquila que llegaste a creer que podías faltarme al respeto?
Camila no alzó la voz.
La frialdad con la que habló hizo que todos se quedaran quietos. Hasta Mariana tardó en reaccionar.
Patricia empezó a insultarla e intentó abalanzarse sobre ella. Los demás la sujetaron.
—Traje este bolso porque me recuerda los años que compartimos —continuó Camila—. Pero si el dinero es lo único que sabes mirar en una persona, tu mundo debe de ser muy pequeño.
No dejó de mirarla.
Cuanto más tranquila hablaba, más difícil era responderle.
Patricia abrió y cerró la boca, con la cara cambiando de color.
Mariana se acercó a Camila y le tomó el brazo.
—Déjala. Ahora se mueve en otro círculo. No conviene enemistarte con ella.
—¿Otro círculo? Me gustaría saber cuál acepta gente tan superficial.
Camila calculó el valor de lo que Patricia llevaba puesto. Entre todo, no llegaba a doscientos mil pesos.
¿Desde cuándo unos cientos de miles bastaban para sentirse por encima del resto?
—Dicen que ella... —empezó Mariana.
Un compañero la interrumpió.
—Camila, aunque haya hablado mal, no tenías que echarle la bebida. Pídele perdón.
Otros lo apoyaron.
—No te tomes todo tan en serio. Somos compañeros.
—Patricia tiene mal carácter y es muy directa. No lo hizo con mala intención.
—Además, su situación sí cambió. Aunque Daniel te proteja, no te conviene enfrentarte a ella en Puerto Claro.
—Discúlpate y ya.
Patricia vio a todos de su lado y recuperó la sonrisa.
—¿Lo ves? Ahora soy alguien con quien no puedes meterte. Más te vale pedirme perdón hasta que quede satisfecha. Con una llamada puedo hacer que no encuentres trabajo en toda la ciudad.
Solo Mariana se mantuvo delante de Camila.
—Tú empezaste a insultarla. Te echó la bebida y están a mano. ¿Qué les pasa a ustedes? ¿Van a pisotear a una para quedar bien con la otra? Si alguien tiene que pedir perdón primero, es Patricia.
Patricia se levantó de golpe.
—¿Tampoco te importa tu futuro, Mariana? ¿Ya olvidaste para qué volviste? Piénsalo antes de elegir de qué lado estás.
La expresión de Mariana cambió.
Miró a Camila, apretó los dientes y respondió:
—Ya no necesito que me consigas apoyo. Déjala en paz.
—¿Vas a tirar esa oportunidad por una amiga que no llegó a nada?
Patricia puso los ojos en blanco.
Mariana tomó a Camila del brazo para irse, pero había gente cerrándoles el paso.
Camila le apartó la mano con suavidad.
El organizador de la reunión intentó hacerla entrar en razón.
—Te voy a decir la verdad. Ofender a Patricia es ofender a los Montenegro.
—¿Los Montenegro? ¿La familia más rica de Puerto Claro?
Camila pareció sorprendida. Después sonrió.
El hombre creyó que por fin había entendido el peligro.
—Patricia es íntima amiga de la hija.
—¿La heredera que acaba de aparecer? ¿La que recibió los cien mil millones de Alejandro?
—Esa misma. Son amigas desde hace años. Todo lo que lleva Patricia se lo regaló ella.
Él seguía explicando, preocupado. A Camila le parecía cada vez más absurdo.
¿Desde cuándo era amiga de Patricia? ¿Cuándo le había comprado todos aquellos regalos?
Esta vez soltó una risa de verdad.
El hombre señaló a Mariana.
—Sé que eres terca. Pero, si no piensas en ti, piensa en tu amiga.
Mariana había vuelto para negociar con Grupo Montenegro. Después de varios intentos sin conseguir una cita, oyó que Patricia podía ayudarla y por eso había ido a la reunión.
Camila entendió también por qué habían insistido en que fuera ella.
Dos años después de graduarse, Patricia todavía quería compararse y ganarle en algo.
—La gente que tiene que trabajar para vivir no puede enemistarse con los Montenegro en esta ciudad... —seguía diciendo el hombre.
Camila ya no quiso escucharlo.
Se volvió hacia Patricia.
—¿De verdad conoces a la heredera?
La otra cruzó los brazos, convencida de que la había asustado.
—Por supuesto. ¿O me vas a decir que la conoces tú?