Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 11
Cap 11 — La trampa de la serpiente
El celular de Nicolás vibró a las once de la noche. Era un mensaje de un número sin nombre registrado. Solo decía: "¿La convenciste?"
Nicolás miró el mensaje. Escribió: "Sí. Me pidió dinero para la renta. Le dije que no y después acepté. Como siempre."
La respuesta tardó un minuto.
"Bien. ¿Qué más te contó?"
"Que la mujer que dice ser su mamá fue a la Torre Salazar con su papá. Y que tiene un amigo extranjero que la llama ángel."
"¿El nombre del extranjero?"
"Nodi algo. No recuerdo el apellido."
"Averígualo. Y avísame si la mujer habla con Valentina a solas."
Nicolás guardó el teléfono y lo puso en la mesita de noche. Se acostó en la cama del departamento que Valentina le pagaba. Miró el techo del departamento que Valentina le pagaba. Se tapó con la cobija que Valentina le había comprado. Y se quedó dormido en las sábanas que Valentina le había escogido.
No le costaba nada dormir tranquilo. Llevaba un año haciéndolo. Era bueno para eso.
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Al día siguiente, Valentina fue a ver a Nicolás.
Llegó a su departamento con bolsas de comida, una chaqueta nueva que le había comprado, y una sonrisa que se le borró en cuanto abrió la puerta.
—¿Nico? ¿Estás aquí?
El departamento estaba oscuro. Las cortinas cerradas. Olía a comida vieja.
—¡Estoy en la sala! —gritó Nicolás desde el sillón.
Valentina entró. Lo encontró acostado con el teléfono en la mano, en pijama, sin haberse bañado. Había platos sucios en la mesa y una caja de pizza vacía en el piso.
—¿No fuiste a trabajar hoy? —preguntó Valentina, abriendo las cortinas. La luz entró de golpe y Nicolás cerró los ojos.
—No me sentía bien. Creo que me dio algo. —Nicolás se sentó y se pasó la mano por el pelo. Luego la miró y le sonrió—. Pero ya me siento mejor ahora que llegaste. ¿Qué me trajiste?
Valentina dejó las bolsas en la mesa. Le mostró la chaqueta.
—Mira, es la que vimos la otra vez. La de la marca que te gusta.
Nicolás la tomó. La revisó por delante y por detrás. Miró la etiqueta. Seiscientos dólares.
—Luna, no tenías que gastar tanto. De verdad. Me da mucha pena.
—No es nada. Me gusta regalarte cosas. Además, la vi y pensé en ti. Del color que te gusta y todo.
—Pero es que siempre gastas en mí y yo nunca te doy nada a ti. Me siento mal.
—Nico, tú me das tu tiempo. Tu compañía. Eso vale más que cualquier chaqueta.
—¿Segura?
—Segura. Anda, pruébatela.
Nicolás se la puso. Le quedaba perfecta. Se miró en el espejo del baño y asintió.
—Está bonita —dijo. Ya no parecía incómodo. Ya estaba viéndose con la chaqueta puesta como si fuera suya desde siempre.
Nicolás bajó la cabeza con una expresión que parecía vergüenza. Valentina le agarró la mano.
—Nico, no te pongas así. Para eso es el dinero, para gastarlo en las personas que quieres.
—Eres demasiado buena conmigo, Luna. No me lo merezco.
—Claro que te lo mereces.
Nicolás la abrazó. Por encima del hombro de Valentina, su cara no tenía ninguna expresión.
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De vuelta en la Casona, Valentina encontró a Santiago en su cuarto.
—Santi, ¿tienes un minuto?
Santiago levantó la vista de su laptop.
—¿Qué pasa?
—Quiero preguntarte algo. Pero prométeme que no te vas a burlar.
—No prometo nada.
Valentina se sentó en la silla de su escritorio.
—¿Tú crees que Nico me quiere de verdad?
Santiago la miró un momento largo.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque hoy fui a verlo y estaba acostado en el sillón a las tres de la tarde sin hacer nada. Le llevé una chaqueta de seiscientos dólares y la agarró como si fuera lo más normal del mundo. Ni siquiera dijo "qué bonita." Solo dijo "no tenías que gastar tanto" y después se la quedó.
—¿Y eso te preocupa?
—No sé. A veces siento que... que le importo más cuando le llevo cosas. Cuando llego sin nada, está raro. Medio distante. Pero cuando le llevo algo, se pone cariñoso.
Santiago cerró la laptop.
—Luna, te voy a decir algo y no te va a gustar.
—Dime.
—¿Recuerdas cuando te dije que no me gustaba Nicolás? Que dijo que no quería el carro y al día siguiente lo estaba usando.
—Sí, y yo te dije que estabas celoso.
—No estaba celoso. Estaba viendo algo que tú no quieres ver.
Valentina apretó los labios.
—¿Qué cosa?
—Que Nicolás dice "no" con la boca y "sí" con las manos. Siempre. Cada vez. Sin excepción. Cada regalo que le das, primero dice que no lo quiere, que es demasiado, que le da pena. Y cinco minutos después lo está usando. El carro. El departamento. La ropa. Los zapatos. Todo. Primero "ay no, es mucho", y después se lo queda. Eso tiene un nombre, Luna. Y tú lo sabes.
—¿Qué nombre?
Santiago la miró a los ojos.
—Piénsalo tú. No necesitas que yo te lo diga.
Valentina se levantó de la silla.
—¿Sabes qué? Olvídalo. No debí preguntarte.
—Me preguntaste porque ya lo estás sintiendo. Si todo estuviera bien con Nicolás, no estarías en mi cuarto a las diez de la noche haciéndome preguntas que no quieres escuchar la respuesta.
