El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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04
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—¿Qué tanto haces? Llevo un buen rato hablando y a ti no te importa en lo más mínimo —dijo él al fin.
—Ah... ¿yo? Estoy comiendo. ¿Quieres? Después mando a un empleado a que te lleve algo al hospital.
Al otro lado de la línea, Renzo abrió los ojos de par en par.
—¿Comiendo? —preguntó con el rostro incrédulo—. Te estoy hablando en serio de nuestra boda ¿y tú tan campante, comiendo? —negó con la cabeza—. ¿De verdad no te importa nada lo que acabas de hacer?
Alena por fin se levantó y salió del comedor con el celular todavía en altavoz.
—¿Ya terminaste? —preguntó con voz plana.
—¿Qué? —Renzo frunció el ceño, sin entender—. ¿A qué te refieres? ¿Qué cosa terminó?
—De hablar. Si no has terminado, sigue nomás. Te escucho.
—¿Alena...?
—Parece que tú ya terminaste. Entonces ahora es mi turno. —Alena le cortó la palabra—. Tú fuiste el que me dejó sola en mi propia boda, tú fuiste el que eligió quedarse cuidando a Selena. Que se desmayó, ¿no? Esa es tu excusa. Si solo fue un desmayo, ¿por qué no mandaste a un guardia a llevarla al hospital? ¿Sabes por qué? Porque yo nunca fui tu prioridad. Todo ese amor que tanto proclamas no es más que puro cuento.
—Alena, yo...
—¡Cállate! ¡Ahora te toca a ti escucharme a mí! —Alena no lo dejó volver a hablar—. ¿Dices que la boda solo estaba aplazada? ¿Estás loco? Yo ya estaba arreglada, el oficiante ya había llegado, los invitados llenaban el salón, todo estaba listo y solo faltaba que aparecieras tú. ¿Y de pronto me sales con que se aplaza? ¿Todavía estás en tus cabales?
—¡Alena! —Renzo sonaba realmente furioso.
—¡Renzo Sebastián! —le gritó ella de vuelta.
Al otro lado de la línea, Renzo volvió a abrir los ojos como platos. Era la primera vez que Alena lo llamaba solo por el nombre, sin ningún apodo cariñoso.
—Yo fui la humillada, yo soy la comidilla de todos, y todo por culpa tuya y de Selena. Y no es la primera vez. Eres mi prometido, pero para ti Selena siempre es primero. Cada vez que estamos juntos, basta una sola llamada de Selena para que salgas corriendo. Estoy harta de todo eso. Como Selena necesita más tu atención, entonces... Renzo Sebastián... te dejo libre para ella. De ahora en adelante, no vuelvas a mencionar lo que hubo entre nosotros. De tus padres me encargo yo de hablar.
¡Clic!
Alena cortó la llamada sin querer oír una sola réplica ni excusa de Renzo.
De pie donde estaba, Renzo se revolvió el cabello con brusquedad. Esto era muy grave. ¿Qué respuesta les iba a dar a sus padres, que en cualquier momento recibirían el informe de su asistente? ¿O tal vez ese informe ya había llegado a sus manos?
—Ugh... ssst...
Renzo se dio la vuelta al oír el quejido y el siseo de dolor que venían de la cama de hospital a su espalda. Al ver que Selena ya había despertado, se apresuró a acercarse y se sentó en la silla junto a la cama.
—¿Ya despertaste? ¿Cómo te sientes? ¿Dónde te duele? —preguntó tomándole la mano que no tenía el suero. La preocupación se dibujaba con claridad en el rostro del apuesto hombre.
—Estoy bien —respondió Selena con una voz que sonaba muy débil—. ¿Dónde estoy? —preguntó, aunque por supuesto todo era fingido.
—Estás en el hospital. Te desmayaste camino al hotel —respondió Renzo, sin soltarle la mano.
—¿Qué? —Selena simuló sorpresa—. ¿Y entonces qué pasó con su boda? Qué triste no haber podido estar.
Renzo respiró hondo y le explicó que la boda se había cancelado. Por dentro, Selena sonreía satisfecha. Su plan de destruir y humillar a Alena había dado resultado.
—Llámala rápido. Seguro que malinterpretó lo nuestro. —Con un movimiento veloz, Selena se arrancó la vía del suero de la mano hasta hacerse sangrar el dorso.
—¡¿Qué haces?! —Renzo, presa del pánico, sujetó el cuerpo de Selena, que intentaba bajarse de la cama.
—Voy a explicárselo. Ustedes se aman, su boda no puede fracasar solo porque yo vivo enferma.
Renzo la abrazó para impedir que se levantara.
—Ya, basta —dijo—. Alena solo está alterada. Cuando se calme, vuelvo a hablar con ella. Además, esto no es culpa tuya. No te enfermaste a propósito; ella debería entenderlo.
Renzo volvió a acostarla y la cubrió con la manta hasta la cintura. Contempló su rostro: tan dulce, tan frágil, tan digno de compasión. Algo que despertaba en él el deseo de protegerla. A su lado se sentía valioso. Muy distinto de Alena, demasiado independiente, que a veces lo hacía sentir prescindible.
En el fondo, prefería a Selena, tan elegante; pero, por desgracia, la nuera elegida por sus padres era Alena. Y no podía oponerse, o lo tacharían de la lista de herederos. ¡No! No iba a permitir que el trono de la gran familia Sebastián, que debía ser suyo, cayera en manos de su prima menor. Por eso, aunque a regañadientes, mantenía la relación con Alena. Una muchacha que, a su juicio, solo servía para los asuntos de la empresa, pero que no tenía la menor idea de cómo complacer a su pareja.
—¿Dónde están mamá y papá? ¿No vinieron a verme? —la pregunta de Selena lo sacó de sus cavilaciones.
—Sí vinieron —respondió Renzo—. Están haciendo los trámites.
Poco después, Gustavo Balcázar y Miranda entraron en la habitación.
—Mi amor, ¿cómo te sientes? —preguntó Miranda, feliz de ver a su hija consciente.
—Estoy bien, mamá. No te preocupes. Por quien deberían preocuparse es por Alena. Seguro está muy triste. ¿Por qué no vuelven a casa a consolarla? Yo estoy bien sola en el hospital. Además, aquí hay muchas enfermeras.
Miranda le tomó la mano y se la besó varias veces.
—De verdad eres mi hija más comprensiva. —La mujer soltó un largo suspiro—. Si Alena tuviera aunque fuera la mitad de tu buen corazón... Pero no, ella anda armando escándalos sin sentido. A pesar de que sabía que estabas internada.
—No hables así, mamá. Ella seguro no quiso enojarse contigo. —Selena seguía haciéndose la hermana cariñosa. Por dentro, reía triunfante.
—Ah, por cierto, mamá, papá... Hace un rato Renzo llamó a Alena. ¿Verdad? —Selena se volvió hacia Renzo.
—¿En serio? —preguntó Gustavo, girándose también hacia él—. ¿Qué dijo? Seguro que contigo obedece de inmediato. ¿No?
Renzo dejó escapar un suspiro débil.
—Alena está muy enojada. Insiste en cancelar la boda. Y usted sabe muy bien que, si eso pasa de verdad, significa...
—¡No! —lo atajó Gustavo de inmediato—. Solo está haciendo un berrinche. Ya lo verás. Le voy a quitar todos sus privilegios para que no se atreva a seguir con sus tonterías.
Renzo sonrió satisfecho. Sabía que Gustavo también temía que su padre rompiera la relación de negocios si la boda se caía. Así podía asegurarse de que su posición como heredero siguiera intacta.