trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 6: El Trono Compartido
El silencio en la suite nupcial de la mansión Steelwood era absoluto, roto solo por el siseo rítmico de los vaporizadores de seda. Elena, a sus 18 años, permanecía inmóvil en el centro de la habitación, rodeada por cinco asistentes que trabajaban con la precisión de cirujanos. El aire olía a una mezcla costosa de lirios del valle, laca de fijación francesa y el aroma metálico del champán helado que reposaba en una cubitera de plata.
Frente a ella, en un maniquí de seda, colgaba la pieza central del día: su vestido. No era un vestido de novia convencional; era una declaración de guerra estética. Diseñado en exclusiva por la casa Alexander McQueen en Londres, el traje estaba confeccionado en encaje de Chantilly tejido a mano con hilos de plata real. El cuerpo era un corsé rígido que reducía su cintura a una línea casi imposible, resaltando la curva de sus caderas y la elegancia de su cuello. La falda, una cascada de treinta metros de tul y seda, terminaba en una cola que requeriría a cuatro pajes para ser transportada.
—Señorita Valerius, es hora —murmuró Mademoiselle Claire, cuya severidad habitual parecía haberse suavizado ante la magnitud del evento.
Elena se dejó vestir. El contacto de la seda fría contra su piel le provocó un escalofrío. Mientras ajustaban los cordones del corsé, sintió que le robaban el aliento, una metáfora física de lo que su vida con Ethan representaba. Cada vez que apretaban más, ella se sentía más como una estatua y menos como una mujer.
Su cabello rubio cenizo había sido recogido en un moño bajo, arquitectónico, dejando al descubierto unos pendientes de diamantes de diez quilates cada uno que Ethan le había enviado esa mañana con una nota escueta: “Para que brilles más que las cámaras”. En su cabeza, una tiara de platino y zafiros —una reliquia de los Steelwood— pesaba como una corona real.
Elena se miró al espejo. La transformación era completa. Ya no quedaba rastro de la niña rebelde que usaba vaqueros rotos. En su lugar, había una visión de una belleza gélida y perfecta, una mujer que parecía nacida para gobernar desde un trono de hierro.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó ella, su voz sonando extraña en la habitación vacía de sentimientos.
—Esperando en el gran salón, señorita. El convoy está listo. Mil quinientos invitados ya han llenado la catedral. La seguridad dice que hay manifestantes y prensa bloqueando tres manzanas a la redonda.
Elena asintió. Se puso sus guantes de encaje que cubrían hasta el codo, ocultando el ligero temblor de sus manos. Sabía que afuera, el mundo estaba esperando ver el “negocio del siglo”. Lo que nadie sabía era que, para ella, este vestido era tanto una armadura como una mortaja.
La Catedral de San Judas era una joya gótica de piedra oscura y vitrales que narraban historias de mártires. Ese día, el interior había sido transformado. Diez mil orquídeas blancas colgaban del techo abovedado, y el camino hacia el altar estaba cubierto por una alfombra de terciopelo azul noche, el color de la alianza Steelwood-Valerius.
Ethan, de 19 años, estaba de pie en el altar. Si Elena era una visión de plata, él era una columna de sombra y poder. Vestía un chaqué de corte tradicional pero con telas modernas de una opulencia discreta. El negro de su traje era tan profundo que parecía absorber la luz de las velas. Su postura era militar; las manos cruzadas a la espalda, los hombros rectos y la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro parecían esculpidos en mármol.
A su lado, su hermano menor Dominic, ahora de 8 años, sostenía los anillos en un cojín de seda. Pero Ethan no miraba a su hermano. Sus ojos verdes estaban fijos en las puertas cerradas de la catedral.
Los mil quinientos invitados —lo más selecto de la política, las finanzas y la realeza europea— guardaban un silencio expectante. Entre ellos, los Vane y otros rivales observaban con ojos de envidia, buscando cualquier grieta en la fachada del joven CEO. Ethan podía sentir sus miradas, pero no le importaban. Solo le importaba la mujer que estaba a punto de cruzar esa puerta.
