Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 23: «¿Quién eres realmente?»
El viento del lago arrastró una bocanada de neblina espesa, disipando el humo acre de la pólvora. El agua de lluvia comenzaba a formar hilillos oscuros y carmesíes entre las hendiduras de las lajas de piedra, rodeando los tres cuerpos inertes.
Dante no se movía. Su respiración, pesada y furiosa, se condensaba en vaho blanco frente a sus labios. Detrás de él, los seis soldados de la guardia interior permanecían con los cañones apuntando al suelo, incapaces de asimilar que la escena que tenían delante no era obra de un pelotón de asalto, sino de la joven que sostenía a un niño contra su regazo.
—Te hice una pregunta, Aleksandra —repitió Dante, dando un paso lento hacia adelante. La gravilla crujió bajo sus botas de cuero—. ¿Quién carajo te enseñó a moverte así?
Aleksandra levantó la vista despacio. No había arrepentimiento en sus ojos verdes, ni el temblor característico del choque postraumático. Había una frialdad lúcida, matemática, la misma con la que enfrentaba una ruptura arterial masiva en el quirófano.
—Mi padre —respondió con voz firme, sin bajar el mentón—. Me enseñó a no ser el cadáver de nadie.
Dante se detuvo junto al primer cuerpo. Se inclinó apenas para observar la herida en el cuello del gigante: un corte milimétrico en la fosa supraclavicular, una incisión letal de cirujano que había vaciado al hombre en menos de quince segundos. Luego miró al segundo: el impacto en el tabique nasal, perforando la cavidad craneal en el ángulo exacto de la técnica del triángulo de la muerte. Y finalmente, la laringe aplastada del tercero.
—Esto no es defensa personal de gimnasio ni trucos para zafar de un asaltante callejero —dijo Dante, levantando la vista hacia ella con los ojos grises ardiendo en sospecha oscura—. Rompiste una tráquea con la base de la palma y disparaste a la zona T facial con una cadencia de tiro de combate cerrado. Eso es doctrina militar. Doctrina de las fuerzas especiales rusas.
Antes de que Aleksandra pudiera replicar, un quejido ronco y ahogado interrumpió el enfrentamiento.
A cinco metros de distancia, sobre la hierba empapada, Lorenzo intentaba incorporarse. La sangre brotaba a borbotones oscuros entre sus dedos, manchando la manga de su abrigo a la altura del hombro derecho.
En una fracción de segundo, la depredadora que había quebrado huesos sobre la piedra se extinguió. Aleksandra volvió a ser la cirujana.
—¡Dimitri, quédate aquí con Maria! —ordenó, soltando al niño y dejándolo bajo el resguardo de la anciana ama de llaves, que acababa de asomarse a la escalinata con el rostro pálido como la cera.
Aleksandra corrió hacia Lorenzo sin dudarlo un segundo, cayendo de rodillas sobre el barro a su lado.
—¡No te muevas, Lorenzo! —ordenó con autoridad tajante, apartándole la mano con fuerza firme—. Tienes un proyectil alojado cerca de la arteria circunfleja humeral. Si te incorporas, la contracción del deltoides desgarrará el vaso.
Rasgó la tela de la camisa del lugarteniente con un tirón certero, tomó un paquete de gasas hemostáticas de su maletín y aplicó una compresión bimanual directa sobre el punto de sangrado.
Dante la observaba desde arriba, completamente fascinado por el contraste salvaje de esa mujer: sus manos, que segundos antes habían empuñado el acero para arrebatar tres vidas, ahora manipulaban tejido y vasos con una devoción casi sagrada por preservar la de su hombre de confianza.
—Dante, deja de mirarme y hazte útil —espetó ella sin mirarlo, clavándole los codos a la herida—. Dos hombres para una camilla rígida. Necesito transportarlo al dispensario de Bellini ahora mismo. El pulso radial está débil; si no sello esa rama en los próximos veinte minutos, entrará en shock hipovolémico. ¡Muévanse!
Los soldados de la guardia, habituados a no recibir órdenes de nadie salvo del Don, miraron a Dante en busca de confirmación. El capo asintió con un gesto seco de la cabeza.
—Hagan exactamente lo que la doctora dice —bramó Dante—. ¡Ya!
Cuatro hombres improvisaron una lona táctica para cargar a Lorenzo, subiendo la escalinata a paso veloz hacia el ala médica. Aleksandra corrió junto a ellos, manteniendo la presión sobre la herida con una mano mientras sostenía el suero con la otra, dejando atrás el charco de sangre y la niebla de los jardines.
Dos horas después, el dispensario médico de la villa olía a yodo, alcohol y suturas frescas.
Lorenzo dormía bajo el efecto de una sedación ligera en una de las camillas articuladas, con el hombro vendado en espiga y una vía periférica pasando solución fisiológica a goteo constante. El doctor Bellini, que había asistido a Aleksandra durante la extracción del plomo, limpiaba el instrumental en la bacha de acero inoxidable, sacudiendo la cabeza con admiración silenciosa cada vez que miraba a la joven.
Aleksandra se lavaba las manos en el lavamanos continuo. El agua caliente corría arrastrando los restos de sangre seca que aún se escondían bajo sus uñas.
