Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 20: Confidencias, risas y la revelación del pasado
El cerrojo de la puerta principal giró con estrépito y la hoja se abrió de golpe, rebotando contra el tope de goma del recibidor.
—¡Chiara Romano! ¡Abre las orejas y prepárate porque no me muevo de esta sala hasta que me sueltes hasta el último detalle! —anunció Vanessa a viva voz, cruzando el umbral como un auténtico huracán.
Vanessa no solo era la mejor amiga de Chiara desde los años de universidad; era también su ingeniera de confianza y su mano derecha infranqueable en la división de logística de armamento. Traía bajo el brazo un par de copas de cristal de tallo largo y, en la otra mano, sosteniéndose como si fuera una antorcha, una botella de vino tinto reserva de etiqueta negra.
Chiara, que estaba tirada en el sofá de su departamento vistiendo unos pantalones cómodos de franela y una camiseta tirante descolorida, soltó una carcajada mientras se incorporaba despacio.
—¡Pero qué entrada tan discreta, Vane! —se burló Chiara, acomodándose el moño desordenado—. Cualquiera diría que se está quemando el taller.
—El taller no, pero tu vida social está echando chispas y yo me entero por los pasillos de la empresa —espetó Vanessa, quitándose los tacones de un tirón para tirarlos cerca de la entrada. Caminó hacia la cocina americana, descorchó la botella con la soltura de una experta y sirvió el vino hasta la mitad de las dos copas—. Tengo la noche entera libre, un teléfono en modo avión y cero paciencia. Así que habla, cacatúa, que el chisme de la gala y lo del estacionamiento ya le dio tres vueltas a Roma.
Vanessa regresó a la sala, le encajó una copa en la mano a Chiara y se dejó caer de golpe en el otro extremo del sofá, cruzando las piernas.
—A ver, salud por el desastre —dijo Vanessa, chocando su cristal contra el de Chiara—. Y ahora, empieza desde el principio. ¿Es verdad que Isabella terminó chillando en el estacionamiento antes de que Giordano la mandara empaquetada para Suiza?
Chiara dio un trago largo a su vino, dejando escapar un suspiro que mezcla alivio y nostalgia.
—Es verdad —asintió Chiara, mirando el líquido rojo en su copa—. Matteo se encargó de ella personalmente. Isabella intentó armar un informe falso para filtrar a los medios y dañar a Leo... pero Matteo la interceptó antes de que pudiera mover un solo folio. La acorraló y le dejó clarísimo que si volvía a respirar cerca del niño o de mí, la borraba del mapa.
Vanessa abrió los ojos de par en par, ahogando un grito de emoción contenida mientras se llevaba la mano al pecho.
—¡Madre santa de Dios! —exclamó Vanessa, inclinándose hacia adelante—. ¡El Lobo de Roma sacando los colmillos por ti! Chiara, por favor, dime que estabas mirando desde un rincón con un tazón de palomitas.
—Yo no estaba ahí, Vane, me enteré por mi papá —se rió Chiara, negando con la cabeza—. Pero me consta que Isabella no vuelve a poner un pie en Italia en un buen par de años. Mi padre estaba descompuesto del dolor, pero entendió que esta vez su hija mayor había rozado un límite peligroso.
—Bien merecido se lo tiene esa víbora desabrida —sentenció Vanessa, dando otro trago—. Pero basta de la loca de tu hermana. Hablemos de lo que de verdad me importa: Matteo Vitale. Porque a mí no me vas a engañar, Romano. Yo vi cómo te sujetó de la cintura en la gala frente a todos los capos. ¡Eso no fue un rescate formal, eso fue marcar territorio con un letrero luminoso en la frente!
A Chiara le subió un calor repentino por el cuello, tornando sus mejillas de un rosa encendido. Se acomodó en el sofá, intentando sostener la postura sobria, pero la sonrisa delatadora no tardó en aparecérsele en los labios.
—Fue... intenso, Vane —murmuró Chiara en voz baja, mirando hacia el ventanal—. Pensé que me iba a estrellar contra el mármol, y de pronto me encontré pegada a su pecho. Sentí su respiración en el cuello, sus manos en mi cadera... Dios, el tipo se siente como una pared de puro músculo caliente.
—¡Ay, por favor! ¡Si se nota a tres kilómetros de distancia! —se burló Vanessa, soltando una risotada franca mientras le daba un codazo travieso en la rodilla—. Matteo Vitale es un monumento de hombre. Mide como un metro noventa, tiene esa espalda gigante que parece dibujada a mano, y esa cara de 'te voy a destrozar pero te va a encantar'. Ese hombre no anda jugando con pistolas de agua, Chiara... ¡ése tiene una metralhadora de alto calibre bajo la correa! ¡Se le nota a leguas por cómo camina!
