Alexa Steviola despierta en una habitación de hospital, con ocho meses de embarazo y un recuerdo que le hiela la sangre: ya vivió este día. Y también vivió lo que vino después, la caída, la pérdida, la muerte.
En su vida pasada lo hizo todo mal. Se aferró a Lucas Damarion Clinton, el multimillonario más frío y más inalcanzable de Londres, con una obsesión que arruinó a todos, empezando por ella misma. Le robó el prometido a su propia tía, se ganó el desprecio de dos familias y perdió a su hijo antes de que pudiera nacer.
Esta vez será distinta. Alexa ya no quiere su atención, ni su dinero, ni su apellido. Solo quiere que su bebé nazca sano, vender sus joyas, comprar un billete a un pueblito de Suiza y firmar el divorcio en cuanto pueda.
Pero Lucas no está dispuesto a perder lo único que, sin darse cuenta, empezaba a importarle.
Porque la mujer que antes lo perseguía a todas horas ahora lo mira con una calma que le quita el sueño. Porque cada «gracias, no hace falta» de Alexa le duele más que cualquier reproche. Y porque, mientras él se tropieza con sus propios celos, con su orgullo y con una ternura que no sabe cómo ponerle nombre, alguien en las sombras guarda un secreto que podría romper a dos familias... y a ella.
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Cuando nos divorciemos
El silencio se asentó en la habitación blanca cuando los pasos de Lucas se perdieron al otro lado de la puerta. Alexa se hundió contra la pila de almohadas y se quedó mirando una esquina del amplio cuarto de hospital. No había flores sobre la mesa, ni cesta de frutas de algún pariente, ni una sola persona que la acompañara. Estaba completamente sola.
Antes, Alexa no lo habría considerado un problema. En su vida anterior había sido arrogante y egoísta; que el mundo entero la odiara, o no tener ni una amiga, le tenía sin cuidado mientras Lucas estuviera a su lado. Ahora, en cambio, el arrepentimiento se le colaba despacio y le golpeaba el pecho. Qué tonta había sido. Se había aislado del mundo solo por perseguir a un hombre cuyo corazón pertenecía a otra.
Toc.
Una patadita desde dentro del vientre interrumpió sus pensamientos. Hizo una mueca y se llevó la mano al lado derecho de la barriga; de sus labios escapó una risa corta.
—Ay... ¿te asusté, mi amor? —susurró, acariciando el bulto—. Perdona a mamá. Seguro que te pones triste de ver a mamá sin amigos.
El bebé pareció responder con un movimiento suave. Alexa sonrió apenas. Desde ahora tenía que apartarse de todos esos círculos tóxicos. Ya no necesitaba mendigar atención a una familia que había aprendido a odiarla, y mucho menos a la familia de Lucas, que la veía como una parásita.
Cuando naciera el bebé y se tramitara el divorcio, Alexa se iría lejos. Quizás a un pueblito perdido de Suiza. Había leído que era un país precioso, rodeado por los Alpes, con praderas verdes y paisajes de cuento de hadas. El lugar perfecto para criar a su hijo en paz.
Pero vivir en el extranjero costaba mucho. Alexa empezó a darle vueltas al asunto. Tenía que valerse por sí misma y reunir un fondo de emergencia desde ya.
Mis cosas de marca, pensó al acordarse de algo. En otro tiempo había sido derrochadora: compraba bolsos, joyas y ropa de diseñador solo por vanidad. Si vendía toda esa colección en secreto, sacaría de sobra para empezar su vida en Suiza.
Sus dedos palparon la mesita de noche y sacaron su cartera. Entre sus cosas asomaba una tarjeta negra, sin límite, a nombre de Lucas. La miró con una mezcla complicada de sentimientos.
Recordaba muy bien cómo la había conseguido en la vida pasada. Había amenazado a Lucas con crueldad.
«¡Si no me das esta tarjeta, me aseguraré de que Catalina sufra!», le había gritado entonces. Lucas, asustado por lo que pudiera pasarle a la mujer que amaba, se la había arrojado sin decir palabra.
Alexa exhaló un suspiro largo.
—Ese hombre quiere tanto a la tía Catalina... Daría lo que fuera por saberla a salvo.
Dejó la tarjeta sobre la mesa. No tenía derecho a volver a usarla. Era el símbolo de su codicia y de su manipulación pasadas. Se la devolvería a Lucas más adelante.
Tomó el celular y desbloqueó la pantalla con un resto de esperanza. Deseaba que hubiera al menos una notificación, un mensaje preguntando por ella, aunque fuera una línea. Pero la pantalla estaba limpia. Solo la hora y un par de avisos de aplicaciones sin importancia.
Claro. Nadie se preocupaba por ella.
Sintió el pecho oprimido. Las lágrimas le cayeron una a una sobre la pantalla fría del teléfono. Lloró sin hacer ruido, lamentando una desgracia que en el fondo era la cosecha de sus propios actos.
Clic.
La puerta se abrió de nuevo. Alexa dio un respingo y se secó los ojos de un manotazo.