De repente, el órgano estalló en una marcha unpcial majestuosa. Las grandes puertas de roble se abrieron y una luz blanca cegadora inundó el pasillo.
Allí estaba ella.
Ethan sintió un golpe en el pecho que ninguna pérdida financiera le había provocado jamás. Elena caminaba del brazo de Marcus Valerius, moviéndose con una gracia que parecía sobrenatural. El velo de encaje cubría su rostro, pero Ethan podía ver la silueta de su cabeza inclinada con orgullo. A cada paso que daba, el murmullo de los invitados crecía. Era la boda de los herederos, pero parecía el funeral de su libertad.
Cuando Elena llegó al altar, Marcus tomó la mano de su hija y, con un gesto solemne, se la entregó a Ethan. El contacto de las manos de los dos jóvenes fue eléctrico. Ethan sintió la frialdad de los guantes de Elena y la firmeza de su agarre.
Él se inclinó y le levantó el velo. Sus ojos se encontraron. En los de ella, Ethan vio una tormenta de miedo y desafío; en los de él, Elena vio una promesa de protección tan absoluta que rozaba la locura.
—Estás aquí —susurró Ethan, tan bajo que solo ella pudo escucharlo.
—No tenía otra opción, ¿verdad? —respondió ella con una pizca de su antigua acidez, aunque sus ojos estaban húmedos.
Ethan sonrió de forma casi imperceptible.
—Hoy el mundo se detiene por nosotros, Elena. Disfruta del silencio antes de que les demos órdenes a todos.
La ceremonia transcurrió como un sueño borroso de latín, votos intercambiados y el peso del anillo definitivo deslizándose en el dedo de Elena. Cuando el sacerdote finalmente pronunció las palabras: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, Ethan no esperó a la invitación formal. Tomó a Elena por la nuca, atrayéndola hacia él con una posesividad que hizo que varios invitados jadearan, y la besó.
No fue un beso de boda tradicional. Fue un reclamo. Un sello. Una advertencia al mundo de que Elena Valerius ya no existía; ahora era Elena Steelwood, y ella le pertenecía a él por encima de cualquier ley humana o divina.
Al separarse, los aplausos estallaron, pero ellos dos permanecieron en su propia burbuja de intensidad. Ethan la tomó del brazo y, juntos, caminaron por el pasillo de la catedral hacia la salida, donde miles de flashes y una vida de control absoluto los estaban esperando.
El salón de baile de la mansión Steelwood había sido transformado en lo que la prensa especializada llamaría más tarde “El Edén de Cristal”. Las paredes de caoba estaban ocultas tras paneles de espejos envejecidos y cascadas de hiedra blanca. Diez lámparas de araña de tres metros de altura colgaban del techo, proyectando una luz dorada que hacía que las joyas de los mil quinientos invitados centellearan con una intensidad casi cegadora.
Ethan, ahora oficialmente el esposo de la mujer más deseada y envidiada del país, no se separaba de ella ni un milímetro. A sus 19 años, su presencia había adquirido una dimensión nueva; ya no era solo el heredero, era el patriarca de una unión que controlaba el 35% del flujo comercial del continente. Su mano descansaba firmemente en la parte baja de la espalda de Elena, guiándola a través de la marea de magnates, embajadores y aristócratas que buscaban desesperadamente una palabra de la pareja de oro.
Elena, a sus 18 años, sentía el peso físico del vestido y el peso emocional de las miradas. El corsé de McQueen le impedía respirar con normalidad, obligándola a mantener una postura de una rectitud aristocrática que le resultaba ajena. Su rostro era una máscara de cortesía perfecta, pero por dentro, sus nervios estaban a flor de piel.
—Sonríe, Elena —susurró Ethan cerca de su oído mientras se acercaban a la mesa donde el Primer Ministro conversaba con el director del Banco Central—. Solo tres horas más de este circo y seremos libres.
—¿Libres? —replicó ella en un susurro apenas audible, manteniendo su sonrisa dirigida a un fotógrafo—. Esta es nuestra vida ahora, Ethan. Un desfile infinito de gente que nos odia mientras bebe nuestro champán de mil dólares la botella.