Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 13 — El precio de cada paso
—¿Benito? —musitó Dora con la voz quebrada, sin poder creer lo que veía.
Lo mismo les pasó a Mela y a las demás. Se quedaron inmóviles, sin imaginar que el responsable fuera alguien conocido.
—¿De verdad eres tú? —La voz de Dora seguía temblando. No de miedo, sino de rabia.
Benito las miró una por una. Ya no se escondía.
—Sí, soy yo —respondió con brusquedad.
—¿Por qué hiciste esto? —gritó Susana.
Benito soltó una risa amarga. —¿Que por qué? —repitió. Su mirada se clavó directo en Mela—. Pregúntenle a ella.
Todas voltearon hacia Mela, que permanecía de pie en su lugar.
—¡Desde que ella llegó, este pueblo se volvió un desastre! —continuó Benito, alzando la voz—. ¡La gente se atreve a desafiarme!
Su mirada pasó a Dora. —¡Incluida tú!
Dora dio un paso al frente. Su expresión era dura, sin un ápice del temor de antes.
—¡Si tú no me hubieras puesto la mano encima, yo tampoco me habría rebelado!
—¡Cállate! —le espetó Benito.
Mela avanzó por fin y se colocó junto a Dora. —Entonces, ¿destruiste la parcela por un rencor contra mí? —preguntó. Su tono no era alto, pero bastó para que se hiciera el silencio.
Benito resopló. —¿Quién te crees que eres? —le espetó—. Llegas aquí haciéndote la heroína, haciéndote la líder.
Señaló el terreno con un gesto brusco. —¡Nada de esto te pertenece! ¡Eres una divorciada que solo trae mala suerte!
Mela lo enfrentó con la mirada sin inmutarse. Le dolían los insultos, sí, pero ese dolor no era nada comparado con la traición de alguien a quien alguna vez amó.
—Si esto no fuera mi lugar, ¿por qué sigo aquí de pie? —replicó Mela, como retándolo—. Si esto no es mi lugar, ¿acaso es el tuyo? Entonces, ¿por qué tienes que venir a escondidas en la noche como un ladrón?
Las palabras dieron en el blanco. Benito se quedó mudo, con el rostro tenso.
Mela se acercó un paso más. —Si de verdad estuvieras en lo correcto, no tendrías por qué esconderte.
Nadie respondió.
—Para que lo sepas, al defender a Dora estaba defendiéndome a mí misma. Deberías agradecer que ella retiró la denuncia. Pero ahora vienes y lo haces de nuevo. Y esta vez no es Dora: soy yo la que va a tomar medidas.
Los vecinos empezaron a murmurar. Estaban del lado de Mela.
Benito recorrió los alrededores con la mirada. Ni uno solo de los presentes lo respaldaba. Gruñó, empujó a un vecino y salió corriendo.
—¡Se escapó! —exclamó Yolanda.
Los vecinos hicieron ademán de perseguirlo. Pero Mela los detuvo.
—Déjenlo, señores. No hace falta correr tras él —dijo—. Tarde o temprano lo van a agarrar.
Dora se quedó quieta. Agachó la cabeza y se le empañaron los ojos. —Perdóname —le dijo a Mela en voz baja.
Mela negó con la cabeza. —Tú no tienes la culpa. —Recorrió con la mirada su parcela y luego a los vecinos que la rodeaban—. Les agradezco mucho a todos por ayudarme a atrapar al que me destruía el terreno.
—No tiene nada que agradecer, señorita Mela. Usted también es parte de este pueblo. Era nuestro deber ayudar. Además, siempre nos comparte de su cosecha —dijo uno de los vecinos.
—Así es, tiene razón.
Mela sonrió y asintió.
Esa noche sintió que ya no estaba sola. Además de sus cuatro amigas, había vecinos que la defendían. Pero, ¿realmente se había acabado todo?
La mañana en Morana ya no era la misma. No por la parcela de Mela, sino porque el ambiente se sentía distinto.
Benito había logrado huir esa noche. Pero esta vez, Mela no se quedó de brazos cruzados. Acompañada por Dora, Yolanda y varios vecinos, se presentó en la delegación de policía del municipio.