La puerta de madera se abrió con un crujido sordo.
Dante entró a la sala. Se había cambiado la ropa manchada por una camisa negra limpia y llevaba una carpeta de cuero marrón bajo el brazo. Esperó a que Bellini terminara de secar las pinzas y le hizo un gesto con la cabeza hacia la salida. El anciano médico comprendió de inmediato, se quitó los guantes y abandonó el dispensario cerrando la puerta tras de sí.
Aleksandra cerró el grifo. Tomó una toalla descartable y se secó los dedos uno a uno, sin volverse.
—Lorenzo está fuera de peligro —dijo ella con voz neutra—. El proyectil no tocó el plexo braquial ni perforó la pleura. Con reposo y antibióticos estará de pie en dos semanas.
—No vine a hablar de Lorenzo —dijo Dante, deteniéndose a un metro de su espalda—. Vine a hablar de los tres hombres que dejaste en el jardín.
Aleksandra se dio la vuelta, apoyando la cadera contra la mesada de acero.
—Eran mercenarios de Valerio. Iban a matar a Dimitri. Hice lo que tenía que hacer.
—No eran mercenarios de Valerio —cortó Dante, y su tono cayó con el peso de una verdad helada—. Eran operadores de la Bratva. Soldados de élite rusos veteranos de Chechenia y Siria. Llevaban tatuajes carcelarios de San Petersburgo en los nudillos y estrellas de ocho puntas bajo las clavículas: la marca de los Vory v Zakone. Ladrones en ley. La aristocracia criminal de Rusia.
Aleksandra frunció el ceño, desconcertada.
—¿Rusia? ¿Por qué la mafia rusa atacaría tu villa? Dijiste que Valerio estaba comprando armas en Suiza...
—Valerio no tiene el dinero ni el peso para contratar a hombres con estrellas en el pecho, Aleksandra —Dante dio un paso al frente, clavando sus ojos grises en los de ella con una intensidad demoledora—. Esos hombres no venían a matarte. Venían a capturarte a ti. A ti y al niño.
Un frío repentino le bajó por la columna a la cirujana.
—Eso es absurdo. No tengo nada que ver con ellos. Nací en Turín, me crié en un orfanato de monjas en Milán...
—Deja de mentirte —rugió Dante en un susurro bajo, abriendo la carpeta de cuero y arrojando tres fotografías sobre la mesada metálica—. Tu técnica de desarme es Sambo militar. La forma en que rompiste esa rodilla es un barrido exclusivo del entrenamiento de la academia de fuerzas especiales de San Petersburgo. Y en el avión le hablabas a Dimitri en un ruso nativo, sin el menor rastro de acento extranjero. ¿De verdad pretendes que me crea que aprendiste eso en el catecismo de las Hermanas de la Merced?
Aleksandra sintió que el suelo comenzaba a desmoronarse bajo sus pies. Los recuerdos de su infancia —esos que siempre había guardado bajo una pátina de nostalgia inocente— empezaron a cobrar una tonalidad siniestra en su mente.
—Mi padre... —comenzó ella, y por primera vez su voz vaciló apenas—. Mi padre decía que el mundo era un lugar cruel para una mujer sola. Cuando yo tenía seis años, en el sótano de nuestra casa en las afueras de Milán, él me hacía entrenar todos los días. Juegos de reflejos con pelotas de tenis, palancas articulares, memoria espacial con los ojos vendados... Me enseñó a desarmar una pistola antes de que aprendiera a andar en bicicleta.
Se llevó una mano a la sien, sintiendo una punzada punzante detrás de los ojos.
—Me decía que era nuestro secreto. Que si alguien me atacaba alguna vez, tenía que golpear para destruir y no para asustar. Pensé... pensé que estaba loco por la guerra, que era un hombre paranoico que había quedado traumatizado tras escapar de la Unión Soviética.
Dante la observó fijamente. La perplejidad en el rostro de Aleksandra era genuina; no había cálculo ni engaño en la palidez de sus mejillas. Ella realmente no sabía quién era. Había caminado toda su vida cargando un arsenal letal en sus manos, creyendo que era una simple herencia de amor paterno.
Dante apoyó una mano pesada y cálida sobre el hombro de Aleksandra. El contacto, lejos de ser una amenaza, fue un ancla firme en medio del temblor que comenzaba a sacudirla.
—¿Cómo se llamaba tu padre en los documentos del orfanato? —preguntó Dante en un murmullo pausado.
—Mikhail Rossi. Decían que era transportista internacional. Que murió junto a mi madre en un choque frontal en la autopista de Turín cuando yo tenía ocho años.
Dante entrecerró los ojos de tormenta, y una sombra de comprensión colosal y peligrosa iluminó sus facciones.
—Mikhail Rossi no existe, Aleksandra. Ningún transportista civil le enseña a su hija de seis años cómo seccionar una subclavia con un solo corte.
Se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que sus miradas se sellaron.
—Tu padre no murió en un accidente común. Tu padre era un fantasma que huyó de la Bratva con un botín de guerra y te ocultó a plena vista en el corazón de Italia. Y hoy, los fantasmas de tu sangre acaban de tocar mi puerta.