Lucas estaba en el umbral. Todavía no se había ido del todo. Traía en la mano una pequeña bolsa de papel con medicinas de la farmacia del hospital. Se detuvo al ver los ojos rojos y húmedos de Alexa.
—¿Estás llorando? —preguntó con sequedad, aunque en su voz se notaba cierta confusión.
Alexa giró la cara hacia la ventana, tratando de arreglarse la voz.
—No. Solo se me metió una basurita en el ojo.
Lucas se acercó y dejó la bolsa sobre la mesita. Sus ojos afilados se detuvieron un segundo en la tarjeta negra, tirada junto a la cama.
—¿Por qué está mi tarjeta fuera de tu cartera? —preguntó, volviendo la vista a ella.
—Pensaba devolvértela —respondió Alexa con la voz ronca. Tomó la tarjeta y se la tendió—. Tómala. Ya no la necesito.
Lucas no la aceptó. Mantuvo las manos en los bolsillos y las cejas juntas.
—¿Por qué? ¿No fuiste tú quien insistió en tenerla? ¿Por qué la devuelves ahora?
—Porque no tengo derecho a tenerla —contestó Alexa con franqueza—. Antes te obligué a dármela de una manera sucia. Ahora entiendo que no merezco usar tu dinero en cosas innecesarias.
—Es la tarjeta de mi esposa. Tienes derecho a usarla para ti y para el bebé —dijo Lucas, tajante.
Alexa sonrió con amargura.
—Lo de esposa es solo por un tiempo, Lucas. No hace falta fingir. Sé que me la diste entonces solo por miedo a que le hiciera daño a la tía Catalina, ¿verdad?
Lucas guardó silencio. No lo negó, pero su rostro se endureció todavía más. El silencio entre los dos se volvió asfixiante.
—Quédatela —insistió Alexa, suave, y puso la tarjeta junto a la mano de él—. Tengo mis propios ahorros, de lo que venda de mis cosas. No voy a molestarte más.
—¿Vender tus cosas? —Lucas la miró desconcertado—. ¿Para qué? ¿Te falta con lo que te doy cada mes?
—No me falta. Es que... —Alexa se detuvo un momento y se acarició la barriga, que sentía tibia—. Quiero aprender a valerme sola. Quiero preparar mi futuro y el de este niño por mi cuenta.
—Soy su padre, Alexa. No tienes que actuar como si estuvieras sola en el mundo —dijo él, con la voz algo más alta, ofendido por esa resignación.
Alexa lo miró a los ojos, muy fijo.
—Pero es que es así, ¿no? Estoy sola en esta habitación. Sin amigos, sin familia. Y tú estás aquí solo por responsabilidad con este bebé, no porque me quieras a mí.
Lucas abrió la boca para contestar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. La mirada de Alexa, tan sincera y sin rencor, le apretó el pecho.
—Ya lo decidí —continuó ella con una voz muy serena—. Cuando nazca, me iré lejos. Muy lejos de aquí.
—¿Adónde? —preguntó Lucas enseguida.
—A un lugar tranquilo. Quizás a un pueblo en Suiza —murmuró Alexa, la mirada perdida, imaginando montañas hermosas—. Allá todo es bello y apacible. Ideal para criar a un niño sin sombras de un pasado oscuro.
—¿Suiza? —Lucas soltó una risa fría, aunque sus ojos mostraban un fuerte desacuerdo—. ¿Estás soñando? ¿De verdad crees que es fácil criar a un hijo sola en un país ajeno?
—Quizás sea difícil, pero es mucho mejor que quedarme aquí estorbando en tu vida y en la de la tía Catalina —contestó Alexa sin dudar.
Lucas dio un paso al frente y acortó la distancia. Su aura dominante llenó el espacio mientras miraba a Alexa, que seguía sentada, resignada, sobre la cama.
—¡Yo nunca te he autorizado a llevarte a mi hijo al extranjero! —dijo con frialdad y firmeza.
Alexa lo observó con una sonrisa tenue.
—Puedes visitarlo cuando quieras, Lucas. No voy a impedirte que lo veas. Pero vivir juntos... los dos sabemos que eso no es posible.
—Alexa...
—Por favor, Lucas —lo interrumpió ella, bajito, con voz agotada—. ¿Podemos no discutir hoy? Solo quiero descansar. Me duelen un poco la cabeza y la barriga.
Al oír la queja, la expresión de Lucas cambió de golpe a duda. Apretó los puños, conteniendo la rabia y la confusión que se agitaban en su pecho. La miró un buen rato; su rostro pálido se veía muy frágil.
—Duerme y descansa —dijo al fin, con la voz más suave, aunque aún parco—. Y no vuelvas a pensar en cosas raras.
—Gracias —susurró Alexa. Se recostó despacio, dándole la espalda.
Lucas se quedó allí varios minutos, escuchando la respiración de Alexa volverse pausada. Vio la tarjeta negra sobre la mesita y luego la espalda de su esposa. Una sensación profunda de no querer soltarla le brotó de pronto.
Antes había deseado con todas sus fuerzas librarse de Alexa. Pero ahora, que ella de verdad pensaba arrancarse el cariño y salir de su vida, Lucas sintió que algo valioso se le estaba escapando de las manos.