—¡Vanessa! —chillos Chiara, cubriéndose la cara con ambas manos mientras soltaba una carcajada muerta de la vergüenza—. ¡Eres una descarada!
—¡Descarada pero realista, mi amor! —se defendió la amiga, alzando la copa—. A ver, dime la verdad... ¿qué pasó en la cocina de la mansión el otro día? Porque Alejandro andaba murmurando en el taller que su hermana andaba caminando como en las nubes.
Chiara bajó las manos, dejando al descubierto una mirada cargada de una ternura y una pasión contenidas que Vanessa conocía de sobra.
—Estábamos solos limpiando pintura... y casi nos besamos, Vane —confesó Chiara en un susurro cargado de emoción—. Estábamos a un milímetro. Sentí sus labios rozando los míos, me sostuvo la cara como si fuera lo más delicado del mundo... Si Leo no hubiera entrado corriendo a la cocina, juro que me entregaba ahí mismo contra la mesada.
Vanessa se quedó con la boca abierta durante tres segundos enteros antes de dejar soltar un grito de alegría que hizo retumbar la sala.
—¡No me digas más! —exclamó Vanessa, llevándose las manos a la cabeza—. ¡El Lobo de Roma está cayendo redondito! Y tú, mi querida cacatúa... por fin vas a jubilar esa virginidad que tienes guardada en una caja fuerte desde los dieciocho años.
Chiara sonrió con timidez, mirando el fondo de su copa. El ambiente en la sala pasó de la burla picante a un tono mucho más íntimo y profundo.
—No es solo por el deseo, Vane... —musitó Chiara con la voz entrecortada por la nostalgia.
Vanessa ladeó la cabeza, adoptando una expresión dulce mientras observaba a su mejor amiga.
—Lo sé —dijo Vanessa suavemente—. Sé que esto viene de mucho antes.
Chiara dejó la copa sobre la mesa de centro y se abrazó las rodillas contra el pecho, dejando que la memoria la llevara años atrás.
—Fue cuando me iba a estudiar a fuera y ahí fue la primera vez que entendí lo que me pasaba con él —confesó Chiara, con los ojos color miel brillando bajo la luz tenue del departamento—. Él tenía veintiseis y llegaba a la residencia Romano con mi hermano Alejandro. Todos los demás hombres que venían con mi papá me miraban como a una niña tonta o con esa condescendencia molesta... pero Matteo no. Él me miraba a los ojos, me escuchaba cuando le hablaba de los calibres de las pistolas y me trataba con un respeto que me hacía temblar las piernas.
—Siempre te gustó —afirmó Vanessa con ternura.
—No solo me gustaba, Vane... me enamoré de él como una loca —admitió Chiara, sintiendo un rubor cálido en las mejillas—. Cuando lo veía caminar por los jardines de mi casa, tan alto, tan imponente, tan serio... yo no veía solo al amigo rudo de mi hermano. Yo lo veía a él. Veía al hombre con el que quería despertar todas las mañanas, al único hombre que deseaba que fuera el padre de mis hijos. Cuando se casó con esa mujer, se me rompió el corazón en mil pedazos... pero ver ahora cómo cuida a Leo, cómo sufre en silencio por protegerlo... me terminó de matar. No hay otro hombre para mí, Vane. Jamás lo hubo.
Vanessa la miró con los ojos empañados, conmovida por la verdad cruda y hermosa de su amiga. Se inclinó sobre el sofá y le apretó las manos con fuerza.
—Entonces ve por él, Chiara —dijo Vanessa con convicción absoluta—. Ese hombre ha vivido en un infierno de hielo durante siete años, y tú eres el único fuego que lo está volviendo a la vida. Su hijo te ama, los abuelos te adoran y Matteo está que se muere de ganas por romper todas sus reglas por ti. No dejes que la virginidad ni el miedo te frenen ahora. Es el hombre de tu vida... ve y hazlo tuyo.
Chiara sonrió, sintiendo que el pecho le ardía de determinación y amor puro. Miró a su amiga, tomó su copa y volvió a brindarle.
—Lo voy a hacer, Vane —prometió Chiara con una chispa indomable en los ojos—. Ese Lobo de Roma no sabe la que le espera. El es mío desde hacé rato.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.