Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 19: Interrogatorio cruzado
El aire del pasillo de la fiscalía olía a desinfectante industrial, cigarrillo viejo y papel húmedo. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido monótono que taladraba la cabeza de Elena.
Apenas cuatro horas después del hallazgo del cuerpo de Julian, la maquinaria judicial había reaccionado con la fuerza de un alud. Elena se encontraba sentada en una silla de madera frente a una mesa de metal oxidado dentro de la sala de interrogatorios. Tenía las manos heladas cruzadas sobre el regazo.
A su derecha, Alexander permanecía de pie, apoyado contra la pared de pintura descascarada. Aunque sus abogados habían logrado aplazar la medida privativa de libertad, su presencia en la sala era una provocación abierta para el fiscal asignado al caso.
La puerta se abrió y el detective de homicidios ingresó con una carpeta gruesa bajo el brazo. Se sentó frente a Elena, ignorando deliberadamente la figura dominante de Alexander.
—Señorita Marín —comenzó el detective, abriendo el expediente—. Hablemos de la última noche que vio al profesor Julian. Usted afirma que estaba en su turno del club nocturno, pero las cámaras del estacionamiento de la facultad la sitúan saliendo del edificio de la cátedra a las once de la noche... exactamente media hora antes de la hora estimada de la muerte de la víctima.
Elena sintió un nudo opresivo en la garganta. Sabía que un solo desliz en sus palabras terminaría por incriminar a Alexander, destruyendo la coartada que sus abogados habían construido con tanto celo.
—Estaba recogiendo mis apuntes de literatura —mintió Elena, sosteniendo la mirada del oficial con una firmeza que ocultaba el temblor de sus manos—. Salí sola y me dirigí directamente al transporte público. No vi a Julian.
—¿Y qué hay de la llamada? —interrumpió el detective, inclinándose hacia adelante—. El teléfono de Julian marcó al teléfono fijo de su madre a las once y veinte. Su madre sufre de demencia senil y está postrada en una cama de hospital, señorita Marín. ¿Por qué un profesor universitario llamaría al teléfono de una anciana enferma minutos antes de ser asesinado?
Alexander dio un paso al frente, haciendo crujir la madera del suelo bajo sus zapatos.
—Esa pregunta es especulativa y roza el acoso, inspector —intervino Alexander con su voz de barítono ressonante, cargada de una autoridad gélida—. La salud de la madre de la señorita Marín no está en discusión. Limítese a las pruebas materiales.
—Las pruebas materiales nos dicen que Julian estaba investigando los registros contables de la quiebra del padre de la señorita Marín —espetó el detective, levantando la vista para mirar fijamente a Elena—. Julian descubrió que la empresa que llevó a la ruina y al suicidio a su padre hace diez años no era una entidad anónima... era una filial secreta del grupo corporativo Vance.
El silencio que siguió a las palabras del detective cayó como una hacha sobre la habitación. Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Giró la cabeza muy despacio para mirar a Alexander.
El magnate no se movió. Su rostro se convirtió en una máscara inaccesible de mármol, pero en lo profundo de sus ojos oscuros cruzó un destello de pura devastación.
El interrogatorio concluyó veinte minutos después por orden expresa del abogado de la defensa. Elena caminó por el pasillo privado de la comisaría con el cuerpo anestesiado por el shock, seguida muy de cerca por Alexander.
Al llegar al baño de servicio de los oficiales —un espacio estrecho, iluminado únicamente por la luz tenue de un tragaluz y un espejo manchado—, Elena se giró de golpe para enfrentar al hombre que la había arrastrado a ese infierno.
—¿Es verdad? —preguntó ella con la voz reducida a un susurro sangrante—. ¿Tu familia destruyó a mi padre? ¿Tú lo sabías?
Alexander no respondió de inmediato. La acorraló contra el marco del espejo, aprisionando sus hombros contra el cristal. La adrenalina de la mentira policial, el miedo a perderla y la culpa acumulada estallaron en su pecho en una mezcla volátil de deseo y rabia.
—Mi padre fue un monstruo, Elena —murmuró Alexander, pegando su frente a la de ella, mientras sus manos bajaban con desesperación por sus caderas, levantándola levemente para pegarla a su cuerpo en un gesto de dominación hambrienta—. Pero yo no elegí a mi familia. Yo te elegí a ti desde el primer segundo en que te vi en ese aula desierta.
El beso que siguió fue una colisión de rabia, dolor y placer prohibido. Alexander devoró sus labios contra el espejo, mientras las manos de Elena dudaban entre empujarlo o aferrarse a su espalda. La excitación nacida del peligro y la traición los arrastró a un encuentro erótico rápido, clandestino y asfixiante sobre el lavabo, donde el gemido de Elena fue ahogado por la boca de Alexander.
Mientras Alexander la soltaba despacio y Elena intentaba acomodarse la ropa con manos temblorosas frente al espejo, notó un sobre de papel estraza que sobresalía del interior del abrigo que Alexander había dejado sobre el lavabo. Al sacarlo a escondidas mientras él se abotonaba la camisa, Elena extrajo una carta manuscrita firmada por el difunto Julian cuya última línea leía: "Si estás leyendo esto, Elena, es porque Alexander logró silenciarme. Él no vino a sustituirme para enseñarte... vino para evitar que descubrieras que él firmó la orden de embargo que mató a tu padre".