Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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Capítulo 10
En la cantina, Adriel había conseguido que Izan se sentara nuevamente, aunque su primo seguía moviéndose con cautela después del golpe que había recibido.
—Déjame ver si he entendido bien —dijo Adriel, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Primero, una desconocida te lanza una piedra en la frente. Después, la encuentras aquí, la besas sin su permiso, ella te golpea y casi te deja sin descendencia. ¿Me he perdido algo?
Izan le dirigió una mirada asesina.
—Te has perdido la parte en la que te callas.
Adriel soltó una carcajada.
—No puedo. Cada vez que recuerdo tu cara cuando te dio el rodillazo, vuelvo a reírme.
—Me alegra que mi sufrimiento te proporcione tanta felicidad.
—Muchísima, en realidad.
Izan tomó su vaso y bebió un trago. La herida de su frente había comenzado a molestarle otra vez, pero no era aquello lo que ocupaba sus pensamientos.
Era esa mujer.
Su mirada desafiante, su carácter indomable y aquella forma de enfrentarse a él sin mostrar el menor temor.
Nunca había conocido a una mujer que se atreviera a desafiarlo de aquella manera.
Y, aunque sabía perfectamente que había cometido un error al besarla sin su consentimiento, no conseguía dejar de pensar en lo que había sentido al tenerla cerca.
—¿Qué te pasa? —preguntó Adriel al notar su silencio—. Ahora sí pareces preocupado.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es en qué.
Izan dejó el vaso sobre la mesa.
—En ella.
Adriel arqueó las cejas.
—¡Lo sabía!
—No empieces.
—¿Qué tiene de especial?
Izan guardó silencio durante unos segundos.
—No lo sé.
La respuesta pareció sorprender incluso al propio Adriel.
Izan siempre había sido un hombre seguro de sí mismo. Estaba acostumbrado a analizar las situaciones, a tomar decisiones y a saber qué quería.
—Es diferente —admitió finalmente—. No intentó agradarme, no se quedó callada cuando la enfrenté y, desde luego, no tuvo miedo de golpearme.
—Eso último lo tengo bastante claro.
Izan ignoró el comentario.
—Tiene carácter. Mucho más del que esperaba.
—Y tú tienes una manera bastante peculiar de demostrar interés por una mujer.
La expresión de Izan se endureció.
—Sé que lo que hice estuvo mal.
Adriel dejó de sonreír.
—Me alegra escucharlo.
Izan bajó la mirada hacia sus manos.
—No debí besarla de esa manera. Se resistió y yo debí apartarme. No voy a fingir que tenía derecho a hacerlo.
Adriel asintió lentamente.
—Entonces, si vuelves a verla, empieza por disculparte. Y no esperes que te perdone solo porque tú quieras.
Izan permaneció callado. Sabía que su primo tenía razón, aunque una parte de él se resistiera a aceptar que aquella mujer pudiera rechazarlo sin más.
—No sé si volveré a encontrarla —murmuró.
—El pueblo no es tan grande. Además, después de lo ocurrido, sospecho que ella tampoco te olvidará fácilmente.
Izan soltó una risa breve.
—Eso espero.
Adriel lo observó con atención.
—¿Qué significa eso?
Izan levantó la cabeza. En sus ojos apareció una determinación que Adriel conocía demasiado bien.
—Que voy a encontrarla. Quiero saber quién es, dónde vive y por qué demonios tiene esa capacidad para sacarme de mis casillas.
—Puedes empezar por preguntarle su nombre cuando vuelvas a verla.
—No pienso quedarme en eso.
—¿Ah, no?
Izan se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la mesa.
—Esa mujer será mi esposa.
Adriel se quedó inmóvil.
Después parpadeó varias veces, convencido de que había escuchado mal.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo que has oído.
—¿Estás hablando en serio?
—Si.
Adriel lo miró como si acabara de descubrir que su primo había perdido el juicio.
—¡Pero si ni siquiera sabes cómo se llama!
—Lo averiguaré.
—¡Te golpeó tres veces en una sola día!
—Y aun así no consigo dejar de pensar en ella.
—¡Y tú la besaste sin su consentimiento!
Izan bajó la mirada un instante, aceptando el reproche.
—Lo sé. No debí hacerlo.