Levantaron el acta, dieron sus testimonios y por segunda vez el nombre de Benito quedó registrado como responsable.
—Cuando lo localicemos, será procesado de inmediato —le informó el agente.
Mela asintió, sintiendo alivio. Pero en el fondo sabía que nada de esto iba a ser fácil.
Y así fue. Benito desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Su familia fue interrogada, pero ninguno supo decir dónde se encontraba.
Y justamente eso hacía que su sombra se sintiera más grande.
—Dicen que ahora es prófugo.
—Pues claro, si ya lo denunciaron.
—¿Y si vuelve?
Los rumores empezaron otra vez y se extendieron cada vez más.
Después de presentar la denuncia, Mela y las demás se fueron a la parcela. Repararon los surcos y las plantas que Benito había dañado la noche anterior.
Trabajaron sin parar hasta el atardecer y después cada una se marchó a su casa.
A la mañana siguiente, en el mercado donde Mela solía vender su cosecha, el ambiente ya se sentía diferente.
Varias comerciantes que antes eran amables ahora apenas la miraban de reojo, sin saludarla y mucho menos sonreír.
Mela trató de ignorarlo y se concentró en sus productos. Hasta que alguien se acercó y le soltó sin rodeos: —Ahora las verduras se van directo a la ciudad, ¿eh? —El tono sonó ligero, pero no del todo amigable.
Mela volteó y vio a una comerciante parada con los brazos cruzados. Le dedicó una sonrisa cortés.
—Sí, una parte.
—Ah, con razón —replicó la mujer secamente, sin agregar más. Pero su mirada lo decía todo.
En otro rincón, dos personas cuchicheaban mirando en dirección a Mela.
—Apenas llegó y ya se las da de importante.
—Dicen que es divorciada, ¿no?
—Sí. Que dejó al marido.
—¿Será? A mí me dijeron que a ella la dejaron, por problemática.
Sus risitas se escucharon quedas, pero cortantes.
Mela estaba a pocos pasos de ahí. Apretaba el asa de su canasta con fuerza. Escuchó cada palabra con toda claridad, sin perderse una sola.
Sin embargo, no volteó ni les dijo nada. Solo se quedó callada.
Cuando terminó de vender, se fue directo a su casa. Su paso era más lento que de costumbre. Al llegar, abrió la puerta y se recargó un momento contra ella.
Dejó escapar un suspiro largo. —Al final, no solo es el terreno y las plantas lo que tengo que enfrentar. También son... ellos —murmuró.
Empezó a caminar hacia adentro, pero la voz de Dora la alcanzó desde afuera.
—¡Mel!
Mela dio media vuelta y abrió la puerta. —¿Dora? ¿Qué pasó?
Dora entró con el rostro preocupado. —Escuché lo del mercado...
Mela esbozó una sonrisa tenue. —¿Los chismes? —la atajó.
Dora se quedó callada un instante y luego asintió.
—Déjalos —continuó Mela, tratando de sonar tranquila.
—Pero, Mel, si no dices nada, van a seguir...
—Lo sé. Pero si les doy explicaciones, va a ser peor.
Dora suspiró. —¿Y entonces qué hacemos?
Mela lo pensó un momento. Luego dirigió la mirada hacia su terreno, afuera.
—Dejémoslo por ahora. Al fin y al cabo, hablan así porque nos tienen envidia. Lo importante es que nos concentremos en trabajar.
—Está bien. Te sigo. Pero si se pasan de la raya, tenemos que actuar.
Mela sonrió y asintió.
Esa noche, Mela volvió a sentarse en el porche.
El viento soplaba suave. El cielo oscuro apenas tenía estrellas.
Cerró los ojos un momento, repasando todo desde el principio, desde su punto más bajo hasta donde había llegado.
—Si antes pude aguantar, esto también lo voy a superar —murmuró.
Abrió los ojos. Su mirada ya no vacilaba, porque ahora sabía que cada paso hacia adelante tenía un precio. Y ella estaba dispuesta a pagarlo.