Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 19: En la Luz y en la Sombra
Las semanas siguientes trazaron una nueva rutina, hecha de dos mundos que ya no chocaban, sino que se entrelazaban con naturalidad. Por el día, Gabriel era el magnate intocable: reuniones interminables, llamadas urgentes, decisiones que movían fortunas enteras. Pero al llegar a casa, despojaba el traje, la corbata y la frialdad, y quedaba simplemente él: el hombre que la abrazaba por la espalda mientras preparaba la cena, que le leía fragmentos de informes extraños solo para escuchar su opinión, que le pedía que le recordara respirar cuando la presión lo ahogaba.
Renata, por su parte, aprendió a moverse con soltura en ambos escenarios. En su consulta, era la profesional serena y cálida que sanaba a otras mujeres con su propia experiencia como herramienta de esperanza. En los eventos públicos, caminaba a su lado con la cabeza alta, sabiendo que cada paso daba autoridad no prestada, sino construida a pulso. Y en la intimidad… allí no había títulos ni apellidos: solo piel, fuego y pertenencia absoluta.
—¿Sabes lo que admiro más de ti? —le preguntó una tarde mientras la llevaba en el coche hacia una recepción benéfica.
Renata lo miró de reojo, sonriendo.
—¿Que sé escuchar sin interrumpirte cuando estás estresado?
Gabriel negó con la cabeza, acariciándole la mano sobre su rodilla.
—Que eres la misma mujer en todos los sitios. En mi cama, en mi oficina, frente a las cámaras… siempre igual: íntegra, sincera, tú. No te transformas para complacer a nadie. Eso me da una paz que no sabía que existía.
Llegaron al evento y, como siempre, las miradas se posaron en ellos en cuanto cruzaron el umbral. Susurros, gestos sutiles, celos envidiosos que rozaban el aire. Renata los sentía, pero ya no la herían. Gabriel apretó su mano antes de soltarla para saludar a otros, y ese gesto bastaba: «estoy aquí, te veo, eres mía».
Transcurrió la velada entre conversaciones educadas y sonrisas medidas, hasta que una mujer se acercó a ellos con paso decidido. Alta, rubia, impecablemente vestida, con una mirada que recorría a Renata de arriba abajo como si inspeccionara un objeto fuera de lugar.
—Gabriel, querido —dijo con voz aterciopelada, rozando su brazo con la yema de los dedos—. Cuánto tiempo sin verte. Y ¿esta debe ser la afortunada que te robó el corazón?
Gabriel se apartó levemente de su contacto, sin perder la amabilidad pero marcando distancia.
—Valeria. Te presento a Renata. Mi pareja.
Valeria soltó una risita breve, como si la palabra le pareciera insuficiente.
—Por supuesto. Escuché mucho sobre ti, Renata. «La inspiración detrás de su gran cambio», dicen. Qué romántico. Espero que sepas mantenerlo a la altura, ¿no? Gabriel tiene gustos muy exigentes.
El veneno goteaba entre palabras suaves. Renata sintió el instinto de bajar la mirada, disculparse, hacerse pequeña… y lo mató en el acto. Levantó la barbilla y sonrió con calma absoluta.
—Gracias por tu preocupación. Pero Gabriel ya no necesita que lo mantengan a la altura. Vuela solo desde que lo conozco. Y yo… solo disfruto el viaje con él.
La expresión de Valeria se congeló un instante. Gabriel ahogó una sonrisa orgullosa y rodeó la cintura de Renata con un brazo firme y protector.
—Espera, Valeria —dijo con frialdad educada—. No te presenté porque no lo necesitaras. Lo hice para que supieras quién es ella. Y cómo se le habla. Que quede claro.
La mujer palideció, balbuceó una disculpa apenas audible y se alejó apresurada. Cuando quedaron solos, Gabriel inclinó la cabeza y le susurró al oído con voz ronca de admiración:
—Eres magnífica. Lo manejaste perfecto.
—¿Aprendí de los mejores? —le devolvió ella con un brillo divertido en los ojos.
Esa noche, de regreso a casa, el aire entre ellos vibraba distinto. Gabriel apenas cerró la puerta la arrastró hacia sí y la besó con hambre renovada, como si cada mirada ajena, cada comentario innecesario, cada segundo separado hubiera sido combustible acumulado para arder juntos ahora.
—Me encanta que sepan que eres mía —le dijo contra su boca, quitándole la ropa con manos impacientes pero tiernas—. Me encanta que sepan que soy tuyo. Que todo el mundo lo sepa. Siempre.
Renata se entregó a él en el suelo de la entrada, sin subir a la alcoba, sin prisa, marcando territorio en su propia casa, entre sombras y luz de luna que se colaba por las cortinas. Eran dos mundos fundiéndose en uno: la fuerza pública y la ternura secreta, el frío exterior y el fuego interior. Y en cada beso, en cada roce, se prometían lo mismo: en la luz y en la sombra, siempre nosotros.