—Entonces, ¿por qué hablas de matrimonio como si ya hubieras decidido el futuro de los dos?
Izan guardó silencio durante unos segundos. Cuando volvió a mirar a su primo, su expresión era seria.
—Porque nunca había conocido a una mujer como ella. No sé explicártelo, Adriel. Hay algo que me dice que volveremos a encontrarnos.
—Eso no significa que vaya a ser tu esposa.
—No he dicho que vaya a obligarla a casarse conmigo.
—Más te vale.
Izan dejó escapar un suspiro, pero la determinación no desapareció de su rostro.
—Voy a conquistarla, si me da la oportunidad. Y, si descubro que no quiere saber nada de mí, tendré que aceptar su decisión. Pero no voy a fingir que no me interesa.
Adriel lo estudió durante un largo momento.
—Estás completamente loco.
—Puede ser.
—No, no puede ser. Lo estás.
Izan sonrió por primera vez en varios minutos.
—Sea como sea, será mía…
Adriel abrió la boca para interrumpirlo, pero Izan levantó una mano.
—Escúchame. No estoy diciendo que pueda decidir por ella. Estoy diciendo que quiero ganarme su corazón. Quiero que algún día sea ella quien me elija.
Su primo pareció relajarse un poco.
Entonces Izan añadió, con una sonrisa ladeada:
—Pero ya me dejó una marca imborrable. Una piedra, un puñetazo y un rodillazo. No creo que pueda olvidarla aunque lo intente.
Adriel estalló en carcajadas.
—¡Eso sí te lo concedo! ¡La mujer te ha marcado de por vida!
—Y yo pienso hacer todo lo posible para que algún día me mire de otra manera.
—Empieza por aprender a pedir permiso antes de besarla.
Izan asintió lentamente.
—Tienes razón.
Adriel tomó su vaso y lo levantó.
—Por tu futura esposa, entonces. La única mujer que ha conseguido dejarte una herida en la frente y otra en el orgullo.
Izan chocó su vaso con el de su primo.
—Por ella… aunque todavía no sepa su nombre.
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A la mañana siguiente, Selina fue la primera en levantarse.
Mientras se preparaba para bajar a desayunar, tomó su teléfono de la mesita de noche. Tenía una notificación nueva.
Adriel: Buenos días, Selina. Espero que hayas llegado bien a casa anoche.
Una sonrisa apareció de inmediato en su rostro.
Se sentó en la cama y respondió sin pensarlo demasiado.
Selina: Buenos días. Sí, llegué bien. ¿Y tu primo sobrevivió a la noche?
La respuesta llegó poco después.
Adriel: Físicamente, creo que sí. Su orgullo todavía está en recuperación.
Selina soltó una carcajada.
Selina: Tu primo necesita aprender a comportarse.
Adriel: No podría estar más de acuerdo contigo.
Selina continuó sonriendo mientras escribía. Para ella, aquel intercambio apenas comenzaba y tenía toda la intención de descubrir quién era el hombre detrás de aquellos mensajes.
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En la habitación contigua, Lara se encontraba frente al espejo, recogiendo su cabello con un gesto meticuloso. Había dormido poco y todavía sentía cierta molestia en la mano.
Al recordar lo sucedido, apretó los labios.
No quería volver a encontrarse con Izan. No quería escuchar sus excusas ni volver a sentir aquella cercanía que tanto la había desconcertado.
Ella era una mujer que valoraba el respeto, la prudencia y el control sobre sus propias decisiones. No necesitaba que ningún desconocido llegara a su vida para alterar su tranquilidad.
Y mucho menos uno tan arrogante como él.
Lo que Lara todavía ignoraba era que el hombre al que quería mantener lejos no pensaba renunciar a la oportunidad de volver a verla.
Izan había tomado una decisión.
Quería encontrar a la mujer que lo había desafiado como ninguna otra y, si algún día ella se lo permitía, demostrarle que podía ser algo más que el hombre que la había besado sin su consentimiento.
Pero el destino tenía otros planes.
Porque Lara Dávila e Izan Orellana no eran simplemente dos desconocidos que habían tenido un encuentro desafortunado.
Eran herederos de dos familias enfrentadas por el arroyo que dividía sus haciendas.