Valentina salió del cuarto sin dar un portazo. Pero tampoco lo cerró.
Santiago se quedó mirando la puerta abierta. Sacó su teléfono y abrió las capturas de pantalla que había guardado. Las mismas que le iba a mostrar a Isabel.
Luna no me va a creer a mí. Pero va a tener que creerle a las pruebas.
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Esa noche, Isabel estaba en el estudio cuando Santiago tocó la puerta.
—¿Tiene un momento?
Isabel levantó la vista.
—Claro. Pasa.
Santiago se sentó. Traía su teléfono en la mano.
—Encontré más cosas. Sobre Nicolás y la tía Carolina.
—¿Qué encontraste?
Santiago puso el teléfono sobre la mesa. Había una captura de pantalla de una transferencia bancaria.
—La tía Carolina le mandó dinero a Nicolás tres meses antes de que él conociera a Luna. Cinco mil dólares. Y después otra transferencia al mes siguiente. Y otra al mes que le siguió.
Isabel miró las capturas.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del teléfono de Nicolás. Luna me dio la contraseña de su nube hace tiempo porque compartimos fotos. Nicolás usa la nube de Luna para guardar sus cosas porque no tiene espacio en su teléfono. No sabe que yo también tengo acceso.
—¿Y qué más hay?
Santiago deslizó el dedo por la pantalla.
—Mensajes. Cada semana, como mínimo dos. Nicolás le reporta a alguien lo que Luna hace, a dónde va, con quién habla, cuánto dinero gasta. El número no tiene nombre, pero el código de área coincide con el teléfono de la oficina de la tía Carolina.
Isabel leyó los mensajes. Uno por uno. Sin apurarse.
"Luna hoy mencionó que su papá tiene una nueva novia. Está enojada."
"Luna compró boletos para un concierto. Fue con sus amigas de la prepa. Gastó diez mil dólares."
"Luna dijo que quiere irse de intercambio a Europa. Dice que no aguanta la casa."
"Luna preguntó por su mamá otra vez. Le dije que no pensara en eso. Que eso solo la pone triste."
Ese último mensaje le dolió más que todos los otros juntos.
Le dijo que no pensara en su mamá. Cada vez que mi hija quería recordarme, este chico la empujaba al otro lado. La alejó de mí antes de que yo llegara.
—¿Cuánto tiempo llevan mandándose mensajes? —preguntó Isabel.
—Desde antes de que Nicolás conociera a Luna. Los primeros mensajes son de hace un año y medio. Luna lo conoció hace un año.
—Seis meses antes. Se conocían seis meses antes de que la tía Carolina los "presentara" en esa cena.
Santiago asintió.
—No fue casualidad. Fue un plan.
—Hay uno más —dijo Santiago.
Deslizó hasta el último mensaje. Era de hacía tres días. Decía: "La mujer que dice ser su mamá fue a la Torre con el señor. Tiene un amigo extranjero. Se llama Nodi."
Isabel miró la fecha. Tres días. Nicolás le estaba reportando a Carolina todo lo que pasaba en la casa. Incluyendo la visita de Nodi.
—¿Luna sabe algo de esto? —preguntó Isabel.
—No. Y si se lo digo, no me va a creer. Va a decir que inventé todo para separarla de Nicolás.
—Tienes razón. No se lo puedes decir tú. Tiene que descubrirlo ella.
—¿Y cómo?
Isabel pensó un momento.
—Todavía no sé. Pero lo que sí sé es que necesitamos guardar toda esta evidencia. Copias de todo. En un lugar donde nadie pueda borrarla.
Santiago asintió.
—Ya hice copias. Tres. Una en mi computadora, una en una memoria USB, y una en un correo que solo yo conozco.
Isabel lo miró.
—Eres más precavido de lo que aparentas.
—Alguien tiene que serlo en esta familia.
Se levantó para irse. En la puerta se detuvo.
—Una cosa más. Hoy Luna me preguntó si Nicolás la quiere de verdad. Ella nunca me había preguntado eso. Algo está cambiando.
Isabel asintió.
—Bien. Eso significa que está empezando a ver. Solo necesita un poco más de luz. Y cuando esa luz llegue, va a doler. Pero es mejor un dolor que cura que una mentira que pudre.
Santiago se fue. Isabel se quedó sola en el estudio mirando los mensajes en su teléfono.
Carolina puso a Nicolás en la vida de Luna. Nicolás le reporta todo a Carolina. Carolina usa esa información para controlar a mi hija. Y Mariposa está conectada con Carolina.
Es una red. Una red con mi hija en el centro.
Pero se les olvidó un detalle. Los que trabajan juntos por dinero se traicionan cuando el dinero se acaba. Los que trabajan juntos por amor no se traicionan nunca.
Apagó el teléfono y subió a su cuarto.
En el departamento de Nicolás, su celular vibró una última vez esa noche. Era el número sin nombre.
"Mañana necesito que la lleves a Puerto Marín. Invéntale algo romántico. Necesito que esté fuera de la Casona el viernes."
Nicolás escribió: "Entendido."
No preguntó por qué. Nunca preguntaba por qué. Solo hacía lo que le decían y cobraba al final del mes.
Se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos. A veces, en momentos como este, sentía algo en el estómago. Algo parecido a la culpa. Valentina era buena con él. De verdad buena. No fingida buena, sino buena de las que se preocupan, de las que llaman tres veces al día para preguntar si comiste.
Pero la culpa duraba poco. Nicolás había aprendido hace tiempo que la culpa no paga la renta.